NovelToon NovelToon
AHORA QUE LLEGÓ EL AMOR VERDADERO, EL PASADO SE HACE PRESENTE

AHORA QUE LLEGÓ EL AMOR VERDADERO, EL PASADO SE HACE PRESENTE

Status: Terminada
Genre:Autosuperación / Romance / CEO / Completas
Popularitas:3k
Nilai: 5
nombre de autor: RENE TELLO

VOLVER A AMAR - TEMPORADA II

Ella creció creyendo que el amor era resistencia, ceder un poco más, esperar que las cosas mejoren. Durante años sostuvo una relación que hacia afuera parecía perfecta, pero puertas adentro la hacía dudar de sí misma. Él era encantador con el mundo y tormentoso en privado. Y ella, paciente, probablemente demasiado paciente.

Hasta que una noche, en medio de una cena donde entendió que nadie iba a defenderla, ni siquiera ella misma, respiró hondo y tomó la decisión más difícil y necesaria de su vida: irse.

Se fue con una maleta, con miedo, con incertidumbre, pero también con una extraña sensación de alivio.

Lo que no sabía era que marcharse no era el final, sino el comienzo. Que después de una relación que la apagó, podía existir un amor distinto, uno más sano, más ligero, uno donde no tuviera que disminuirse para quedarse.

Porque a veces perder una historia es la única manera de encontrarse con la que realmente está destinada a vivirse.

NovelToon tiene autorización de RENE TELLO para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 11

A la mañana siguiente, Leonardo llegó con un café en la mano y una carpeta bajo el brazo; nos saludamos con un beso tierno, y luego de una charla simple, nos sentamos en el sofá y él puso la carpeta en la mesa de centro.

—No te asustes— dijo Leonardo al verme levantar una ceja. —Solo es una propuesta.

Me incliné a mirar. Eran planos, fotos a todo color, detalles de departamentos. Reconocí al instante los pasillos de mármol y las terrazas de vidrio, el mismo edificio donde él vivía.

—¿El mismo complejo?— pregunté, con un nudo en la garganta.

—Sí. Ya conoces la seguridad. Tiene acceso restringido, cámaras en cada esquina, guardias las veinticuatro horas…— respondió Leonardo y luego se detuvo, bajando la voz. —Me daría paz saber que no estás sola si Octavio aparece. Y también, me gusta la idea de tenerte cerca.

Cerré la carpeta de golpe, como si así pudiera frenar lo que acababa de escuchar.

—¿Cerca como 'vecina' o cerca como 'al alcance de tu puerta cuando te dé insomnio'?— pregunté queriendo sonar ligera, pero la voz me salió más temblorosa de lo que esperaba.

La sonrisa torcida de Leonardo me desarmó.

—Las dos cosas me parecen perfectas— dijo él sin dejar de mirarme.

En ese momento, mi celular vibró sobre la mesa. Dudé antes de tomarlo. Era un número desconocido. Abrí el mensaje y sentí que la sangre se me helaba:

📨 “Dile a Leonardo que deje de esconder lo que es mío. No necesito permiso para ver a Emiliano.”

Levanté la vista.

—Ya sabe dónde golpear— susurré.

Leonardo tomó despacio el teléfono de mi mano, al ver mi rostro, y esa forma odiosa que aún tenía Octavio de paralizarme. Lo vi transformarse, sus facciones tensas, la mirada oscura.

—Que lo intente— dijo Leonardo con una cSamantha que asustaba. —Si cree que puede usar a Emiliano, está más desesperado de lo que imaginábamos—

Tragué saliva. En ese instante entendí que lo de mudarme no era un capricho de él, ni un exceso de control. Era una medida necesaria. Y aunque me costara admitirlo, parte de mí sentía alivio al pensar en tenerlo tan cerca.

Me quedé en silencio más tiempo del que quería. Leonardo seguía hojeando un carpeta que había traído, como si estuviera dándome espacio, pero yo lo conocía, estaba atento a cada una de mis reacciones.

—No tienes que decidir ahora— dijo al fin. —Solo míralo. Piensa que no es mudarte conmigo, no es invadir tu vida. Es protegerte sin quitarte tu independencia, solo estarías cerca y podrías pedir mi ayuda siempre que lo necesites".

Me crucé de brazos, enredando los dedos en la tela de mi blusa, tratando de frenar las emociones que él estaba provocando en mí.

—¿Y si me siento como una especie de rehén de tu seguridad?— pregunté, más en voz baja que con reproche.

Él levantó la cabeza. Sus ojos me buscaron con esa intensidad que siempre me dejaba expuesta, esa intensidad que parecía poder mirar dentro de mí.

—Entonces, lo hablamos. Y si no funciona, también te ayudo a buscar otro lugar. Pero lo que no voy a hacer es quedarme tranquilo sabiendo que Octavio puede tocar tu puerta en cualquier momento— expresó Leonardo.

La seguridad en su voz me dio un vuelco en el estómago. Me acerqué a la carpeta, pasé los dedos por las fotos brillantes de cocinas impecables y balcones con vista a la ciudad. Imaginé mis cosas allí, mis libros, mis rutinas. Imaginé también las noches, sabiendo que, a unos pisos más arriba, estaba Leonardo.

