Mi vida nunca fue mía. Primero fueron los golpes de mi padre y sus gritos recordándome que no valía nada, hasta que finalmente decidió ponerme un precio. Me vendió como si fuera un objeto para pagar su maldita deuda.
Ahora mi dueño es Dante.
Él es frío, letal y no tiene piedad con nadie, pero me necesita para llevar las cuentas de su imperio. Pensé que pasaría de un infierno a otro, pero en sus ojos oscuros encuentro algo que nunca conocí. Ahora estoy atrapada entre los números de la mafia y el deseo por el hombre que me compró.
¿Se puede amar a quien te posee?
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Capítulo 11: El Ayuno del Alma
POV: Alessia
Han pasado tres días desde que encontré el contrato. Tres días en los que la Villa Vitale se ha convertido en un mausoleo de mármol. Me he enterrado en los libros contables de Catania, trabajando dieciséis horas al día para no tener que pensar, para no tener que recordar el calor de las manos de Dante sobre mi piel.
El hambre es un concepto lejano. Mi estómago se cierra cada vez que intento tragar algo de la comida que los criados dejan en mi puerta. Siento que, si como, acepto el sustento de mi dueño, y mi orgullo es lo único que me queda. Mis dedos tiemblan sobre el teclado y la vista se me nubla por momentos, pero los números no mienten: Marcello ha desviado más de cinco millones en los últimos dos meses.
De repente, un sobre pequeño y blanco cae por debajo de la puerta de servicio de mi despacho. No tiene sello. No tiene nombre. Solo una fragancia a menta y tabaco que reconozco al instante.
La abro con manos torpes.
"Dante te tiene en una vitrina, contadora. Te compró como a un cuadro y te trata como a una empleada. Yo no quiero tus números, Alessia. Yo quiero tu fuego. Si decides que ya no quieres ser el 'pago' de una deuda, hay un coche esperándote en el muro norte a la medianoche del viernes. Te daré el pasaporte y la libertad que mi primo nunca te concederá. Piénsalo... antes de que te marchites en su sombra." — E.
Arrugo la nota, pero no la tiro. La duda es un veneno que se filtra en mis venas. ¿Libertad? ¿O simplemente cambiar de dueño?
POV: Dante
No he podido dormir. He vigilado su puerta desde las sombras del pasillo, escuchando el tecleo incesante de su computadora hasta altas horas de la madrugada. Sé que no está comiendo. Las bandejas bajan a la cocina casi intactas. Su piel se ha vuelto traslúcida y las ojeras marcan su rostro como sombras de guerra.
La distancia profesional que ella me exigió me está matando, pero verla destruirse a sí misma es insoportable.
Entro en su despacho sin llamar. El olor a café rancio y el aire viciado me golpean. Alessia ni siquiera levanta la vista; sigue tecleando, con la espalda encorvada y los hombros en tensión. Se ve tan pequeña, tan frágil, que siento una punzada de pánico.
—Basta —digo, caminando hacia ella y cerrando la tapa de su computadora de un golpe.
POV: Alessia
El estruendo del laptop me hace saltar. El mareo me golpea con tanta fuerza que tengo que agarrarme del borde del escritorio para no caer de la silla. Levanto la vista y me encuentro con los ojos de Dante. No hay frialdad en ellos ahora; hay una furia contenida y algo que parece desesperación.
—Tengo que terminar el balance... —balbuceo, intentando apartar su mano.
—No vas a terminar nada —Dante me rodea el escritorio y, antes de que pueda protestar, me levanta en vilo.
Mis piernas no tienen fuerza para luchar. Me siento liviana como una pluma, y eso me asusta. Me carga hacia el pequeño sofá de cuero del despacho y me deposita allí. Luego, saca un frasco de sales de su bolsillo y lo pasa bajo mi nariz. El pinchazo de lucidez me hace toser.
—Mírate —su voz es ronca—. Estás desapareciendo. ¿Crees que castigándote a ti misma vas a castigarme a mí?
