Celeste Marín fue abandonada frente a toda la manada el día de su ceremonia. Sin Alpha, sin voz y con su madre agonizando en una clínica privada, quedó marcada como la esposa muda que nadie quería proteger.
Dos años después, Damián Valcárcel regresa a Silver Crown decidido a cerrar un matrimonio político que nunca deseó. Pero en cuanto se acerca a Celeste, su lobo reconoce un aroma imposible: jazmín nocturno, lluvia fría y una promesa de luna que ningún contrato puede romper.
Celeste no quiere un dueño. Quiere recuperar la voz que le arrebataron, destruir a la familia que la usó y descubrir por qué su madre desapareció al despertar. Damián no quiere otra Luna. Quiere a la mujer que su lobo ya eligió, aunque los Ancianos, una falsa salvadora y una manada entera intenten separarlos.
Cuando la verdad del incendio salga a la luz, Celeste tendrá que decidir si acepta el vínculo que la consume o si rechaza al Alpha que una vez la dejó sola ante todos.
NovelToon tiene autorización de JaQelinee Valenzuela para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 22
Capítulo 22: El profesor Alpha
Celeste debió sospechar cuando todos llegaron peinados.
Los aprendices de Moonveil no se peinaban para la clase de leyes. Tampoco para estrategia. Mucho menos para Teoría del combate, clase donde la mitad terminaba oliendo a sudor y frustración sin haber tocado el campo.
Renata llevaba brillo en los labios.
Eso fue la alarma final.
La puerta del aula se abrió.
Damián Valcárcel entró.
No con traje.
Con ropa negra de entrenamiento, mangas remangadas y el escudo de Silver Crown sobre el pecho. El efecto fue inmediato. Tres estudiantes bajaron la mirada. Dos chicas dejaron de respirar. Un lobo joven soltó un sonido que intentó disfrazar de tos.
Celeste cerró los ojos.
Por supuesto.
El profesor invitado.
Damián dejó una carpeta sobre el escritorio.
—Buenos días.
—Buenos días, Alpha —respondió el aula.
Celeste no.
Ella escribió en su libreta:
Esto es innecesario.
Damián la miró como si hubiera leído la frase desde el otro lado del salón.
Tal vez su cara bastó.
—Hoy hablaremos de control —dijo—. No de fuerza.
El aula se enderezó.
—Un lobo fuerte que no puede detenerse es una amenaza para su propia manada. Un Alpha que confunde protección con posesión también.
Algunos estudiantes se miraron.
Celeste dejó de escribir.
Damián no la miró esta vez.
—El primer ejercicio será simple. Identificar presión de aura sin someterse por completo.
Renata levantó la mano.
—¿Contra usted, Alpha?
—No. Contra sus compañeros. Mi aura rompería el ejercicio.
No lo dijo con orgullo. Lo dijo como hecho.
Eso lo hizo peor.
Formaron parejas. Renata se movió hacia Celeste antes de que alguien pudiera impedirlo.
—Qué suerte —dijo—. Practicaré suave.
Celeste escribió:
No te canses fingiendo.
Renata sonrió.
El ejercicio empezó.
La presión de Renata llegó como una mano entre los omóplatos. No era Alpha aura, pero tenía rango suficiente para incomodar a una loba bloqueada. El cuerpo de Celeste quiso bajar los ojos.
No lo hizo.
Su loba susurró:
*Arriba.*
Celeste sostuvo la mirada.
Renata aumentó la presión.
Dolor en la garganta. Rodillas tensas. Un sabor verde de memoria, acónito fantasma.
Damián estaba al otro lado del aula, corrigiendo a un aprendiz.
Aun así, su aroma cambió.
Tormenta.
Había notado.
Celeste no quería rescate.
Levantó la tableta pequeña que llevaba para ejercicios y escribió sin apartar los ojos de Renata:
Tu aura empuja desde inseguridad, no desde rango.
Renata perdió concentración.
La presión se rompió.
Celeste dio un paso adelante.
No mucho.
Suficiente para que Renata retrocediera.
El aula lo vio.
Damián también.
Sus ojos brillaron, apenas.
—Buen análisis —dijo.
Renata apretó los dientes.
—Tuvo suerte.
