La Cocina de César es una apasionante novela Omegaverse donde un arrogante chef alfa acostumbrado a controlar todo se enfrenta por primera vez a un talentoso omega que, marcado por un pasado de abusos y sacrificios, se niega a caer bajo su encanto mientras trabajan juntos frente a millones de espectadores. ¿Podrá alguien como César un alfa nacido en cuna de oro conquistar a alguien como Hamlet quien no piensa unir su vida a ningún alfa?
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Seré el padrino
—En recepción dicen que ayer vieron salir a Hamlet con César y regresaron con la compra. Luego salieron y se fueron juntos en el carro del jefecito.
Hamlet levantó la vista lentamente.
—No “salimos”. Me llevó a ver a mi madre y luego me llamó que pasaba por ahí si iba a regresar me llevaba a casa porque ya era tarde.
Lourdes abrió mucho los ojos.
—¿Te llevó al hospital y luego a tu casa?
Saulo dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco.
—¿Cómo que te llevó al hospital?
—Mi madre necesitaba unas cosas y él se ofreció a acercarme. Luego me llamó de vuelta horas después.
Hubo un silencio de dos segundos.
Luego Lourdes se tapó la boca con ambas manos.
—Ay, Dios mío. ¿Quiere conquistarte?
—No empieces —murmuró Hamlet.
Saulo se echó hacia atrás, cruzándose de brazos.
—No, no, no. Esto sí que no me lo esperaba.
—¿Qué cosa?
—Que César Tascone Visconti, el mismo hombre que una vez dejó plantada a una actriz en la puerta de su propia fiesta porque “le daba pereza bajar del auto”, te llevara al hospital por voluntad propia.
Hamlet se quedó quieto.
—¿En serio hizo eso?
—Peor. Lo dijo frente a ella.
—Encantador.
—No, horrible —dijo Lourdes—. Pero contigo se está portando raro.
—No se está portando raro. Solo fue amable.
Saulo lo miró con una sonrisa torcida.
—Hamlet, cariño... César no hace cosas amables si no le importan.
Hamlet volvió a bajar la mirada a la lista.
—Pues quizá solo le dio pena que tomara el metro.
Lourdes y Saulo intercambiaron una mirada larguísima.
—Sí —dijo Saulo—. Seguro fue eso.
A las nueve y cuarenta y ocho llegó César.
Y en cuanto cruzó la puerta del estudio, supo que algo andaba mal.
No por el set.
No por la cocina.
Por el ambiente.
Había demasiadas miradas.
Demasiadas sonrisas contenidas.
Demasiada gente callándose cuando él pasaba.
Lourdes fue la primera en saludarlo.
—Buenos días, chef.
—Buenos días.
—Qué generoso estuvo ayer.
César se detuvo.
—¿Perdón?
—Nada. Cosas mías.
—Lourdes.
—Solo digo que no sabía que también hacía servicio de transporte ejecutivo.
César la miró fijamente.
Lourdes sonrió como un demonio.
—Buenos días —repitió, y se fue antes de que él pudiera responder.
César apretó la mandíbula.
Saulo apareció dos segundos después, con una taza de café y una expresión tan divertida que daban ganas de lanzarlo por una ventana.
—Ciao, amore.
—No me digas así.
—¿Por qué? Ayer estabas muy solidario, atento, chofer privado.
César cerró los ojos un instante.
—¿Tú también?
—¿Yo también qué?
—Deja de sonreír así.
—No puedo. Me estás regalando una de las mañanas más entretenidas de mi semana.
César se inclinó un poco hacia él.
—No pasó nada. No exageres.
—Nadie dijo que hubiera pasado algo.
—Pero lo estás pensando.
—Estoy pensando muchas cosas. Por ejemplo: que te ves como un hombre que no durmió bien.
César lo fulminó con la mirada.
Saulo alzó una ceja.
—Ah. Interesante.
—Cállate.
—No.
—Saulo.
—¿Sí?
—Voy a despedirte un día de estos.
—Y aun así me sigues llamando cuando se te quema una salsa. Así que no.
César resopló y siguió caminando hacia el set.
Entonces lo vio.
Hamlet estaba junto a una de las mesas, revisando una caja de hierbas frescas con Marco, uno de los camarógrafos del programa. Beta. Treinta años. Sonrisa fácil. Demasiado hablador.
Marco sostenía una ramita de salvia frente a la cara de Hamlet.
—Te juro que huele mejor que el perfume de mi ex.
Hamlet soltó una risa.
Una risa de verdad.
No la media sonrisa pequeña que le daba a César.
Una risa completa, suave, inesperada. Con toda la expresión y relajación de su rostro angelical.
Marco sonrió más.
—¿Viste? ¡Te hice reír! Ya puedo ponerlo en mi currículum. Podría invitarte un té helado más tarde.
César sintió un tirón seco en el estómago.
Feo.
Irracional.
Absolutamente infantil.
Pero ahí estaba.
—Marco —llamó, con una voz tan tranquila que asustaba.
El beta se giró enseguida.
—Chef. No lo escuché.
—Si ya terminaste de seducir a mi subchef con hierbas aromáticas y té barato, necesito la cámara dos revisada antes de las diez.
Marco parpadeó.
—Yo... sí, claro.
Hamlet levantó la vista despacio.
Lo miró.
Y por un segundo César se dio cuenta de lo que acababa de decir.
"Mi subchef."
Marco se alejó con la velocidad de un hombre que amaba demasiado su empleo como para discutir.
Hamlet se quedó en silencio.
César fingió revisar la caja de salvia.
—La trajeron tarde.
—Sí —dijo Hamlet—. Pero ya la revisé.
