Aylany, al cumplir quince años, comienza a descubrir su propio camino, enfrentando nuevos sueños, emociones y decisiones que marcarán el inicio de su propia historia.
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Capítulo 22: La rutina de la máscara
Desde aquella mañana en que le entregó la rosa azul y se sentó a su lado, la dinámica en el aula se estableció con una calma extraña, casi irreal.
Para todos los que los observaban, parecía que por fin las aguas habían vuelto a su cauce: ya no había miradas desafiantes, ni comentarios hirientes, ni empujones a escondidas.
Ahora solo se veía a dos compañeros que se llevaban bien, que compartían materiales y que se ayudaban cuando alguno se quedaba con dudas.
Pero para Tomás, nada de eso era verdadero; cada gesto, cada sonrisa y cada palabra amable seguían siendo parte del guion que se había trazado para cumplir con lo que había pactado con sus amigos.
No sentía ni un ápice de cariño, ni atracción, ni siquiera remordimiento: solo veía en esa cercanía la forma más segura de llegar a su objetivo final.
Cada mañana, al llegar al colegio, repetía el mismo ritual: se acercaba a su mesa, le decía alguna frase corta y amable, le pasaba el cuaderno o el lápiz si ella lo necesitaba, y se quedaba a su lado durante toda la jornada.
Cuando sonaba la campana del recreo, se levantaba primero y le preguntaba si quería ir a buscar agua o si necesitaba que le guardara un sitio en la mesa del comedor.
Todo lo hacía con una naturalidad ensayada, sin que en su rostro se reflejara más que una tranquilidad fingida.
En cuanto se alejaba de ella y se reunía con sus compañeros, esa expresión cambiaba por completo: recuperaba su mirada fría, su tono de voz áspero y hablaba de todo lo que hacía como si fuera un trabajo aburrido pero necesario.
—¿Y qué tal va la misión?
—le preguntó uno de sus amigos, una tarde mientras se apoyaban en la barandilla del patio, lejos de cualquier oído que pudiera escucharlos—.
¿Ya se le nota que está colgada de ti?
—Va despacio, pero seguro —respondió Tomás encendiendo una sonrisa burlona—.
No hay que apresurarse.
Si voy demasiado rápido, empezará a sospechar y todo se irá al traste.
Prefiero ir paso a paso, que se acostumbre a tenerme cerca, que deje de desconfiar por completo.
Cuando ya no tenga ninguna duda, entonces será el momento de dar el golpe.
—Ten cuidado de no terminar creyéndose tú mismo el cuento —le advirtió otro, con tono de broma pero con un matiz serio—.
Dicen que jugar a ser amable puede terminar confundiéndote a ti también.
—Eso nunca pasará —respondió él con firmeza, sin dudar ni un segundo—.
Sé muy bien quién soy y qué quiero.
Ella sigue siendo la misma de siempre: la que tiene todo sin esfuerzo, la que ocupa un lugar que no le corresponde.
Esto no es más que una forma de enseñarle una lección que no olvidará jamás.
Mientras tanto, Aylany vivía esos días con una mezcla constante de confusión y alivio.
Después de tantas semanas de vivir en tensión, de mirar por encima del hombro y de esperar una nueva trampa en cada esquina, tener esa calma le resultaba casi un regalo.
Cada vez que Tomás le hablaba en voz baja para explicarle un ejercicio que no había entendido, o le pasaba una hoja de papel sin que se lo pidiera, sentía que esa sensación nueva y extraña volvía a aparecer en su pecho: un calor suave que le subía a las mejillas, un latido más rápido del corazón y una curiosidad que no podía apagar.
A veces, se sorprendía a sí misma mirándolo de reojo mientras él escribía, observando cómo se concentraba, cómo fruncía un poco el ceño cuando le costaba algo o cómo se apartaba un mechón de cabello que le caía sobre la frente.
Y en cuanto se daba cuenta de lo que hacía, desviaba la mirada rápidamente, sintiéndose tonta y sin saber por qué le pasaba eso.
—No entiendo lo que te pasa últimamente —le decía Valeria una tarde, mientras caminaban hacia la salida del colegio—.
Antes te ponías rígida en cuanto lo veías, y ahora te quedas ahí, escuchándolo como si fuera lo más normal del mundo.
¿De verdad crees que cambió de la noche a la mañana?
—No digo que confíe al cien por cien todavía —respondía Aylany, mirando al suelo mientras caminaban—.
Pero tampoco puedo negar que hace mucho que no me hace nada malo.
Si sigue así.
¿No tendré que darle la oportunidad de demostrarlo?
Tal vez solo necesitaba tiempo para ver que no soy su enemiga.
—O tal vez te está atrapando con su actuación —añadió Camila con preocupación—.
Recuerda todo lo que te hizo: las bromas pesadas, las mentiras, estropear tus trabajos, esconder tus cosas… Eso no se borra en dos semanas.
Aylany asintió en silencio, sabiendo que sus amigas tenían razón, pero sintiendo al mismo tiempo que su propio corazón empezaba a tener una opinión distinta.
Cada pequeño gesto, cada palabra tranquila, cada mirada que ya no tenía odio, iban construyendo un puente que ella no quería ver, pero que no podía evitar cruzar poco a poco.
Una tarde, cuando ya casi todos se habían ido del aula, Tomás se quedó un momento más para ayudarla a organizar sus apuntes.
Mientras ordenaban las hojas, sus manos se rozaron por accidente, y ambos se detuvieron en seco.
Aylany sintió una corriente eléctrica leve que le recorrió el brazo entero y se apartó un poco, sonrojado de inmediato.
Tomás, por su parte, también se quedó quieto un instante, pero rápidamente recuperó el control y fingió que no había pasado nada, aunque por dentro notó una sensación extraña que no lograba identificar, pero que apartó de inmediato diciéndose a sí mismo que era solo una reacción sin importancia.
—Perdón —dijo él con voz neutra—. No quise tocarte sin querer.
—No pasa nada —respondió ella, con la voz más suave de lo habitual, sin atreverse a mirarlo a los ojos.
En cuanto salieron del colegio, Tomás se reunió otra vez con sus amigos, y antes de separarse para ir cada uno a su casa, uno de ellos le soltó una frase que marcaría lo que vendría después:
—Oye, si sigues así y logras que se enamore de verdad, ¿te animas a una apuesta más arriesgada? Una que te haga ganar mucho más que unas monedas o una simple broma.
Tomás lo miró con curiosidad, sin imaginar que esa nueva propuesta pondría a prueba su plan y lo acercaría cada vez más a un límite que no sabía si quería cruzar.
—Ya veremos —respondió él—. Primero hay que terminar lo que empezamos. Todo a su tiempo.
Y así, con la calma aparente de los días que pasaban, la actuación de Tomás y la confusión creciente de Aylany, la historia avanzaba paso a paso, pausada pero firme, hacia el momento en que las verdades saldrían a la luz y las apuestas cambiarían el rumbo de todo.