—La suerte no identifica la fuente de un aura —respondió Damián.
El resto de la clase fue peor para Renata.
Mejor para Celeste.
Aprendió a separar presión de intención. A distinguir miedo de dominio. A reconocer cuando un lobo quería que obedecieras y cuando solo quería que te achicaras.
Al final, Damián pidió ensayos tácticos para la semana siguiente: diseñar una respuesta de manada ante infiltración rogue sin exponer a humanos.
Celeste ya tenía tres ideas antes de salir del aula.
Damián la esperó en el pasillo.
—No vine por ti.
Celeste levantó una ceja.
Él exhaló.
—No solo por ti.
Ella escribió:
Eso fue peor.
Algo parecido a humor cruzó su rostro.
—Necesitaban la clase.
Celeste escribió:
Y tú necesitabas ver si me quebraba.
Damián no lo negó.
—Necesitaba ver si debía preocuparme.
Ella sostuvo la pantalla más alto.
No debes.
—Lo sé.
Mentira.
El vínculo tiró suave, desmintiéndolo.
Celeste guardó la tableta.
Damián bajó la voz.
—Cuando Renata presionó demasiado, casi uso su comando.
Ella lo miró, seria.
—No lo hice —añadió.
Celeste escribió:
Bien.
Esa sola palabra pareció importarle más de lo razonable.
Renata pasó junto a ellos con dos amigas, oliendo a rabia humillada.
—Cuidado, Celeste —susurró—. Una cosa es resistir en clase. Otra es sobrevivir al bosque.
Damián dio un paso.
Celeste le tocó la manga.
Fue apenas un roce.
Ambos se quedaron quietos.
Electricidad bajo la piel.
Demasiado fuerte para un contacto tan pequeño.
Celeste retiró la mano.
Escribió:
Déjala.
Damián miró a Renata alejarse.
—Por ahora.
El “por ahora” olió a promesa.
Y Celeste, contra todo sentido común, no quiso corregirlo.
Después de la clase, Damián no la siguió de inmediato.
Eso llamó más la atención que si lo hubiera hecho. Los aprendices esperaban al Alpha posesivo, al esposo que revisaba si su mujer había respirado bien. En cambio, él se quedó respondiendo preguntas técnicas sobre aura, límites y cómo resistir una orden que rozaba a abuso.
Celeste lo escuchó desde la sombra de una columna.
—La resistencia no empieza cuando el comando cae —dijo Damián—. Empieza antes, con saber quién eres cuando nadie te está ordenando nada.
Renata cruzó los brazos.
—Suena bonito para alguien que nació Alpha.
El campo se tensó.
Damián no la aplastó con aura.
—Por eso no basta con que yo lo diga. Celeste lo detectó mejor que ustedes porque pasó años aprendiendo qué se siente cuando alguien intenta meterse bajo tu piel.
La mención pública la hizo arder de incomodidad.
Pero no fue apropiación.
Fue crédito.
Leo miró a Celeste con respeto nuevo.
Renata no pidió disculpas.
Todavía no.
Pero su scent perdió un poco de seguridad.
Al final, Damián se acercó solo cuando el campo quedó casi vacío.
—¿Me odiaste como instructor?
Celeste escribió: Sí.
Él leyó y asintió con solemnidad exagerada.
—Acepto la evaluación.
Ella añadió: Pero aprendí.
La sonrisa de Damián fue mínima, más aroma que gesto.
—Entonces valió el riesgo.
Celeste lo miró. El vínculo entre ellos seguía siendo algo que ninguno entendía por completo. En el campo, con todos mirando, había sido distracción y herramienta, peligro y brújula. Eso la asustaba menos que antes.
Escribió: No uses ventaja conmigo sin avisar.
—No volveré a hacerlo.
La promesa llegó sin defensa.
Celeste guardó la tablet.
Su loba murmuró:
*Aprende también.*
Sí.
Ambos.
Esa fue la parte peligrosa.
Aprender juntos se parecía demasiado a confiar.
Y confiar, para Celeste, todavía tenía dientes.
Pero por primera vez no todos apuntaban hacia ella.
🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰
que víva los novios
vamos tu puedes
siempre
luchando
Que lindo
🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰
👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