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Lo Difícil De Amarte

Lo Difícil De Amarte

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños / Amante arrepentido / Escuela
Popularitas:4.7k
Nilai: 5
nombre de autor: neversaynever

Uno, al enamorarse, cree que será fácil y será correspondido con el tiempo, pero nadie te dice que puede ser la persona más cruel de quien quieres que te enamores, o la equivocada. ❤️‍

Y así es como casi le pasó a Alison, quien sin darse cuenta...

Prohibido el plagio. ✅

NovelToon tiene autorización de neversaynever para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Al mismo paso: el baile y el adiós.

Recuerdo bien a quien nos ayudaba tanto: quien nos hacía toda la tarea si veía que no podíamos, casi ni nos dejaba hacerla nosotros porque temía que nos desanimáramos al no saber cómo empezar. Se sentaba muy cerca de nosotros, apoyaba el cuaderno entre los dos y explicaba cada paso despacio, con una paciencia infinita. Cuando veía que nos trabábamos y la mirada se nos ponía perdida, tomaba el lápiz para marcar una flecha o escribir una palabra clave, solo para mostrarnos el camino, sin quitaros del todo la oportunidad de intentarlo y aprender por nosotros mismos.

Freddy Lucas Calvin es un chico de diez años, pequeño y de complexión medio delgada. Tiene el cabello ondulado y rubio, la piel clara como la leche, cejas rectas y ordenadas, ojos azules muy juntos y brillantes, nariz recta y labios finos y delicados. Usa una chomba tipo piqué blanca, un poco arrugada de usar, combinada con pantalón azul que ya se ve gastado en las rodillas; en sus pies lleva zapatillas de running negras, bien atadas. Siempre se le ve muy serio cuando se concentra, frunciendo levemente el cejo, pero sus ojos se iluminan y se le escapa una sonrisa pequeña apenas logra resolver algo difícil que le costó mucho trabajo.

Él, que siempre decía que quería salir de viaje con Jonás cuando terminara el año, se llevó ese año el diploma al mejor estudiante del grado. Recuerdo perfectamente el momento en que el maestro lo llamó por su nombre: se sonrojó hasta las orejas, se puso de pie despacio y apretó las manos con fuerza contra el pantalón para que no le temblaran, antes de caminar hacia adelante y subir los escalones para buscarlo.

Fin del recuerdo.

Volteo mi rostro y miro a mi alrededor: mi grupo de compañeros se amontona cerca del escenario, los demás les están sacando fotos con celulares y cámaras, se empujan unos a otros suavemente para quedar mejor en la imagen, sueltan risas nerviosas y se acomodan los vestidos o las camisas, que todavía nos parecen demasiado grandes y elegantes para nosotros. El salón luce hermoso, decorado con guirnaldas de papel celeste y blanco que cruzan el techo y caen suavemente por las paredes; el aire huele a goma de pegar que usaron para armar todo, a flores frescas que trajeron del jardín de la escuela y al aroma dulce y tibio de las tortas, facturas y jugos que prepararon con mucho cariño las madres de la escuela.

La maestra Cecilia Jimena Gutiérrez es una mujer de veintinueve años, pequeña y de complexión medio delgada. Tiene el cabello ondulado de un rojo oscuro que brilla con la luz, la piel muy clara, cejas arqueadas que le dan una expresión dulce, ojos estrechos de color ámbar cálido y pestañas cortas, nariz ancha y labios gruesos en el centro. Lleva un vestido verde oscuro que le llega hasta los tobillos, de tela suave, y se ajusta el micrófono en el cuello con mucho cuidado antes de empezar a hablar.

Camina despacio subiendo por las escaleras del escenario, se detiene un momento para mirar a todos los presentes, se acerca al micrófono y dice con voz clara, fuerte y muy cálida:

—Hola, buenas tardes a todos, familias, maestros y compañeros. Hoy nos reunimos para dar inicio al baile de la Reina y el Rey de la Primavera. Les pido por favor que suban al escenario todas las parejas que van a bailar: será elegida aquella que logre conectar mejor con la música y con el corazón. Los primeros de la fila, pasen primero —añade después, señalando con la mano abierta el inicio de la fila de parejas.

Veo cómo cada pareja se acomoda al lado de la otra: las chicas se arreglan los pliegues de los vestidos, los chicos se sacuden el pantalón o se ajustan el cuello de la camisa, muchos se toman la mano con timidez, entrelazando los dedos, y caminan juntas por el centro del salón hasta llegar a las escaleras, subiendo una a una. El suelo de madera pulida cruje levemente bajo sus pies, un sonido conocido y cálido, y todo el público guarda silencio, esperando con atención.

Cuando todos terminaron de subir y se acomodaron en sus lugares, el profesor de música se agacha para acomodar los cables del equipo, ajusta el volumen y presiona el botón de reproducción: empieza a sonar una melodía suave, hecha con cuerdas de guitarra y violín, una canción romántica y argentina que se llamaba Al mismo paso. Las primeras notas recorren todo el salón, y se siente como si el aire se volviera más ligero, más tranquilo y lleno de emoción.

Se apagaron las voces, se calló el tambor,

la luna se asoma sobre el algodonal.

Hoy el pueblo se reúne con todo su amor,

para ver cómo empieza vuestro caminar.

Llevás en la mirada el sol del norte,

llevás en la mano la fuerza de estar.

No hay corona de oro que valga más fuerte

que el lazo que ahora los une al bailar.

Bailen, rey y reina, al mismo paso,

que el viento de la tierra los quiera llevar.

No importa la distancia, no importa el ocaso,

si el corazón sabe dónde tiene que estar.

