🚫⚠️Esta historia, termina en POLIAMOR. Sigan de largo si no les gusta y, no denuncien por fa...⚠️🚫
Seleriun, una deidad que intenta esconderse y encajar en un mundo mortal, a aceptar su inmenso poder.
Lucha contra su propia naturaleza, mientras el destino y sus enemigos lo obligan a revelarse.
(Es la continuación de "Luna de Plata")
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Alec
Las vacaciones en el Reino de Luna de Plata no era un descanso para Seleriun. Era un retorno a su verdadera esencia imponente naturaleza. Aquí lejos de las paredes de piedras de la Academia del Sur, el disfraz de "Sil" se desvanecía. Su cabello recuperaba su brillo de platino líquido y sus ojos volvían a ser dos galaxias profundas qué giraban en un silencio profundo.
Bajo el cielo estrellado del Palacio de Cristal, Seleriun caminaba junto a su abuelo Nick. A cada paso que el joven daba con sus pies descalzos, el rocío de la hierba se cristalizaba en diamantes qué emitian un tintineo musical antes de disolverse en luz.
-No intentes contener tu poder como si fueras una presa a punto de estallar, Seleriun.- le explicaba Nick con paciencia -El Espíritu de la Luna te dio este don para que seas el río, no el muro. Tú decides hacia dónde fluye la corriente, pero nunca dejes que el río se seque por miedo.-
Un estruendo sacudió la tierra cercana. Brante, él majestuoso dragón de escamas de obsidiana, aterrizó creando una ráfaga de viento qué obligó a Nick sujetar su túnica. Al transformarse en su forma humana, Brante mostró una sonrisa desafiante.
-Eres demasiado suave con él.- rugió el dragón -Un heredero, necesita resistencia. Seleriun, mírame. Intenta derribarme usando solo la presión de tu aura. No uses tus manos, usa tu voluntad.-
Seleriun suspiró y cerró sus ojos. En su mente, apareció de inmediato el rostro de Galen: su mirada posesiva, la forma en que lo acorralaba en la biblioteca y ese aroma a fuego qué lo perseguía. Esa mezcla de irritación y extraña nostalgia se convirtió en una chispa de energía pura. De repente, una onda de choque plateada barrió el jardín con una fuerza tulérica, obligando al poderoso Brante a retroceder dos pasos para no caer.
-¡Eso es!- gritó Brante, orgulloso -Tienes más fuerza que un dragón y la sabiduría de un brujo. Eres un arma viviente, muchacho.-
-No quiero ser un arma, abuelo. -replicó Seleriun, suavizando la mirada -Solo quiero que el próximo año Galen no pueda oler quién soy. Es persistente como un sabueso y no quiero que descubra mi hogar.-
Mientras tanto, en el Reino de Arev, la paz era un concepto olvidado. El príncipe Galen estaba sumido en una desesperación que rozaba la locura. Había pasado semanas recorriendo aldeas fronterizas, consultando mapas prohibidos y enviando espías en cada rincón del continente.
-¡Es imposible que se haya esfuamdo así!- Gritó Galen, en su despacho, lanzando un tintero contra la pared -He revisado cada registro de beca y cada orfanato del Sur. Sil no existe en los papeles. Es como si el aire lo hubiera tragado.-
Sus ojos, ahora teñidos de un oro líquido permanente, reflejaban la furia de un dragón que ha perdido su tesoro. Galen no lo entendía racionalmente, pero su instinto le gritaba que ese chico mediocre de la biblioteca era lo más valioso que había encontrado en su vida. Su fuego interno quemaba con una intensidad peligrosa. No descansaría hasta encontrar los rastros de los lirios y papel antiguo.
Lejos de la furia de Galen, el Palacio de Cristal se preparaba para una visita diplomática de alto nivel. La Reina Solana y el Rey Consorte Obsidius recibieron en el gran salón de cuarzo a una comitiva que traía el aroma del océano: las Islas Azules.
-Bienvenidos sean.- anunció Solana con su voz melodiosa.
A la cabeza de la delegación caminaba un joven de una belleza serena y casi irreal. Vestido con sedas color zafiro y perlas marinas, el Segundo Príncipe Alec avanzó con una elegancia que recordaba a las mareas. Alec no era un guerrero explosivo como Galen. Era un estratega de aguas profundas.
Tras los saludos de rigor, Alec hizo una reverencia impecable.
-Es un honor volver a verla, Reina Solana. Mi padre envía sus respetos y estos corales mágicos como ofrenda de paz.-
Solana, la Reina de Eclipse, que podía sentir las esencias más sutiles, notó de inmediato que el corazón de Alec latía con una frecuencia distinta. El príncipe buscaba algo, o mejor dicho, a alguien.
-Dime, Alec.- preguntó Obsidius con curiosidad -¿Qué trae a un príncipe de las islas tan lejos de su océano en esta época del año?-
Alec sonrió con una calma que ocultaba su verdadera ambición.
-He oído que el heredero de plata ha regresado de sus estudios para las vacaciones. Pasamos veranos inolvidables cuando éramos niños, y me gustaría ver si el tiempo ha sido tan generoso con su belleza como dicen las canciones de mi pueblo.-
Secretamente, Alec estaba enamorado de Seleriun desde su infancia. A diferencia de Galen, Alec conocía la verdadera identidad de su amado. Había guardado el secreto durante años, esperando el momento justo para reclamar su lugar al lado de la deidad. Para él, Seleriun no era un "Gris" mediocre, sino el centro del universo.
En su estudio privado, Susy escribía frenéticamente. Su pluma de fénix emitía chispas de color azul y plata, trazando nombres y destinos con una velocidad sobrenatural.
-¡Esto se pone mejor que cualquier fanfic!- Chilló Susy, dándole un codazo a Nick, quien acababa de entrar con café -Tenemos en el sur al dragón obsesivo quemando mapas, y al príncipe del océano aquí mismo, tratando de seducir a nuestro Seleriun con diplomacia y recuerdos de la infancia. ¡Es el triángulo amoroso perfecto!-
Nick suspiró, mirando el brillo de la pluma.
-Susy, recuerda que esto no es solo una historia para nosotros. Son sus vidas. Seleriun tiene a dos de los hombres más poderosos tras sus pasos.-
-Lo sé, Nick.- respondió Susy con una sonrisa traviesa -Por eso, este año la Academia no será un lugar de estudio. Será un campo de batalla por el corazón de una deidad. Y yo me encargaré de que cada página sea inolvidable.-
El destino estaba sellado. El próximo año escolar, Seleriun no sólo tendría que luchar contra sus propios poderes, sino contra dos pretendientes decididos a no dejarlo escapar de nuevo.