Verónica creé tener una vida de ensueño; dueña de una empresa más importante de la cuidad, una fortuna inmensa y un bebé en camino. Pero de eso nada le sirvió al descubrir la infidelidad de su marido con su empleada. Después de sufrir una depresión, decidió acabar con su vida sin esperarse a que regresará antes de casarse con Andrés.
Se vengara de él con su peor enemigo. Un mafioso que tiene una obsesión con la protagonista.
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Capitulo 3: Errores que no volveré a cometer. ¡Ni por que me paguen!
Verónica permaneció sentada en la cama durante varios minutos con el teléfono todavía en la mano. La pantalla seguía mostrando la fecha; no era un error, no era un sueño, no era una confusión provocada por el cansancio. Conocía ese día con exactitud, lo había vivido antes con la ilusión de alguien que creía estar entrando en una nueva etapa de su vida.
Un día antes de su boda con Andrés.
Bajó lentamente el teléfono mientras observaba la habitación. Todo estaba exactamente como lo recordaba; el vestido blanco colgado en el armario, la caja con los zapatos sobre la silla, los papeles del contrato matrimonial sobre el escritorio que había revisado con orgullo semanas atrás. En aquel momento había pensado que estaba comenzando una vida sólida junto a un hombre que decía amarla y con quien planeaba construir un futuro.
Ahora sabía cómo terminaba esa historia.
Su respiración se volvió más lenta mientras su mente repasaba cada detalle de lo que había ocurrido después de ese día; los años de trabajo para hacer crecer la empresa, las noches sin dormir revisando contratos, las reuniones con inversionistas que Andrés evitaba porque decía no entender ese mundo, las decisiones que ella tomó mientras él se quedaba con el reconocimiento público.
Recordó también la forma en que él comenzó a cambiar; al principio fueron pequeñas discusiones, luego silencios incómodos, después comentarios que buscaban restarle valor a su trabajo. Y finalmente Clara.
La empleada que llegó a la casa con una actitud humilde, con una sonrisa que parecía tímida y una forma de hablar que inspiraba confianza. Verónica recordó la noche en que la contrató, recordaba incluso la conversación que tuvieron en la cocina.
Clara había dicho que necesitaba el trabajo para ayudar a su familia.
Andrés había dicho que parecía una buena chica.
Verónica cerró los ojos unos segundos.
La escena en la sala de estar volvió a su mente con claridad; Andrés sentado en el sofá con Clara en sus brazos, la expresión tranquila de ambos cuando ella entró en la habitación, como si no hubiera nada vergonzoso en lo que estaban haciendo.
Después vino el hospital.
La voz del médico diciendo que su bebé no sobrevivió.
Las palabras de Andrés pidiendo el divorcio mientras ella todavía estaba en la cama del hospital.
Verónica abrió los ojos con firmeza.
La tristeza seguía allí, pero ya no la dominaba de la misma forma. Ahora estaba acompañada por una claridad que no había tenido antes.
Se levantó de la cama y caminó hacia el espejo.
La mujer que vio reflejada era más joven, su rostro no mostraba el cansancio que había acumulado en los últimos años de su matrimonio, sus ojos no tenían la misma expresión agotada que recordaba del final.
Se observó en silencio.
—No vas a volver a pasar por eso —murmuró con voz baja.
Su mirada se movió hacia el vestido de novia que colgaba en el armario.
Durante unos segundos lo observó sin emoción.
Recordaba perfectamente cómo se había sentido cuando lo eligió; entusiasmo, orgullo, la seguridad de que estaba tomando la decisión correcta. Sus amigas habían dicho que Andrés era un buen partido, un hombre elegante que sabía moverse en los círculos empresariales, alguien con quien era fácil imaginar una vida estable.
Nadie sabía que la empresa que todos admiraban terminaría dependiendo casi por completo del trabajo de Verónica.
Nadie sabía que Andrés aprendería con rapidez a usar el esfuerzo de ella para construir su propia posición.
Verónica caminó hacia el armario y tomó el vestido con calma. La tela se deslizó entre sus dedos mientras lo sostenía frente a ella.
—Mañana… —dijo en voz baja.
Mañana se suponía que debía casarse.
Pero esa decisión ya no existía.
Dejó el vestido nuevamente en su lugar y regresó al escritorio donde estaban los documentos del contrato matrimonial.