Bailen como bailan el río y el algarrobo,

que el mundo se entere lo que es el querer:

ser rey es cuidar lo que amás con todo,

ser reina es ser todo lo que da su ser.

El suelo es de tierra que vieron nacer,

la música viene de muy adentro.

No vienen de lejos para mandar y tener,

vienen para ser el corazón del encuentro.

Un giro despacio, una mano que guía,

una mano que sigue, sin miedo a caer.

Así se construye la patria y la vida:

dos almas que saben creer y vencer.

Puede cambiar el tiempo, puede cambiar la suerte, puede cambiar todo lo que se ve.

Pero no cambia lo que el alma siente,

ni el paso que juntos aprendieron a hacer.

Bailen, rey y reina, al mismo paso,

que el viento de la tierra los quiera llevar.

No importa la distancia, no importa el ocaso,

si el corazón sabe dónde tiene que estar.

Y cuando la música deje de sonar,

quedará en el pueblo esta verdad:

que el mejor reinado es saber amar,

y caminar juntos hasta el final.

Así empezó el gran baile. Las luces del escenario cambian suavemente de tono hasta quedar en un dorado cálido que envuelve todo, y las parejas empiezan a moverse despacio, siguiendo el ritmo que parece nacer de muy adentro de cada uno.

Jacob y Elizabeth no se apresuraron en absoluto. Cuando empezó la música, él le tomó la mano con mucha suavidad, posó la otra con respeto sobre su cintura y ella apoyó la suya con confianza sobre su hombro, como si hubieran bailado juntos toda la vida. Sus pasos eran precisos pero ligeros: giraban sin que se viera el menor esfuerzo, avanzaban y retrocedían al compás, como si el suelo mismo se inclinara ante ellos. No miraban al público ni al frente, sino solo el uno al otro; en sus ojos había una complicidad que nadie más podía interrumpir, como si solo ellos dos escucharan el verdadero sentido y el alma de la canción.

El baile no era solo destreza ni elegancia: era una conversación hecha de movimiento. Él la guiaba con ternura y respeto, nunca con imposición; ella seguía su ritmo, pero también le daba su propio impulso, haciendo que la danza creciera, se alzara en los giros y luego bajara suavemente, como una ola. En cada vuelta, el vestido de ella se abría como un abanico de colores, y sus sombras se entrelazaban en el suelo de madera, dibujando figuras que parecían sellar un pacto silencioso entre ellos.

Al terminar la última nota, se detuvieron al mismo tiempo, sin dejar de sostenerse. La sala entera estalló en aplausos, gritos de alegría y vítores que llenaron cada rincón del lugar, pero ellos solo se veían, con una sonrisa compartida y tranquila: sabían que no habían bailado para el trono, ni para ganar, ni para el público, sino para demostrar que un reino se sostiene mucho mejor cuando dos personas caminan siempre al mismo paso.

Se inclinaron el uno hacia el otro en un saludo breve, antes de girarse hacia el público y saludar con la mano, todavía con la respiración un poco agitada por la emoción y las mejillas sonrosadas.

Después de unos minutos de aplausos y mucha expectativa, la maestra Cecilia toma el micrófono de nuevo y anuncia con voz emocionada que la ganadora es Alma Jessica Toledo. Es una chica de once años, alta y de complexión delgada. Tiene el cabello ondulado y muy negro, la piel morena oscura y brillante, cejas en arco regular, ojos saltones de color marrón muy oscuro, nariz ancha y labios gruesos en el centro. Lleva el cabello atado en una trenza sirena que le cae sobre el hombro, tiene los ojos maquillados con tonos marrón y negro para resaltar su mirada, los labios pintados de rojo intenso, usa un vestido azul largo y elegante, y en los pies lleva sandalias de vestir negras. Sus manos le tiemblan un poco cuando escucha su nombre, y se lleva una a la boca para contener la sorpresa y las ganas de llorar de felicidad.

Veo también acercarse a la maestra Dalma Nicole Durán: es una mujer de veintinueve años, pequeña y de complexión medio delgada. Tiene el cabello lacio y negro azabache, la piel muy clara, cejas rectas y serias, ojos estrechos de color marrón oscuro, nariz chata y la boca con las comisuras hacia abajo, que suele darle un aire severo. Pero en ese momento, una sonrisa dulce y orgullosa suaviza todo su rostro mientras camina despacio hacia la ganadora.

Se acerca hasta donde está Alma, le da un beso suave en la mejilla y luego le entrega un ramo de flores silvestres y rosas rojas en su mano, además de una bolsa de regalo brillante atada con una cinta dorada. Alma aprieta todo contra su pecho, como si temiera que se le escape, y le da las gracias en un susurro apenas audible.

Final de los últimos años de escuela.

Me detengo un instante a pensar: si extrañaré mi escuela, la verdad es que en ese momento no lo siento todavía. Solo pienso en que ya no tendremos que madrugar tanto todos los días, en que terminaron las tareas más difíciles, en que se cierra una puerta y empieza algo nuevo y desconocido.

Pero con el tiempo sí lo extraño: extraño todo lo que viví allí, como si quisiera volver a esos días, pero sin tener que volver a pasarlos de nuevo. Extraño los rincones que nadie más conocía, el sonido fuerte del timbre que marcaba el recreo, las charlas en voz baja en el patio, las personas que formaron parte de esos años y que luego tomaron caminos muy distintos al mío.

Ya el tiempo se acaba y se termina para siempre esta etapa en mi vida. Cierro los ojos un instante, guardo cada detalle de este día, de este baile y de esta canción en lo más profundo de mi memoria, y sé que aunque pase mucho, mucho tiempo, siempre formarán parte de quien soy.

^^^Continuará❤️...^^^

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