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Mi ex necesita un urólogo

Mi ex necesita un urólogo

Status: En proceso
Genre:Amor tras matrimonio / Doctor / Juego de roles / Triángulo amoroso / Amante arrepentido / Divorcio
Popularitas:864
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

Durante tres años, Valeria Rivas cuidó de su esposo mientras él permanecía en coma. Cuando Alejandro Montenegro despertó, ella creyó que por fin llegaría su oportunidad de ser amada. Pero el regreso de su primer amor convirtió esa esperanza en una humillación.
Para él, Valeria era una muchacha del campo que no estaba a su altura. Para sus amigos, la esposa que sobraba.
Hasta que ella le entregó los papeles del divorcio.
El motivo: «Mi esposo no cumple en la cama».
Alejandro fue a exigirle explicaciones. Esperaba encontrar a una mujer suplicando que no la dejara. En cambio, encontró a una Valeria que ya no pensaba bajar la cabeza… y que ocultaba mucho más de lo que él imaginaba.
Ella lo recibió con una sonrisa.
—Señor Montenegro, ¿viene a pedir cita con el urólogo?

NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 21

Capítulo 21. Ya no te quiero

El grito de Camila hizo que Alejandro pisara el freno. El Rolls-Royce se detuvo.

Ella respiraba con dificultad, aterrada.

—¿Por qué conduces tan rápido?

Alejandro seguía con el rostro sombrío. Miró al frente: el Lamborghini, al que ya casi alcanzaba, había aprovechado la parada para desaparecer a toda velocidad. Apretó los labios.

—¿Te pasa algo?

—No. —Camila negó con la cabeza antes de continuar—. No imaginaba que Valeria fuera a meterse con Sebastián. ¿Viste cómo bailaba? Creció en el campo, dejó de estudiar a los dieciséis y solo aprendió a seducir hombres. ¡No tiene el menor respeto por sí misma!

La mirada de Alejandro se enfrió. Recordó a Valeria moviéndose en la pista, seductora y suave. Camila no estaba inventando nada: ella había aprendido a provocar a los hombres. Hasta a Sebastián, tan exigente, lo había conquistado.

—Hoy te divorciaste, ¿verdad? —preguntó Camila.

—Todavía no.

Ella se quedó desconcertada.

—¿Por qué? ¿No iban a hacerlo hoy?

Había dado por hecho que ya no estaban casados.

—Mi abuela quiere mucho a Valeria. Por su salud, tendremos que dejar el divorcio en suspenso.

¿Había intervenido la anciana? Camila sabía que no la quería y que, en cambio, Valeria tenía en ella su mayor apoyo. Sintió una amenaza profunda. ¿Mientras aquella mujer viviera, Alejandro no podría divorciarse? ¿Nunca llegaría ella a ser la señora Montenegro?

—¿Por qué le haces tanto caso? —protestó—. ¿Y yo? Los años pasan, Alejandro. La juventud es lo más valioso que tiene una mujer. ¿Cuánto tiempo voy a tener que esperarte?

Él la miró.

—Si hubieras querido hace tres años, ya serías mi esposa. Valeria no tendría nada que ver en esto.

Camila se quedó sin respuesta. Había dado justo en su punto débil. Como era lista, cambió de actitud enseguida. Se apoyó en él e intentó rodearle el cuello.

—Perdóname. Solo tengo tantas ganas de casarme contigo… ¿Tú no quieres casarte conmigo?

Esa noche, la dulzura no pareció servirle. Alejandro le apartó las manos, sin entusiasmo.

—Te llevaré a casa.

Camila volvió a su asiento. Una sombra le cruzó los ojos. No le gustaba esperar; prefería actuar. Tenía que conseguir que se divorciaran cuanto antes.

Ni siquiera la abuela iba a detenerla.

Algo más de media hora después, el Rolls-Royce se detuvo sobre el césped de la residencia familiar. Alejandro entró en la sala. Valeria no estaba. Todavía no había vuelto.

