Sebastián Volk es el hombre más temido de la alta sociedad. Tras una máscara de plata esconde un secreto monstruoso: es el último heredero de una estirpe de licántropos. Cuando la familia del Sol debe entregar una hija en matrimonio, Mía huye del compromiso y Luna ocupa su lugar. Despreciada por su madrastra, Luna ve en Sebastián la oportunidad perfecta para vengarse. Pero el lobo esperaba una esposa sumisa y encontró a una mujer que no teme desafiarlo. Entre deseo, traiciones y secretos sangrientos, ambos descubrirán que el matrimonio puede ser una prisión… o el comienzo de una guerra.
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Capítulo 19: El escudo de la indiferencia
Los días posteriores a la primera luna llena convirtieron la mansión Volk en un mausoleo helado.
Los equipos de reparación trabajaron a marchas forzadas para reemplazar las placas de titanio dobladas, restaurar los muros de carga del vestíbulo y pulir los surcos que las garras habían dejado sobre el mármol. Sin embargo, ningún obrero o guardia de seguridad pudo restaurar la atmósfera del lugar.
Sebastián se atrincheró en el ala oeste.
Cuando reapareció en la planta baja tres días después, lo hizo cubierto por un traje sastre de tres piezas en tono carbón, perfectamente ajustado y con la máscara de plata pulida hasta relucir como un espejo.
Su presencia ya no era solo autoritaria; era un muro de contención absoluto, una fortaleza levantada con prisa para proteger al hombre del depredador que había quedado expuesto.
Luna lo esperaba en la biblioteca privada, revisando las fluctuaciones bursátiles en su tableta.
Al escuchar los pasos pesados de Sebastián sobre la madera, levantó la vista. Lucía un vestido de cuello alto en tono crema que cubría la zona donde el aroma del alfa se había fijado en su piel.
—Veo que los médicos de la familia te dieron el alta —comentó Luna con tono sereno, dejando el dispositivo sobre la mesa de centro.
Sebastián no se acercó. Se detuvo a tres metros de distancia, con las manos entrelazadas a la espalda y la mirada fija en el ventanal que daba al jardín interior.
—El tema de la noche anterior queda cerrado a partir de este instante —dijo él. Su voz era una navaja de hielo, plana y desprovista de cualquier matiz de emoción—. No se hablará de lo ocurrido en el sótano, ni de la transformación, ni de las ilusiones que creas haber visto.
Luna esbozó una pequeña sonrisa irónica. Inclinó la cabeza con suavidad, disfrutando del espectáculo de ver al temible alfa Volk intentando fingir una amnesia conveniente.
—¿Ilusiones? —inquirió ella, estirando las piernas con elegancia—. No recuerdo haber alucinado a un lobo de dos metros rasgando barrotes de titanio ni el hecho de que no me despedazaras cuando tenías mis fauces a un milímetro.
—Fue una anomalía táctica —interrumpió Sebastián con dureza, girando la cabeza apenas unos centímetros para clavar su único ojo visible en ella—. Mi instinto reaccionó a la falta de amenaza. Nada más. De ahora en adelante, nuestra relación se limitará estrictamente al cumplimiento del contrato que firmamos.
—Entiendo —respondió Luna, poniéndose de pie con parsimonia—. Volvemos a las reglas de los socios de negocios.
—Exacto —asintió Sebastián—. Tú gestionas las filiales logísticas y yo me encargo de la seguridad del territorio. Sin contactos innecesarios, sin conversaciones privadas y sin intromisiones en mi espacio personal.
Luna caminó hacia él con pasos lentos y calculados. Sebastián tensó la línea de los hombros al verla acortar la distancia, aunque no retrocedió para no mostrar debilidad.
Al detenerse a medio metro de él, Luna pudo percibir el calor latente que seguía emanando de su cuerpo y cómo el aire entre ambos volvía a cargarse de esa peligrosa corriente estática.
—Puedes ponérselo difícil a tu mente, Sebastián —susurró ella, alzando la barbilla para sostenerle la mirada—, pero tus barreras de hielo no borran el hecho de que me debes la vida, ni que esa bestia que intentas ocultar me reconoció.
Sebastián apretó los dientes con tanta fuerza que el músculo de su mandíbula pareció a punto de estallar.
—No te confundas, Luna —respondió él, bajando la voz a un murmullo cavernoso—. Si pongo distancia no es para protegerme a mí. Es para evitar que el lobo termine por reclamar lo que cree que le pertenece y destruya la poca cordura que te queda.
—Inténtalo cuando quieras —desafió ella en un susurro ardiente antes de dar media vuelta y dejarlo solo en la biblioteca.
Se está protegiendo, pensó Luna mientras subía la escalinata hacia su alcoba. Teme que su propia naturaleza lo vuelva vulnerable ante mí. Pero cuanto más intente huir, más rápido se romperá su escudo.
A las tres de la madrugada, el silencio de la alcoba principal fue interrumpido por el zumbido vibrante de un teléfono.
Luna se despertó al instante. No era el terminal corporativo ni la línea interna de la mansión; era su teléfono celular privado, un número encubierto que solo dos personas en el mundo poseían.
Se incorporó en la cama, tomó el dispositivo de la mesa de noche y miró la pantalla.
El nombre de Mía parpadeaba en la penumbra.
Luna deslizó el dedo para responder, manteniendo la voz baja y alerta.
—¿Mía?
Al otro lado de la línea no hubo una queja arrogante ni los gritos malcriados a los que su hermana la tenía acostumbrada. Solo se escuchaban sollozos ahogados, una respiración hiperventilada y el sonido distante de viento helado golpeando una estructura metálica.
—Luna... por favor... por favor, ayúdame —suplicó Mía. Su voz estaba quebrada por un pavor absoluto, a punto de colapsar en el histerismo.
—Habla despacio —ordenó Luna, poniéndose de pie y buscando su bata—. ¿Dónde estás y qué ocurrió?
—Se... se la llevaron —sollozó Mía, ahogándose con sus propias lágrimas—. Entraron a la casa... no eran hombres normales, Luna. Tenían ojos amarillos... rompieron la puerta principal como si fuera de papel y se llevaron a mamá a rastras.
Luna se congeló en medio de la habitación. La adrenalina sustituyó al sueño en un milisegundo.
—¿Los Sombras? —inquirió Luna con voz helada.
—Dejaron una nota... dijeron que si no entregamos las claves de las cuentas de la familia Del Sol y las rutas marítimas que tú controlas antes del amanecer... la van a descuartizar —chilló Mía entre gemidos—. Luna, por favor, ven por ella... ¡tienen garras, son monstruos como tu esposo!
Antes de que Luna pudiera responder, la llamada se cortó abruptamente con una ráfaga de estática pesada.
Luna miró la pantalla apagada. Apretó el teléfono en su mano mientras sus pensamientos se reorganizaban con la velocidad de un tablero de ajedrez en llamas.
Los Sombras no estaban haciendo un movimiento desesperado contra las finanzas de los Del Sol. Era una carnada directa para sacarla a ella de la mansión blindada y forzar a Sebastián a salir a campo abierto.
Sin dudarlo un segundo, Luna abrió la puerta de su alcoba y se encaminó a pasos firmes por el pasillo a oscuras, directo hacia el ala oeste prohibida. Era momento de ver si el escudo de indiferencia de su esposo resistía la primera prueba de fuego real.