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La Chica De La Cuidad Y El Chico De Campo

La Chica De La Cuidad Y El Chico De Campo

Status: Terminada
Genre:Apoyo mutuo / Aventura Urbana / Amor a primera vista / Completas
Popularitas:7.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Yulexi De Fernández

Una chica de ciudad, acostumbrada a la comodidad, la tecnología y el ritmo acelerado de la vida urbana, conoce por chat a un chico de campo. Con el paso del tiempo, las conversaciones se convierten en una hermosa historia de amor. Decidido a conocerla, él viaja para verla y ambos descubren que sus sentimientos son verdaderos. Cuando deciden construir un futuro juntos, ella debe adaptarse a una vida completamente diferente. Aprende las costumbres del campo, a cocinar en leña, a convivir con la naturaleza y a disfrutar de la tranquilidad que la rodea. Entre cambios, desafíos y nuevas experiencias, descubre una felicidad que jamás imaginó encontrar.

NovelToon tiene autorización de Yulexi De Fernández para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 17: La despedida

Narra Hernán

No sé en qué momento pasó el tiempo tan rápido.

Parecía que apenas acabábamos de encontrarnos en el parque y ya estaba oscureciendo. El sol se estaba escondiendo poco a poco detrás de los edificios de Armenia y las luces de la ciudad comenzaban a encenderse.

La verdad, si hubiera podido detener el tiempo, lo habría hecho.

Después de tres años hablando todos los días, después de tres años imaginando cómo sería verla en persona, ahora que por fin estaba conmigo no quería que terminara el día.

Lilibeth y yo seguíamos sentados en una banca del parque hablando de cualquier cosa.

A veces nos reíamos.

A veces simplemente nos mirábamos.

Y a veces nos quedábamos en silencio porque no hacía falta decir nada.

Con ella me sentía tranquilo.

Feliz.

Como si todo estuviera bien.

Pero inevitablemente llegó la hora de irme.

Miré el reloj.

Ella también lo miró.

Y los dos entendimos lo mismo.

Ya era tarde.

—Bueno... —dije despacio.

—Sí... —respondió ella.

Por primera vez en todo el día sentí algo horrible en el pecho.

Era una sensación de tristeza.

Porque no quería despedirme.

Había esperado demasiado tiempo para verla.

Y ahora tenía que volver a la finca.

Nos levantamos de la banca y caminamos lentamente por el parque.

Mi Suzuki azul estaba estacionada cerca de donde nos habíamos encontrado aquella mañana.

Yo sentía que cada paso nos acercaba más a la despedida.

Y eso me dolía.

Llegamos hasta donde estaba la moto.

Las luces de los postes iluminaban suavemente el lugar.

Había poca gente alrededor.

El parque estaba mucho más tranquilo que durante la tarde.

Nos quedamos frente a frente.

Ninguno decía nada.

Yo solamente la observaba.

Ella también me observaba.

Y la verdad era que se veía todavía más bonita que cuando llegué.

Porque ahora ya no era solamente la muchacha que conocía por videollamada.

Era mi novia.

La persona que me había acompañado durante tres años.

La persona que estuvo conmigo en días buenos y malos.

La persona en la que pensaba al despertar y antes de dormir.

Respiré profundo.

Tomé sus manos suavemente.

Y le sonreí.

—Te amo, mi reina hermosa.

Sus mejillas se pusieron un poquito rojas.

Y sonrió.

—Yo también te amo.

Escuchar eso me hizo sentir una felicidad enorme.

Una felicidad difícil de explicar.

Porque durante mucho tiempo soñé con ese momento.

Con escuchar esas palabras estando frente a ella.

No por teléfono.

No por mensajes.

Sino mirándola a los ojos.

Nos quedamos unos segundos observándonos.

Después nos abrazamos.

Un abrazo largo.

De esos abrazos que parecen durar muy poco aunque pasen muchos segundos.

Yo no quería soltarla.

Y creo que ella tampoco quería soltarme a mí.

Cuando finalmente nos separamos, seguimos tomados de las manos.

—Ya me va a extrañar —dijo ella bromeando.

Yo me reí.

—Ya la estoy extrañando.

—Mentiroso.

—Se lo juro.

—¿Tan rápido?

—Sí.

Ella comenzó a reírse.

Y yo también.

La verdad era que verla sonreír era una de las cosas más bonitas del mundo.

Seguimos hablando unos minutos más.

Recordando cosas del día.

Las fotos.

Las caminatas.

Las conversaciones.

Y todo lo que habíamos vivido durante esas horas.

Hasta que finalmente entendimos que sí había llegado el momento de despedirse.

Volvimos a abrazarnos.

Y permanecimos así unos segundos.

Luego nos separamos lentamente.

—Cuídese mucho.

—Usted también.

—Me escribe cuando llegue.

—Claro que sí.

—Prometido.

—Prometido.

Ella sonrió.

Y yo sentí nuevamente ese vacío horrible en el pecho.

Porque sabía que en unos segundos iba a arrancar la moto y regresar a la finca.

Me puse el casco.

Encendí la Suzuki azul.

Pero antes de arrancar me quedé unos segundos más mirándola.

Ella levantó la mano.

Yo hice lo mismo.

Y después emprendí el camino de regreso.

Durante todo el viaje fui pensando en ella.

En su sonrisa.

En su voz.

En nuestras conversaciones.

En las fotos que nos habíamos tomado.

Y cada recuerdo me hacía sonreír.

Cuando finalmente llegué a la finca ya era completamente de noche.

Las luces de la casa seguían encendidas.

Apagué la moto.

La estacioné en el patio.

Y caminé hacia la entrada.

Apenas crucé la puerta apareció Felipe.

Mi hermano me miró durante unos segundos.

Y luego soltó una sonrisa.

—¿Y ese ánimo qué?

—¿Cuál?

—Parece que hubiera perdido la final del mundial.

Yo me reí.

—No exageré.

—Hermano, tiene una cara de tristeza impresionante.

Me senté en una silla.

Felipe seguía observándome.

Y entonces preguntó:

—¿Y por qué no se la trajo?

Yo negué con la cabeza mientras me reía.

—Aún no.

—¿Aún no?

—No.

—Yo pensé que llegaba con novia y maletas.

—Está loco.

—Un poquito.

Los dos nos reímos.

En ese momento apareció mi mamá desde la cocina.

—¿Cómo le fue?

Automáticamente sonreí.

—Muy bien.

—¿Sí?

—Sí, señora.

—Me alegra.

Felipe volvió a sentarse frente a mí.

—¿Entonces valió la pena esperar tres años?

Yo ni siquiera tuve que pensarlo.

—Cada segundo.

Mi hermano sonrió.

—Eso quería escuchar.

Esa noche subí a mi habitación.

Me acosté en la cama.

Y antes de dormir abrí la galería del celular.

Ahí estaban nuestras primeras fotos juntos.

Las observé durante varios minutos.

Y una sonrisa apareció sola.

Porque aunque la despedida había sido difícil, también sabía algo muy importante.

Ya no tenía que imaginar cómo era verla.

Ya no tenía que preguntarme cómo sería estar a su lado.

Ahora tenía recuerdos reales.

Y mientras observaba aquellas fotografías, entendí que aquel había sido uno de los mejores días de toda mi vida.

1
Kayra Villavicencio
Y el papá
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