—Bien.
Se plantó un silencio.
—Chef.
—¿Sí?
—No sabía que la salvia podía seducir.
César giró el rostro.
Hamlet tenía la boca apenas curvada.
Se estaba burlando de él.
—No seas insolente.
—No lo soy.
—Te estás riendo.
—Un poco.
César bajó la voz.
—Ese camarógrafo coquetea demasiado con todos los nuevos.
Hamlet lo miró con una mezcla de sorpresa y diversión contenida.
—¿Y eso le molesta?
—No.
—Ah.
—Solo digo que habla mucho. No creas nada de lo que diga.
—Sí. Pero es simpático.
César lo observó un segundo más de lo debido.
—¿Te gustan los hombres simpáticos?
Hamlet se encogió de hombros.
—Me gustan los hombres que no complican mi vida.
La respuesta le dio justo donde dolía.
Porque si había algo que César sabía hacer, era complicar.
—Entonces yo no tengo ninguna oportunidad —murmuró antes de poder detenerse.
Hamlet parpadeó.
Los dos se quedaron inmóviles.
El ruido del estudio siguió alrededor, pero entre ellos cayó un silencio raro.
Pesado.
Demasiado personal.
César carraspeó, como si pudiera borrar lo que acababa de decir.
—Quise decir... con la paciencia. Para gustarte como jefe.
Hamlet siguió mirándolo.
No parecía convencido.
Pero tampoco parecía ofendido.
Solo... atento.
Como si estuviera tratando de entenderlo.
—No me desagrada como jefe —dijo al final.
—¿No?
—No siempre.
César dejó escapar una risa.
—Eso es lo más bonito que me han dicho hoy.
—No era difícil superar a Lourdes. Me amenazó con contarme chismes mientras desayuno.
—Lourdes amenaza a todo el mundo con eso.
—Es un peligro.
—Sí. Pero es útil.
Hamlet bajó la vista a la salvia y empezó a separar las hojas.
—Marco no me estaba coqueteando.
—Claro que sí. Eres muy inocente.
—No lo soy.
—Capone, soy italiano y alfa. Detecto esas cosas a kilómetros.
—Eso no tiene sentido. No puede oler feromonas.
—Para mí sí tiene sentido. Feromonas o no cualquiera puede coquetear contigo.
Hamlet negó con la cabeza, divertido.
—Tal vez solo estaba siendo amable.
—¿Y si yo estuviera siendo amable?
Hamlet levantó la vista otra vez.
—Usted no sabe ser amable sin una agenda detrás.
El comentario no sonó cruel.
Sonó honesto.
Y por eso mismo hizo que César se quedara quieto.
Porque, en otra boca, lo habría tomado como un ataque.
En la de Hamlet sonó a observación.
A experiencia.
A una conclusión nacida de algo más profundo que la simple antipatía.
—Quizá contigo sí —dijo César, más bajo.
Hamlet no respondió.
No apartó la mirada enseguida, tampoco.
Y César sintió ese tirón otra vez.
Ese que ya empezaba a reconocer.
El que le apretaba el pecho cada vez que el omega lo miraba demasiado tiempo.
—¡Diez minutos para salir al aire! —gritó alguien desde producción.
El hechizo se rompió.
"Maldita sea, debería programar llegar más temprano y poner el programa más tarde"— piensa el alfa.
Hamlet tomó la bandeja con la pasta fresca.
—Será mejor que vaya a maquillaje.
—Sí.
—Y descanse más esta noche, chef. Tiene cara de haber peleado con el diablo.
César sonrió sin poder evitarlo.
—No con el diablo.
—¿No?
—Con un rubio insoportable que no me deja dormir.
Hamlet se quedó inmóvil un segundo.
Apenas uno.
Luego giró sobre sus talones y siguió caminando con la bandeja en las manos.
Pero César alcanzó a ver el leve color subiéndole por el cuello.
Y sonrió como un imbécil.
El programa salió impecable.
Ravioli perfectos.
Buena dinámica.
Bromas medidas.
Una audiencia encantada con la forma en que Hamlet corregía a César sin miedo cuando él exageraba alguna historia sobre ingredientes imposibles de conseguir “en cualquier mercado decente de Italia”.
Pero el verdadero problema llegó al final.
Cuando terminaron de grabar y el público comenzó a salir, Lourdes se acercó a Saulo sin saber que César estaba a dos metros.
—Te juro que se miran raro.
—No raro —dijo Saulo, cruzándose de brazos—. Se miran como si fueran a arruinarme la programación en cualquier momento.
—Hacen una pareja preciosa.
—Lo sé.
—Y César está peor.
—También lo sé.
—¿Tú crees que Hamlet se dé cuenta?
Saulo soltó una risa corta.
—Hamlet se da cuenta de todo. Lo que no sé es si piensa hacer algo al respecto.
César carraspeó.
Los dos se giraron.
Lourdes levantó las manos.
—Yo no dije nada.
—No, claro —murmuró César.
Saulo sonrió, descarado.
—¿Te vas con tu subchef hoy también?
—No es mi subchef.
—Ajá.
—Es el subchef del programa.
—Ajá.
—Saulo tranquiliza esa lengua.
—César no me provoques y no me dejes sin mi sub chef.
—Te voy a mandar a editar anuncios de pasta en Sicilia.
—Y aun así te seguiré llamando cuando te enamores.
César lo miró tan serio que Lourdes tuvo que girarse para ocultar la risa.
—No estoy enamorado.
Saulo alzó una ceja.
—Todavía no. Pero vas por muy buen camino. Seré padrino de tus carajitos.
César no respondió.
No estaba tan seguro de poder negarlo.