En el plano terrenal, ambos son fantasmas. Él es un joven noble repudiado por su propia familia, confinado al ostracismo y al desprecio social por una terrible cicatriz que le arrebató la mirada y la confianza. Ella es una joven de deslumbrante belleza que vive invisible, sofocada bajo la sombra de una hermana manipuladora y el constante desdén de su entorno.
Sin embargo, al cerrar los ojos, la noche borra los estigmas de la realidad. En un universo onírico recurrente, sin cicatrices ni máscaras, dos almas solitarias encuentran un refugio de devoción y pasión desinhibida. Pensando que el otro no es más que una fantasía inventada por el deseo y la soledad, pactan encontrarse una tarde en la ciudad sin la menor esperanza de que ocurra.
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Capítulo 1: El peso del oro y las sombras
La mansión Ashford no olía a un verdadero hogar, sino a la decadencia ataviada de seda y barniz. Olía a cera de abejas rancia, a telas pesadas que jamás recibían el sol directo y a un polvo antiguo que parecía flotar en el aire como una amortajadora neblina. Erguida con arrogancia en las afueras de Oakhaven —una próspera metrópoli de chimeneas humeantes, adoquines mojados y aristocracia victoriana—, la enorme estructura de piedra gris no albergaba una familia; albergaba un mausoleo de apariencias.
En el piso superior, en un ala sumida en un silencio casi sepulcral, Dorian Ashford permanecía inmóvil frente a un alto espejo de marco dorado con tallados de hojas de acanto. Tenía veinticuatro años. A través de la penumbra de su habitación, iluminada apenas por un candelabro de tres brazos, su silueta erguida y sus hombros anchos conservaban el porte imponente de la nobleza más rancia. Vestía una camisa de lino blanco pulcramente planchada, pero sin abotonar en el cuello, dejando ver el arranque firme de su garganta.
Sin embargo, al fijar la mirada en el cristal, su existencia se dividía en dos realidades irreconciliables.
El lado derecho de su rostro era un monumento a la belleza clásica heredada de los retratos de su madre: un pómulo alto y esculpido, una mandíbula definida como un trazo de carboncillo, y un ojo de un azul profundo y helado que parecía capaz de atravesar cualquier mentira. Pero al cruzar la línea imaginaria de su nariz, la simetría moría aplastada por la tragedia.
El lado izquierdo era una cartografía de pesadilla. Un relieve de tejido cicatrizado, tirante, de tonos purpúreos y nacarados, descendía desde la sien, atravesando el pómulo hasta perderse bajo el cuello de su ropa. Allí donde debía existir su otro ojo azul, solo había una cuenca vacía y hundida, cubierta por párpados sellados en un pliegue deforme que la medicina de la época no había sabido reconstruir.
Dorian pasó los dedos por la piel rugosa. El contacto carecía casi de sensibilidad táctil; era un cuero endurecido por el fuego y el trauma. Su mente retrocedió al retumbar de los cascos de los caballos, al crujir atronador del metal y la madera volando por los aires, al olor a aceite caliente de las lámparas del carruaje derramándose sobre su rostro a los siete años. Recordó los alaridos de su madre mientras moría prisionera entre los restos en llamas y el llanto sofocado de él mismo antes de perder la conciencia.
El accidente no solo le había arrebatado la mitad de su rostro y la visión binocular; le había arrancado el derecho a ser amado.
Su padre, lord Arthur Ashford, un hombre cuya reputación en las altas esferas de la sociedad dependía fanáticamente de la estética y el prestigio, nunca pudo perdonarle haber sobrevivido de aquella manera. En los años posteriores, las cenas familiares se convirtieron en tormentos en los que Dorian debía sentarse al fondo de la mesa, eclipsado por biombos o silenciado por miradas de reproche. Los sirvientes susurraban tras las cortinas, tildándolo de "el monstruo de la buhardilla"; las damas de alta alcurnia reprimían ahogos de horror cuando por error cruzaban miradas con él, y los jóvenes de su edad se burlaban crudamente a sus espaldas.
A los dieciocho años, la sentencia definitiva fue dictada con una frialdad administrativa. Lord Ashford firmó un decreto privado: Dorian fue trasladado a una propiedad secundaria en los confines del condado. Se le otorgó una asignación bancaria extremadamente generosa, el servicio básico necesario para no morir de hambre y una sola directiva infranqueable: jamás debía poner un pie en la corte, en los salones de baile, ni en las calles concurridas donde pudiera ensuciar el apellido familiar.
Aislado en la inmensidad de la mansión abandonada, Dorian aprendió a habitar las tinieblas. Durante las horas de luz, leía hasta que la vista del único ojo le ardía o deambulaba por pasillos polvorientos como un fantasma en vida. Sin embargo, cuando la noche cubría el mundo y la oscuridad eliminaba los contornos de su cuerpo, descubrió una vía de escape inaudita.
Desde la infancia, Dorian poseía una facultad mental extraordinaria: la capacidad de cobrar conciencia plena dentro de sus propios sueños. Al cerrar el ojo, el mundo material se disolvía y él tomaba las riendas de su arquitectura mental. En su dominio onírico no existía el dolor, no había cicatrices tirantes ni cuencas vacías. Allí, con solo desearlo, podía sentir la brisa en ambas mejillas, contemplar paisajes con una profundidad perfecta y erigirse como el único rey de una realidad incorpórea.
Aquel universo nocturno era su único motivo para seguir respirando.