PARA ELLA LA VIDA LA HA CONDENADO A UN HOMBRE QUE LA DESTRUYE. PERO ESA MISMA VIDA LE DA UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD PARA CAMBIAR SU DESTINO...
LO QUE ELLA NO SABE ES QUE EL DESTINO YA ESTABA ESCRITO...
¿Crees que si regreso al pasado cambio mi destino?
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9
El semáforo frente a nosotros estaba en rojo, aunque no cruzaba ningún alma por la calle. El silencio dentro del habitáculo se volvió denso, eléctrico y asfixiante.
—¿Así que es por eso?... ¿De verdad piensas que soy un depredador que solo está buscando el momento para meterte a la cama? —preguntó con voz baja, ronca y peligrosa, volviendo lentamente el rostro para taladrarme con una mirada indescifrable que jamás antes le había visto.
—Sí... es exactamente la única sensación que logras transmitirme —respondí con la voz temblorosa, apartando la vista hacia la ventanilla empañada.
Para mi absoluta sorpresa, en lugar de enojarse o gritarme, Diego dejó escapar una carcajada seca, incrédula y áspera.
—Joder... sabía perfectamente que proyectaba esa clase de energía sexual frente a los demás, pero maldita sea, jamás imaginé que eso terminaría jugando en mi contra contigo —murmuró, sacudiendo la cabeza con una media sonrisa irónica en los labios.
—No es gracioso. Odio que me mires de esa manera tan hambrienta, como si quisieras devorarme vivo en cualquier rincón.
Él volvió a sonreír de medio lado, retomando la marcha con total parsimonia en cuanto el semáforo cambió a verde.
—Admito que tienes razón en algo: me pareces una chica hermosa, no te lo voy a negar. Desde el maldito segundo en que te vi por primera vez, eso fue lo único que cruzó por mi cabeza —confesó con una franqueza brutal que me dejó helada—. Lo que jamás me imaginé es que, por primera vez en mi vida, una mujer rechazaría de esta forma mis deseos.
Me quedé en absoluto silencio, con las manos apretadas sobre las piernas. ¿Acaso no conocía la vergüenza? ¿Cómo podía confesar algo así con tanta naturalidad?
—Aléjate de mí de una vez por todas, Diego. No pienso convertirme en una más de tus trofeos ni formar parte de tu lista de conquistas —le advertí con severidad, intentando ignorar el revoloteo estúpido que sentía en el estómago.
—No tengo ninguna lista. De hecho, para serte totalmente sincero, ya ni siquiera recuerdo los nombres de las chicas con las que estuve esta noche —respondió él con desparpajo, pasando los dedos con elegancia por la comisura de sus labios—. Antes de que aparecieras en la sala estaba con una pelirroja, luego besé a una peli negra, y justo cuando llegaste me encontraba con una morena. Sus nombres se me borraron de la cabeza en cuanto salieron por la puerta.
Lo miré con una mezcla de repulsión y asombro.
—¿Y aun así pretendes que yo caiga tontamente en tu red después de escuchar semejante porquería?
—Mi red jamás estuvo diseñada para ti. Eso me quedó cristalino desde el primer instante en que te conocí —replicó con una seriedad repentina que me descolocó por completo.
—Más te vale que lo tengas bien grabado en la cabeza, porque los tipos como tú me dan náuseas.
En ese preciso instante, el coche se detuvo suavemente frente a la entrada principal de mi casa, justo cuando el portón automático comenzaba a abrirse con un zumbido metálico.
No esperé ni un segundo más. Abrí la puerta y salté al pavimento, dispuesta a huir a mi refugio. Pero antes de que pudiera dar un solo paso hacia la puerta, una mano fuerte me agarró del brazo y tiró de mí con firmeza.
Mi cuerpo chocó de golpe contra su pecho duro. Al levantar la cabeza para reclamarle, me encontré de bruces con la intensidad magnética de sus ojos grises, oscuros como una tormenta a punto de estallar.
—Escúchame bien: no pretendo fingir que soy un maldito santo solo para ganarme tu aprobación. Pero si me lo pides con ganas, juro que puedo comportarme como uno —susurró con voz ronca, antes de que su mano libre se moviera con rapidez para sujetarme con firmeza de la cintura, impidiendo que me apartara.
—¿Pero qué diablos crees que estás haciendo? ¡Suéltame ahora mismo! —le exigí con los nervios a flor de piel, intentando empujarlo con mis propias manos apoyadas contra su pecho.
—Deja de huir de mí todo el tiempo. Ya te dije que no pienso obligarte a nada —respondió él con una calma desesperante, mirándome directo a los labios.