—Podría acostumbrarme a eso— murmuré, casi sin darme cuenta.

Él arqueó una ceja, esa expresión suya entre picardía y triunfo que siempre me hacía rodar los ojos.

—¿Eso es un sí disfrazado?— preguntó Leonardo.

—Es un tal vez disfrazado— repliqué, intentando sonar firme, aunque me descubrí sonriendo.

Leonardo se acercó despacio. Me tomó la mano, con suavidad, como si esa decisión pesara más que cualquier contrato que hubiera firmado en su vida.

—Samantha, no quiero forzarte. Quiero que lo hagamos juntos, porque es lo que nos conviene, tu voz y tu capacidad de decidir es muy importante para mí— manifestó Leonardo.

Sentí cómo se me apretaba el pecho, pero no de miedo. Asentí apenas, dejando que mis dedos se enreden con los suyos.

Me quedé con la mano atrapada entre las suyas, como si soltarla fuera traicionar lo que acababa de aceptar sin decirlo del todo. Leonardo me miraba con esa paciencia extraña en él, como si supiera que yo necesitaba mis propios tiempos.

—No sabes lo que significa para mí que lo estés considerando— susurró, acercándose apenas un poco más.

Yo respiré hondo. No quería que mi voz me delatara, así que en lugar de hablar, me dejé guiar por el impulso de apoyar mi frente en su pecho. Sentí su calor, el leve latido bajo la tela, y cómo sus brazos me rodeaban con una fuerza que no asfixiaba, sino que me contenía.

—Eres un problema— murmuré contra él, sonriendo sin querer.

—El mejor que vas a tener— respondió, inclinándose hasta rozar mi cabello con sus labios.

Alcé la cabeza y lo miré. No fue un beso robado ni desesperado; fue un roce lento, suave, que me hizo olvidar que todavía había carpetas abiertas sobre la mesa. Él acarició mi rostro con el dorso de la mano, y yo dejé que ese gesto me derritiera. El beso se profundizó, pero no buscaba devorarnos; era como si quisiera sellar con ternura una promesa que ninguno de los dos había terminado de decir en voz alta.

Me descubrí aferrándome a su camisa, como el día anterior, porque justo ahí se había transformado en mi lugar seguro. Leonardo sonrió contra mis labios, y esa sonrisa me arrancó una risa breve, tímida, que terminó en otro beso.

Por un momento no existieron mudanzas, ni amenazas, ni dudas. Solo estábamos nosotros, en mi sala, con la certeza creciente de que, aunque no lo hubiera planeado, lo que empezábamos a construir juntos me hacía sentir en casa por primera vez en mucho tiempo.

Su boca volvió a buscarme y esta vez no hubo espacio para la calma. Me dejó contra el sofá sin que yo lo notara, como si todo el trayecto hubiera sido dibujado por nuestros cuerpos solos. La manera en que me besaba no tenía nada de improvisado, era ansiedad de cercanía, pero también una especie de cuidado que me estremecía más que la fuerza.

—Cariño— susurré, casi en un ruego.

Su respuesta fue apretar mi cintura contra él, como si no quisiera darme la opción de alejarme. Me sostuvo el rostro entre sus manos, obligándome a mirarlo un segundo. Había algo en sus ojos que no era solo deseo, era pertenencia, era un "te quiero aquí" sin palabras.

Me rendí sin reservas. Mis dedos buscaron la piel bajo su camisa, y la sensación me hizo arder. Él soltó un jadeo bajo y volvió a besarme, esta vez con una intensidad que me cortó la respiración.

Cada movimiento era más urgente, más profundo. Pero aun en esa urgencia, había un control extraño, como si Leonardo se empeñara en demostrar que podía llevarme al límite y sostenerme allí, sin dejarme caer. Yo lo sentía en cada roce, en cada caricia que subía lenta, en cada beso que no se detenía aunque el aire nos faltara.

Luego nos miramos completamente sonrojados, sabiendo que debíamos detenernos ahí, como si supiéramos que queríamos avanzar al siguiente nivel, pero aún no era el momento.

Nos sentamos en el sofá, todavía con las manos cerca, pero sin dejar que la urgencia de antes nos dominara. Leonardo abrió la carpeta de nuevo y me mostró los planos con más detalle.

Pasamos los siguientes minutos revisando detalles como la orientación de los apartamentos, las ventanas, la proximidad a las salidas de emergencia. Cada gesto suyo, cada explicación, reforzaba la sensación de que podía confiar plenamente.

Cuando terminé de hojear los planos, me levanté y fui hacia la ventana. Afuera la ciudad seguía su ritmo, pero aquí dentro había una burbuja de calma. Leonardo se acercó y apoyó su mano sobre la mía, apenas un roce, pero suficiente para recordarme lo unidos que estábamos en esta decisión.

—Gracias, lo haré— dije, sin necesidad de más palabras. Su mirada lo dijo todo, que él estaba aquí, conmigo, y que íbamos a enfrentar cualquier amenaza juntos.

Por un instante, no existía Octavio, no existían los sobres ni las dudas sobre Emiliano. Solo estábamos nosotros, evaluando pasos concretos para protegernos y construir algo seguro y románticamente nuestro.

1
Amalia liza maldonadoliza
bellísima historia te felicito de corazón
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play