Recordaba cada cláusula porque había participado en su redacción. En aquel momento había creído que estaba protegiendo la estabilidad de ambos; ahora entendía que Andrés había estudiado cada línea buscando oportunidades para asegurarse el control de la empresa en el futuro.
Tomó los papeles y comenzó a leerlos otra vez.
El silencio de la habitación le permitió concentrarse.
Cuando terminó, dejó los documentos sobre el escritorio con cuidado.
—Eres muy bueno planeando —dijo en voz baja—. Pero yo conozco el final de esta historia.
El teléfono vibró sobre la mesa.
Verónica lo tomó y vio el nombre en la pantalla.
Andrés.
El recuerdo de su voz en el hospital regresó con fuerza.
Respiró con calma antes de responder.
—¿Sí?
La voz de Andrés sonó animada.
—Verónica, estaba a punto de llamarte otra vez. Pensé que tal vez estabas durmiendo.
—No estaba durmiendo.
—Bien, quería saber si todo está listo para mañana.
Verónica se apoyó ligeramente contra el escritorio.
—¿Te preocupa que algo falle?
Andrés rió suavemente.
—No exactamente, pero sabes cómo son estas cosas. Hay muchos detalles que revisar.
—Siempre te han preocupado los detalles cuando otros tienen que encargarse de ellos.
Hubo un breve silencio al otro lado de la línea.
—No entendí ese comentario.
—No importa —respondió ella con tranquilidad—. Todo está bajo control.
Andrés pareció relajarse.
—Sabía que podía confiar en ti. Siempre sabes organizar todo mejor que nadie.
Las palabras eran familiares.
En el pasado había escuchado frases como esa muchas veces; Andrés sabía reconocer su capacidad cuando eso lo beneficiaba.
—Andrés —dijo ella con voz serena.
—¿Sí?
—¿Estás seguro de que quieres casarte mañana?
La pregunta provocó un silencio más largo.
—Claro que sí. ¿Por qué preguntas eso?
—Solo quería escucharlo de tu boca.
—Verónica, hemos planeado esto durante meses.
—Lo sé.
—Entonces no entiendo por qué haces esa pregunta.
Verónica caminó lentamente hacia la ventana mientras sostenía el teléfono.
—Porque las decisiones importantes deberían tomarse con claridad.
—¿Estás nerviosa?
—No.
—Es normal sentirse así antes de una boda.
—No estoy nerviosa —repitió con calma.
Andrés dejó escapar un suspiro.
—Verónica, todo va a salir bien. Tenemos un buen futuro por delante.
Ella escuchó esas palabras sin cambiar su expresión.
—Eso crees.
—No es solo lo que creo. Es lo que hemos construido juntos.
Verónica apoyó una mano en el marco de la ventana.
—Hemos construido algo, sí.
—Entonces deja de preocuparte y descansa. Mañana será un día largo.
—Tienes razón —respondió ella.
Andrés pareció satisfecho.
—Te llamaré por la mañana antes de ir al lugar de la ceremonia.
—Hazlo.
La llamada terminó.
Verónica dejó el teléfono sobre el escritorio.
Durante unos segundos permaneció en silencio.
Hablar con Andrés después de recordar todo lo que ocurriría en el futuro había sido extraño; su voz sonaba igual, sus palabras eran las mismas que había escuchado años atrás, pero ahora podía ver cada intención con claridad.
Ya no había ilusión. Caminó nuevamente hacia el espejo.
—Mañana ibas a empezar tu peor error —dijo mientras observaba su reflejo.
Se quedó en silencio unos segundos más.
Luego su expresión cambió ligeramente, como si una idea estuviera tomando forma con rapidez.
—Pero eso no va a pasar.
Se sentó otra vez frente al escritorio y tomó una libreta.
Comenzó a escribir.
Recordaba muchos eventos que aún no habían ocurrido; inversiones que se volverían enormes, empresas que surgirían en los próximos años, alianzas que ella había descubierto demasiado tarde.
También recordaba los errores que había cometido.
Personas que había alejado de su vida por seguir ciegamente las decisiones de Andrés.
Oportunidades que había dejado pasar porque estaba concentrada en construir la empresa que finalmente él intentó arrebatarle.
La lista comenzó a crecer mientras escribía con rapidez. Cuando terminó la primera página se detuvo.
Miró todo lo que había anotado.
El plan comenzaba a formarse en su mente.
—No vas a perder nada esta vez —dijo con voz baja—. Ni tu trabajo, ni tu vida, ni tu futuro.
Cerró la libreta con decisión.
Mañana no habría boda.
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