¡Iba a llegar después que él! Por la distancia, Sebastián ya tendría que haberla dejado allí. A menos que se hubieran ido a divertirse juntos.

Sacó el teléfono y la llamó. Tras una serie de tonos, ella contestó.

—¿Por qué no has vuelto, Valeria? —exigió él con frialdad.

—¿Tienes problemas de memoria, señor Montenegro? Dije que no volvería a esa casa.

—¿Y qué le digo a mi abuela cuando no te vea? Vuelve ahora mismo. ¿Por qué te gusta tanto andar por fuera? ¿Quién te espera allá…?

Ella colgó.

Alejandro se quedó mirando el teléfono. ¡Maldita mujer! ¿Se atrevía a cortarle la llamada?

En ese momento se acercó Tomás, el mayordomo. Alejandro le dio una orden:

—Llámala. Dile que mi abuela se siente mal y que venga enseguida.

Tomás se sorprendió.

—Pero, señor, su abuela tomó la preparación de la señora y ya está dormida. Se encuentra muy bien.

—Miente. ¿No entiendes?

El mayordomo volvió a quedarse desconcertado.

—No está bien engañarla. Durante tres años cuidó de usted y de su abuela. Trabajó muchísimo. ¿Qué tiene de malo que salga una noche y se distraiga un poco?

—Tomás, ¿vas a llamarla o no?

Quizá fuera la severidad de su mirada. El hombre sacó el teléfono de inmediato.

—¡Sí, señor! La llamaré.

Alejandro se puso las manos en la cintura. Le palpitaba la frente. ¡Nadie lo obedecía ya en aquella casa! Todo era culpa de su abuela por consentir tanto a Valeria.

Media hora después, ella llegó a toda prisa. Abrió la puerta, angustiada.

—¡Abuela! ¿Qué le pasó?

Se detuvo enseguida. La sala estaba en silencio, sin una sola luz encendida, completamente a oscuras.

—¿Por qué no hay luz?

Buscó el interruptor en la pared. Antes de encontrarlo, una mano grande le atrapó la muñeca y tiró de ella. Valeria soltó una exclamación al chocar contra un pecho firme y cálido. Él la rodeó con un brazo y la empujó contra la pared.

Ya sabía quién era. ¿Quién más se atrevería a tratarla así en aquella casa? Apoyó las manos en su pecho para apartarlo.

—Alejandro, ¿qué haces?

Él dejó escapar una risa baja y fría.

—¿Alejandro? ¿Ahora sí me conoces? ¿No fingías que no?

Valeria se había acostumbrado a la oscuridad. La luna entraba por el ventanal junto a ellos y le permitió distinguir aquel rostro sombrío que la observaba con dureza.

—¿Estás enojado porque dije que no te conocía? Solo unos cuantos de tu círculo saben que estamos casados. ¿Querías que dijera que soy tu esposa para dejarte como el marido infiel y a Camila como la amante?

¡Aquella boca siempre tenía una respuesta! Alejandro le sujetó la barbilla.

—Qué buenas razones. ¿No será que ya encontraste al siguiente?

—¿Al siguiente? ¿De qué hablas?

—¡De Sebastián!

A Valeria le temblaron las pestañas. Así que había malinterpretado lo de Sebastián. No lo aclaró. Al contrario, sonrió.

—Quedamos en que cada uno iba por su lado. No dije una palabra cuando Camila bailaba pegada a ti. ¿Por qué te metes con lo que haga yo con él?

Lo apartó e intentó irse, pero Alejandro le sujetó los hombros con fuerza y volvió a empujarla contra la pared. El golpe le dolió en el hombro. La expresión de Valeria se enfrió poco a poco.

—Antes te trataba bien porque te quería. Eso no te daba derecho a humillarme como se te antojara. ¡Y ahora ya no te quiero, Alejandro!

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