Una brillante Doctora reencarna en el cuerpo de una delicada aristócrata. Para evitar un matrimonio forzado y seguir su pasión, decide estudiar medicina, desatando el escándalo.
Su padre la envía a prueba al Hospital Central bajo las órdenes del doctor más estricto del imperio. Él cree que es una noble caprichosa y la manda al peor pabellón para que renuncie.
Pero ella no le teme a la sangre, domina técnicas del futuro y está lista para demostrar que nadie maneja el bisturí mejor que ella.
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Capítulo 1
—Doctora Mendoza, creo que debería ir a descansar un poco.
La voz preocupada de una de las enfermeras apenas logró atravesar el ruido constante de la sala de emergencias. El sonido de los monitores, las conversaciones apresuradas y el ir y venir del personal médico llenaban el ambiente, pero Isabel apenas parecía notarlo.
Negó suavemente con la cabeza mientras terminaba de revisar unos documentos.
—Estoy bien.
Sin embargo, su aspecto decía exactamente lo contrario.
Llevaba más de treinta horas despierta. Las profundas ojeras bajo sus ojos, el tono pálido de su piel y el ligero temblor de sus manos delataban un agotamiento que llevaba demasiado tiempo ignorando. Había pasado toda la noche en cirugía y, antes de poder descansar, habían llegado varios pacientes de emergencia.
Una camilla atravesó las puertas de urgencias.
—¡Trauma abdominal! —gritó uno de los paramédicos.
Isabel levantó la vista de inmediato. El cansancio quedó relegado a un segundo plano mientras su instinto como cirujana tomaba el control.
—Llévenlo a la sala dos.
Comenzó a caminar hacia el paciente, pero apenas había dado unos pasos cuando una punzada atravesó su cabeza. El suelo pareció moverse bajo sus pies y las luces del hospital se volvieron borrosas.
Se detuvo, apoyando una mano contra la pared.
—¿Doctora?
Varias enfermeras se acercaron alarmadas.
Isabel intentó responder, pero el aire le faltó de repente. Las voces a su alrededor comenzaron a alejarse, como si alguien las estuviera sumergiendo bajo el agua.
«Creo que... esta vez sí me excedí.»
Fue el último pensamiento que cruzó su mente antes de que la oscuridad la envolviera por completo.
Isabel abrió los ojos de golpe.
Se incorporó tan rápido que el aire escapó de sus pulmones en una respiración agitada. Su mano se llevó automáticamente a la cabeza mientras intentaba recuperar el aliento.
—Ah...
Su corazón latía con fuerza.
—Creo que esta vez sí me pasé...
Pero las palabras murieron en sus labios.
La habitación no era blanca.
No había monitores.
No existía el sonido de los equipos médicos ni el olor a desinfectante.
Frente a ella se extendía una amplia habitación decorada con muebles de madera clara, cortinas elegantes y una enorme cama cubierta por sábanas suaves. La luz del sol se filtraba por las ventanas, iluminando las paredes decoradas con delicados detalles dorados.
Isabel parpadeó varias veces.
Aquello no era un hospital.
La puerta se abrió suavemente.
—Ah, señorita, ya está despierta.
Una joven vestida con uniforme de doncella entró en la habitación con una sonrisa cálida.
Isabel se quedó completamente inmóvil.
Lo primero que llamó su atención fue la ropa. El vestido largo, el delantal impecable y el peinado parecían sacados de otra época.
—¿Qué lugar es este? —preguntó, todavía confundida—. Nunca había visto esta habitación en la clínica.
La doncella la observó con evidente desconcierto.
—¿Clínica? Señorita Crowe, esta es su habitación. ¿Acaso tuvo una mala noche?
Crowe.
El apellido hizo que algo se encendiera dentro de su mente.
Crowe.
Ella conocía ese nombre.
Su respiración se detuvo por un instante mientras los recuerdos comenzaban a encajar.
Una de sus pacientes, una joven que permanecía internada durante largos periodos, siempre le hablaba emocionada sobre una novela que estaba leyendo. Cada vez que Isabel la visitaba, la muchacha le resumía algún capítulo, le describía a los personajes o le contaba las escenas románticas que tanto le gustaban.
Y ahora lo recordaba.
Elara Crowe.
La prometida del protagonista.
La mejor amiga de la infancia del heredero ducal, comprometidos desde niños por el deseo de sus madres. Sin embargo, el joven terminó enamorándose de otra mujer, la hija de un marqués.
Elara, lejos de convertirse en una villana, comprendió sus sentimientos y decidió romper el compromiso por voluntad propia.
