Valentina fue criada como hija de la casa Vargas, hasta que una copa rota, una mentira y el silencio de todos la condenaron a tres años de servidumbre en la manada Oscura.
Allí lavó ropa con las manos abiertas por el hielo, limpió establos, cargó leña, durmió sobre paja y aprendió que nadie iba a ir por ella. Cuando el plazo termina, Rodrigo Vargas, el Alfa que alguna vez significó hogar, aparece para llevarla de regreso.
Pero la Valentina que vuelve no busca abrazos, explicaciones ni perdón.
En la casa que la entregó, Isabela ocupa su lugar, Don Alejandro intenta arreglar su futuro como si fuera un problema familiar, Elena llora demasiado tarde y Rodrigo empieza a entender que la culpa no repara nada.
Solo Abuela Consuelo sigue llamándola "mi niña".
Cuando las cicatrices salen a la luz y las mentiras comienzan a romperse, Valentina decide algo simple: nunca más volverá a vivir como una Omega que otros pueden vender, esconder o nombrar a su antojo.
Y mientras la verdad de Isabela se pudre bajo perfumes falsos, un Beta llamado Diego aparece con una bondad tranquila que Valentina ya no creía posible.
Pero en un mundo de Alfas, manadas y destinos marcados por la luna, sobrevivir no será suficiente.
Valentina tendrá que elegir si quedarse entre las ruinas de la familia que la enterró... o caminar hacia una vida donde nadie vuelva a apagar su nombre.
NovelToon tiene autorización de ReWorld para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 14
Capítulo 14
Diego le llevó comida en una cazuela de barro.
Valentina estaba en la parte trasera del jardín, removiendo la tierra alrededor de unas plantas secas. Consuelo insistía en que el viejo cantero todavía podía salvarse si alguien quitaba las raíces podridas. Era mentira a medias, pero Valentina lo hacía igual.
Oyó los pasos sobre la grava.
—Si viene a decirme que esa planta está muerta, ya lo sé —dijo sin volverse.
—Traigo algo más útil que una opinión.
Valentina giró.
Diego sostenía una cazuela envuelta en tela. El vapor salía por un costado. No llevaba documentos ni excusa mala.
—¿Qué es?
—Tripa de cerdo.
Valentina se quedó mirándolo.
Él levantó la cazuela.
—En la cocina dijeron que no era comida para servir aquí.
—La cocina suele tener opiniones.
—Por eso lo compré en el pueblo.
Valentina recordó entonces. Dos días antes, al pasar por la cocina, una criada se quejó del olor de una olla destinada a los mozos. Carmen dijo que solo a alguien sin gusto le gustaba la tripa. Valentina, sin pensar demasiado, respondió que con suficiente chile todo servía.
Diego lo había oído.
Ella limpió una piedra plana con la manga.
—Puede ponerlo ahí.
Él dejó la cazuela y se apartó un poco. No se sentó hasta que ella lo miró.
—¿También necesita permiso para eso?
—Estoy aprendiendo.
Valentina destapó la cazuela.
El olor fue fuerte, caliente, con chile seco, cebolla y grasa. No era comida fina. Era comida de mercado, de camino, de manos que trabajan. El estómago de Valentina respondió antes que ella.
Tomó un pedazo con pan.
Diego miró hacia el muro mientras ella comía.
Eso le gustó. No la observó como quien espera gratitud. No convirtió el hambre de ella en espectáculo.
—Le falta picante —dijo Valentina después de varios bocados.
Diego giró la cabeza.
—¿Esa es tu forma de decir que está bueno?
—Es mi forma de decir que le falta picante.
Él sonrió.
—La próxima vez más picante.
Valentina sostuvo el pan entre los dedos.
La próxima vez.
No contestó enseguida.
—No dije que habría próxima vez.
—No. Pero tampoco dijiste que no.
Ella bajó la mirada a la cazuela.
—No se acostumbre a ganar por omisiones.
—Lo tendré presente.
Comieron en silencio un momento. Valentina dejó la mitad del pan envuelto en la tela.
—¿No quieres más?
—Sí quiero.
—Entonces...
—Es para Lucía.
Diego no preguntó quién era. Ya la había escuchado nombrarla en la casa, quizá. O entendió que si una persona guardaba pan para otra ausente, no hacía falta interrogar.
—Se conservará mejor si lo envuelves con hojas.
—¿Sabe de pan guardado?
—Sé de caminos largos.
Antes de que Valentina pudiera responder, Isabela apareció por el sendero con dos criadas.
Su mirada fue de la cazuela a Diego, de Diego a Valentina, de Valentina al pan envuelto.
—No sabía que recibías visitas aquí.
Valentina tapó la cazuela.
—Ahora ya lo sabes.
Isabela sonrió.
—Señor Diego, Don Alejandro lo busca para revisar unos documentos.
Diego se puso de pie.
—Iré en un momento.
—Dijo ahora.
El tono seguía siendo suave. La orden no.
Diego tomó la cazuela vacía.
—Entonces ahora.
Antes de irse, dejó dos hojas grandes junto al pan.
—Para que dure.
Valentina no dijo gracias.
Él no lo pidió.
Cuando Diego se fue, Isabela esperó a que las criadas quedaran lo bastante cerca para oír.
—La gente hablará si aceptas comida de cualquier hombre.
Valentina envolvió el pan con las hojas.
—La gente habla aunque una no coma.
—Rodrigo podría molestarse.
—Rodrigo no es mi dueño.
Una de las criadas levantó los ojos y los bajó enseguida.
Isabela mantuvo la sonrisa, pero la piel junto a su boca se tensó.
—Solo intento cuidarte.
Valentina guardó el pan.
—Otra vez con público.
Isabela no respondió.
Valentina volvió a las plantas secas.
Esa noche, puso el pan bajo su almohada. No sabía cuándo vería a Lucía. Tal vez pronto. Tal vez nunca.
Pero por primera vez desde que volvió, guardó algo pensando en un futuro.
Pero me fascina la narrativa... Dura, blanco o negro, no hay floritorios en los romances., que casi no hay o no se perciben... cómo ese que "día a día crece" y no descubris si es un romance normal o personas que coinciden en tiempo y espacio.
Es rara y está muy buena