Noah tenía todo: 24 años, Milán, su regreso a la pasarela. Hasta que su hermana Lila murió mientras él se probaba un abrigo. Dejó todo botado, recayó y lo echaron de Europa.
Sin nada, vuelve al sur, a la casa chueca de su abuela cerca de Traiguén. Al lado vive Tomás, 32, agricultor, callado, conservador. Lo odia a primera vista.
Tres meses es el trato. Tomás le enseña a trabajar la tierra. Noah le enseña a no tenerle miedo a sentir.
Entre gallinas metidas, un tractor chocado, un invernadero saboteado y un desfile en un granero, se enamoran lento. Con barro en las manos y miedo de volver a caer.
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Capítulo 3: Tierra para pisar descalzo
La casa de mi abuela Rosa no había cambiado, pero yo sí.
La última vez que vine tenía catorce y me daba vergüenza todo. Me daba vergüenza el baño de pozo, me daba vergüenza que mi abuela me gritara "¡a lavarse las patas!" delante de mis primos, me daba vergüenza el olor a leña. Ahora tenía veinticuatro y me daba vergüenza otra cosa: no saber hacer nada.
Dejé la Rimowa en el corredor. El corredor crujió como si se quejara. La puerta estaba con llave, pero la llave estaba donde siempre: debajo del macetero de mentas que ya no tenía mentas, solo tierra seca. Adentro olía a cerrado, a polvo y a esa mezcla de té y parafina que tienen las casas de abuela.
Todo seguía igual. La mesa de madera coja, el calendario del 2021, la foto de mi abuelo con sombrero, la tele con una manta encima. Mi pieza seguía teniendo las mismas sábanas de ositos que me daban vergüenza a los catorce y ahora me dieron ganas de llorar.
Quise prender la luz. No había luz.
Fui al interruptor. Nada. Revisé el medidor afuera. Estaba abajo. Lo subí. Volvió la luz, parpadeando, amarilla, triste. Pero al menos había.
Hacía frío. Mucho frío. Un frío húmedo que se te mete en los huesos y no se va. En Santiago el frío es seco y te pones una chaqueta y listo. Acá el frío es mojado y te respira en la nuca.
Busqué la estufa a leña. Estaba ahí, negra, grande, con la puerta medio oxidada. Mi abuela me había enseñado una vez, pero yo no me acordaba. Eché unos palos, unos papeles del diario viejo que encontré, le prendí fuego con un encendedor que me quedaba a medias. El papel se quemó rápido, hizo mucho humo, y se apagó. El humo se quedó adentro. Tosí. Abrí la ventana. Entró más frío.
— Puta la weá — dije en voz alta, y me reí solo porque nadie me escuchaba.
Afuera, el vecino seguía trabajando. Tomás. Lo había visto el día anterior cuando llegué, pero no había vuelto a aparecer. Ahora estaba cargando fardos a un coloso. Sin polera otra vez. Eran las nueve de la mañana y había como seis grados. Yo estaba con dos poleras, una chaqueta y tiritando.
Me vio por la ventana. No me saludó. Siguió cargando.
Salí. Tenía que salir igual a comprar algo para comer porque no había traído nada. Mis zapatillas blancas ya estaban café. El barro me llegaba a los tobillos.
— Hola — dije cuando estuve a dos metros. Mi voz sonó muy de ciudad.
Él dejó el fardo en el suelo y me miró. De cerca era más grande. Tenía los ojos claros, la barba de tres días, las manos todas cortadas.
— ¿No pudiste prender la estufa, cierto? — dijo.
Me quedé callado. ¿Cómo sabía?
— Se veía el humo desde acá. Pusiste el diario mal.
No era una pregunta. Era una constatación.
— ¿Me puedes enseñar? — pregunté, tragándome el orgullo. Yo nunca pedía ayuda.
Tomás suspiró. Como si yo fuera otro fardo que tenía que cargar.
— Trae el diario. Y astillas chicas, no troncos. Primero lo chico.
Entró a mi casa sin pedir permiso. Yo lo seguí. Olía a humo todavía. Él abrió la estufa, sacó todo lo que yo había metido mal, lo ordenó. Puso unas tablitas finitas en forma de casita, encima papel arrugado suelto, no apretado. Prendió con un fósforo largo que sacó de su bolsillo.
El fuego prendió altiro. Limpio, sin humo. Empezó a crepitar.
— Ahora le pones un palo chico. Cuando agarre, uno más grande. No todo de una — dijo, sin mirarme.
— Gracias — dije.
— La leña está atrás, bajo el zinc. Está mojada. Tienes que entrarla y secarla al lado de la estufa.
Asentí.
— ¿Tienes para comer? — preguntó.
— No.
— A las once pasa la señora Marta con pan amasado. Si no sales, no pasa. Y la señal no llega acá. Si necesitas llamar, tienes que subir al cerrito de atrás.
Se fue. Así, sin más. Sin "de nada", sin sonrisa. Solo se fue y volvió a sus fardos.
Me quedé mirando el fuego. Era hipnótico. Por primera vez en semanas no pensé en nada. Solo en el fuego que iba creciendo.
A las once salió un grito desde el camino.
— ¡Paaaaan!
Salí corriendo. Era una señora de unos setenta, con una canasta tapada con un paño.
— ¿Tú eres el nieto de la Rosa? — me dijo, mirándome de arriba abajo.
— Sí.
— Te pareces a ella cuando era joven, pero más flaco y más triste — dijo, sin filtro. — Son quinientos cada uno. ¿Cuántos quieres?
— Cuatro — dije.
Me pasó cuatro panes calientes que olían a campo y a manteca. Le pagué con un billete de diez mil. No tenía sencillo.
— No tengo vuelto, pues, hijito. Te lo anoto — dijo, y se fue.
Me comí uno ahí mismo, parado en el barro, con las manos sucias. Estaba más rico que cualquier cosa que había comido en Milán.
Esa tarde intenté ordenar un poco. Barrí. El suelo era de madera y crujía. Encontré más cartas de mi abuela, boletas, una radio a pilas que funcionaba. La prendí. Sonaba una cumbia viejísima con interferencia.
Cuando oscureció, a las seis, ya no había nada que hacer. No había tele, no había internet, no había luz buena para leer. Solo el fuego y la radio. Y el silencio. Un silencio que no era silencio, porque se escuchaba el viento, los perros lejos, el zinc moviéndose.
Me dio ansiedad. Las manos me empezaron a sudar. El pecho se me apretó. Pensé en la mochila. Pensé en que no había traído nada, por suerte. Pensé en Lila.
Salí al corredor a respirar. Afuera estaba oscuro total, solo se veía la luz amarilla de la parcela de Tomás. Su casa se veía ordenada, con luz cálida.
Me dieron ganas de ir. No por nada raro. Solo por no estar solo.
No fui. Me quedé ahí, pisando descalzo la madera fría del corredor, como decía la carta de mi abuela. Tierra para pisar descalzo.
Y por primera vez en mucho tiempo, lloré sin culpa.