Después de eso, prácticamente desaparecía de la historia.
La novela nunca volvía a mencionarla.
Isabel bajó lentamente la mirada hacia sus manos.
Eran más pequeñas.
Más delicadas.
Su pecho comenzó a subir y bajar con rapidez.
No.
No podía ser.
Volvió a observar la habitación, a la doncella y finalmente recordó la última imagen que conservaba de su vida anterior: las luces del hospital difuminándose mientras caía al suelo.
Había muerto.
Y ahora...
Ahora era Elara Crowe.
Después de varios minutos intentando ordenar sus pensamientos, Elara terminó aceptando una realidad que resultaba tan absurda como imposible: había muerto.
O, al menos, Isabel Mendoza había muerto.
La mujer que había pasado años entre quirófanos, pacientes y largas guardias ya no existía. En su lugar se encontraba sentada sobre una enorme cama, dentro del cuerpo de una joven aristócrata que apenas había aparecido en una novela romántica.
Dejó escapar un largo suspiro mientras se llevaba una mano al rostro.
—Bien, Isabel... o Elara, supongo —murmuró para sí misma.
No era momento para entrar en pánico.
Durante años había enfrentado emergencias, pacientes al borde de la muerte y situaciones que exigían mantener la calma. Entrar en crisis ahora no solucionaría absolutamente nada.
Lo primero era obtener información.
¿Cuántos años tenía Elara? ¿En qué momento de la historia se encontraba? ¿Qué sabía aquella familia sobre ella?
La doncella, que permanecía cerca de la puerta, sonrió al verla incorporarse por completo.
—¿Desea que prepare el desayuno en su habitación, señorita?
Elara negó con la cabeza mientras apartaba las mantas.
—No, bajaré al comedor.
La joven abrió ligeramente los ojos, sorprendida.
—¿Al comedor, señorita?
Aquella reacción hizo que Elara frunciera el ceño.
—¿He dicho algo extraño?
—No, es solo que normalmente suele desayunar aquí.
«Perfecto», pensó.
Eso significaba que conocía muy poco sobre la verdadera Elara.
Quizás aquello era una ventaja.
Se puso de pie con cierta inseguridad, todavía poco acostumbrada a aquel cuerpo más ligero y delicado.
Se detuvo frente al enorme espejo de cuerpo completo situado junto a la ventana y, por un momento, olvidó incluso cómo respirar.
La joven que la observaba desde el otro lado era hermosa.
Largos cabellos castaños oscuros caían en suaves rizos hasta más allá de su cintura, enmarcando un rostro delicado de facciones finas y piel clara, casi porcelana. Sus ojos, grandes y expresivos, poseían un extraño tono avellana que parecía volverse más claro bajo la luz de la mañana, otorgándole una apariencia serena y gentil.
Las largas pestañas resaltaban una mirada que, a pesar de la evidente belleza, no transmitía fragilidad, sino una tranquila determinación que ahora pertenecía a alguien completamente distinto.
Sus labios, pequeños y ligeramente rosados, permanecían entreabiertos por la sorpresa mientras una de sus manos ascendía lentamente hasta tocar su propio rostro, como si aún le costara creer que aquella imagen le pertenecía.
El camisón de seda caía delicadamente sobre su figura esbelta, resaltando la elegancia natural de un cuerpo que había sido criado entre lujos y comodidades, muy distinto al que Isabel había conocido durante años. Ya no había las pequeñas cicatrices de sus manos, ni las marcas dejadas por incontables horas en el quirófano.
Aquellas manos eran suaves, delicadas y propias de una dama noble.
Demasiado hermosas.
Demasiado perfectas.
Elara Crowe parecía una muñeca de porcelana salida de una pintura, una joven que cualquiera imaginaría sentada en un salón de té o tocando el piano en una elegante reunión aristocrática.
Isabel dejó escapar una pequeña risa incrédula.
—Supongo que ahora eres tú —susurró.
Respiró profundamente.
Debía actuar con cuidado.
Aunque conocía algunos detalles de la novela, la verdadera Elara apenas aparecía en ella. Nadie podía esperar que recordara a la perfección cada uno de sus gustos o comportamientos.
Además, si realmente había sufrido un desmayo o una fiebre durante la noche, algunos cambios podrían pasar desapercibidos.
Aquella sería su nueva vida.
Y si iba a vivirla, lo haría a su manera.
Con ese pensamiento, salió finalmente de la habitación y descendió las escaleras de la mansión Crowe, ignorando por completo que aquel desayuno sería el primer paso hacia el destino que cambiaría toda su vida.
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que alguien me explique 🤔🤔🤔