—No te estoy castigando —susurro, cerrando los ojos porque el mundo sigue dando vueltas—. Solo estoy pagando mi deuda. Quiero terminar y... y ser libre.
POV: Dante
Sus palabras sobre la libertad me queman. Noto que intenta esconder algo en el bolsillo de su bata. Con un movimiento rápido, le arrebato el papel arrugado antes de que pueda reaccionar.
Leo la nota de Enzo. Siento cómo la sangre se me sube a la cabeza, una presión roja que amenaza con estallar. Mi primo no solo intentó asustarla; ahora está intentando robármela con promesas falsas de libertad.
—¿Es esto lo que quieres? —le pregunto, agitando la nota frente a su rostro pálido—. ¿Quieres irte con el hombre que mandó a dispararte en Palermo? ¿Crees que Enzo Vitale sabe lo que es la libertad?
—Él dice que me dará un pasaporte... —Alessia empieza a llorar, un llanto débil, de puro agotamiento—. Tú me tienes aquí como un activo, Dante. Al menos él es honesto sobre su deseo.
—¿Deseo? —me inclino sobre ella, atrapándola contra el respaldo del sofá. Mis manos se cierran a los lados de su cabeza—. ¿Crees que lo mío no es deseo? Te he dado mi cama, mi protección y mi paciencia. He respetado tu estúpida "distancia profesional" mientras me consumía por dentro.
La tomo de la barbilla, obligándola a mirarme. Sus labios están secos, pero sus ojos brillan con una mezcla de odio y una necesidad que ella no quiere admitir.
—No vas a ir al muro norte. No vas a ver a Enzo. Y no vas a volver a saltarte una comida mientras vivas bajo mi techo —le ordeno, y esta vez no hay rastro de ternura; es el Capo el que habla—. Si tengo que alimentarte yo mismo, lo haré. Si tengo que encadenarte a mi muñeca para que no escuches las mentiras de mi primo, lo haré. Pero no vas a salir de aquí, Alessia. No hasta que yo lo decida.
POV: Alessia
Dante se levanta y sale un momento para gritarle órdenes a un criado. Regresa con un tazón de caldo caliente y se sienta en el borde del sofá. Me mira con una intensidad que me hace temblar más que el hambre.
—Come —dice, acercando la cuchara a mis labios.
—Puedo hacerlo sola... —intento tomar la cuchara, pero mis manos tiemblan demasiado.
—Dije que yo lo haría —su mirada es inamovible.
Me rindo. Dejo que me alimente, bocado a bocado. El calor del caldo me devuelve la vida, pero es su cercanía lo que me acelera el pulso. Hay algo oscuro y posesivo en la forma en que me observa tragar, como si estuviera reclamando cada parte de mi cuerpo.
Cuando termino, Dante deja el tazón en la mesa y vuelve a mirarme. Sus dedos rozan mi mejilla, recorriendo la curva de mi rostro con una lentitud tortuosa.
—Enzo no tiene nada que ofrecerte, Alessia —susurra, y su aliento roza mis labios—. Él solo quiere romper el juguete de su primo. Yo... yo te quiero a ti, rota o entera, con contrato o sin él. Y si vuelves a esconderle una nota de otro hombre, te aseguro que el castigo será mucho peor que una cena obligatoria.
Se levanta y camina hacia la puerta, deteniéndose antes de salir.
—A partir de hoy, duermes en mi cama otra vez. No es una sugerencia. He hecho trasladar tus cosas mientras comías. Si vas a odiarme, hazlo de cerca.
La puerta se cierra y me quedo sola en el despacho, con el sabor del caldo en la boca y el corazón latiendo con una fuerza aterradora. Enzo me ofreció la libertad, pero Dante me ha ofrecido su propia oscuridad como refugio. Y lo peor es que, a pesar del contrato y la traición, una parte de mí no quiere huir.