—¡Pues deja de acosarme y de seguirme a todas partes! No me importa en lo más mínimo si intentas redimirte o ser una buena persona conmigo —le escupí con fiereza.
En un movimiento sumamente ágil y felino, Diego deslizó una de sus manos por mi cabello suelto, apartando con infinita delicadeza los mechones rebeldes para acomodarlos detrás de mi oreja. Me quedé completamente congelada ante semejante muestra de ternura inesperada.
—Si hay algo que debes tener muy claro a partir de este maldito segundo es una sola cosa: entre más me dices que no, entre más intentas alejarte, más me encantas, Elizabeth —susurró a escasos milímetros de mi boca.
Y antes de que mi cerebro pudiera procesar la advertencia, sus labios se sellaron contra los míos en un beso hambriento pero extrañamente suave.
Me quedé estática por una fracción de segundo. Su boca, cálida y experta, se movía sobre la mía con una destreza que me desarmaba los sentidos. Por un instante de absoluta debilidad, todo mi Ensayo mental se derrumbó: cerré los ojos con fuerza, permitiendo que una ola de calor me recorriera desde el vientre hasta la garganta. Mis manos, traicioneras e inconscientes, se deslizaron hacia arriba para aferrarse con fuerza a las solapas de su chaqueta, mientras me ponía de puntitas para acortar cualquier distancia que pudiera quedar entre nosotros.
El beso se intensificó al instante, volviéndose voraz y profundo. Sentí una de sus manos acariciar posesivamente la curva de mi espalda, mientras la otra sostenía mi mejilla con una devoción que rozaba la locura.
Pero de repente, un ruido sordo a nuestras espaldas rompió el hechizo. Unos pasos arrastrados resonaron en el vestíbulo interior.
Diego se apartó lentamente de mis labios con una lentitud deliberada, mirándome con las pupilas dilatadas y una sonrisa torcida pintada en los labios.
—Seré tu acosador personal a partir de hoy... acostúmbrate —susurró en un aliento ronquísimo contra mi boca.
El golpe de realidad me sacudió como una cubeta de agua helada. Me aparté de un empujón, aterrorizada, dándome cuenta de la estupidez monumental que acababa de cometer.
—¡Yo... yo tengo que entrar! —balbuceé con la voz rota.
Me di la vuelta a toda prisa, dispuesta a cruzar el umbral. Justo en la puerta apareció Sara, nuestra anciana ama de llaves, mirándonos con curiosidad. Antes de que pudiera escapar, Diego me alcanzó y me tomó suavemente de la mano.
—Hasta mañana, preciosa —se despedió con total desparpajo, dándome un casto y cálido beso en la mejilla, antes de dar media vuelta, caminar con elegancia de regreso a su coche y ponerse en marcha.
Me quedé plantada en la entrada como una absoluta imbécil, con los labios hinchados, el corazón a mil por hora y la mirada perdida viendo cómo los faros traseros del auto se alejaban en la penumbra nocturna.
Un segundo después, logré sacudirme el trance y entré a la casa a toda prisa. En la amplia sala, papá seguía sentado bajo la luz de una lámpara de pie, sumergido en la lectura de un libro grueso. Al verme cruzar la puerta con el rostro encendido y el cabello revuelto, levantó la vista de las páginas con expresión extrañada.
—¿Y Sofía? ¿Dónde se metió tu hermana? —preguntó papá con el ceño fruncido.
—Erm... ella decidió quedarse a dormir en casa de su novio, papá... Ya sabes cómo son los jóvenes de hoy en día —balbuceé con una sonrisa nerviosa—. Yo... yo me voy a dormir, estoy rendida de cansancio. ¡Buenas noches!
Sin esperar a que respondiera, subí corriendo las escaleras a zancadas, me metí a mi habitación y eché los tres seguros de la puerta con manos temblorosas. Apenas di dos pasos hacia el centro de la estancia, mis piernas fallaron por completo y caí de rodillas directamente sobre la fría alfombra del piso.
—¿Pero qué demonios has hecho, idiota? ¡Por Dios, Elizabeth! Antes ni siquiera te dignabas a mirarlo, y ahora acabas de besarlo en la boca con desesperación... ¡Tienes que hacer algo para frenar esto antes de que sea demasiado tarde!
Me llevé las manos a la cabeza, sintiendo el pánico helado trepándome por la columna.
Esto no podía volver a repetirse bajo ninguna circunstancia. Tenía que evitar a Diego a toda costa. No podía, ni iba a permitir, que nuestra historia terminara marchitándose en el mismo maldito final trágico de siempre. No.