Julia Santos tenía la vida bajo control: una carrera de modelo en ascenso, amigos leales y un novio con el que soñaba casarse. Todo se derrumba en un solo día, cuando una traición la deja con el corazón roto… y un accidente frente a una escuela la pone en la mira del hombre más poderoso —y más arrogante— de la ciudad.
Rafael Valença no cree en el amor. Desde que su exmujer le destrozó la confianza, solo vive para su empresa y para su pequeña hija. Pero unos inversores exigen un presidente «de familia», y Rafael tiene la solución perfecta: un contrato. Dos años de matrimonio fingido, sin sentimientos, sin preguntas. Y Julia, acorralada, no está en posición de negarse.
Lo que ninguno de los dos calculó fue lo que pasaría al vivir bajo el mismo techo. Porque entre reglas frías y noches compartidas, entre la ternura de una niña que empieza a llamarla «mamá» y una atracción imposible de ignorar, ese papel firmado empieza a sentirse demasiado real.
Pero no todos quieren verlos felices. Una ex despechada, una hermana consumida por la envidia y secretos del pasado acechan para hacer estallar el frágil acuerdo… justo cuando Julia descubre que ya no está fingiendo.
¿Puede un amor que nació de un contrato convertirse en el más verdadero de todos?
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DÍA DIFÍCIL
Julia
El lunes llegó de una manera extraña. Me desperté temprano y fui a despertar a Clara, que no estaba muy animada; pero como jugamos mucho este fin de semana —no tenía nada de trabajo programado, así que lo aprovechamos al máximo, en la piscina, salimos a almorzar y a cenar afuera, Rafael siempre con nosotras—, se ha ido volviendo un buen compañero; confieso que me ha sorprendido.
Por fin se levanta esta pequeña perezosa, pero está muy desanimada. La ayudo a bañarse, a cambiarse, a ponerse los zapatos, le peino su lindo cabello, siempre haciéndola reír con alguna tontería que le digo.
—Chicas, ¿ya están listas? —pregunta Rafael, asomando la cabeza al cuarto.
—Rafael, llévala tú y hazla desayunar; yo todavía tengo que arreglarme. Si tienes que irte, está bien, yo voy en mi auto.
Se acerca y me abraza.
—No te preocupes, te espero; si hace falta, Clara se va con Jonas, ¿de acuerdo, hija?
—Sí, papá.
Ellos salen y yo corro a darme una ducha rápida, me pongo una ropa sencilla, unas sandalias cómodas, agarro el bolso y salgo corriendo; todavía llego a tiempo de desayunar con los dos. ¡Amo estos momentos con ellos!
—Volaste, mi bien —me besa Rafael y me dice.
—Es solo por costumbre; me baño antes de dormir, esto es nada más para refrescarme.
Dejamos a nuestra pequeña dormilona en la escuela y él me deja en el trabajo.
—Avísame si te da tiempo de ir a almorzar a casa.
—Te aviso —Rafael me atrae y me da un beso enorme.
—Estoy adicto a estar contigo, te voy a extrañar, pequeña.
—Yo también, ve con Dios, mi lindo. Ya entro.
Entramos a una reunión. Leo me llamó a su sala.
—Dime, mi lindo.
—Amiga, sé que eres linda, pero ¿con la cara lavada no, verdad?
—Hoy Clara estaba muy mimosa, tuve que hacerlo todo para no quedarme sin el aventón del marido, tuve que correr.
—¡Ay, estas amas de casa! —se burla—. Ven, vamos a pasarte una base, un iluminador, un labial que le dé color a esta carita linda, ¡amiga!
Mi maquillador preferido me arregla la cara y nos vamos a las reuniones, que tienen una hora fija para empezar.
A las diez suena mi teléfono; la persona dice que es de la escuela de Clara, que se desmayó, que está en la enfermería de la escuela. Pregunto si avisaron al papá, y me dicen que sí.
Cuelgo muy nerviosa. Rafael me está llamando.
—Rafael, voy a tomar un taxi y voy directo a la escuela.
—Espérame ahí enfrente, yo paso por ti.
Entré llorando a la sala de Magda.
—¿Qué pasó, mi bien?
—Magda, voy a tener que salir; Clara no está bien, vamos a tener que llevarla al médico.
Bajo y me quedo esperando a Rafael. Llamo a Laís, solo porque sé que es la única que consigue calmarme; siempre sabe lo indicado para decir.
Llegamos a la escuela y nuestra niña está muy pálida. Después de hablar con la dirección de la escuela y con la maestra, seguimos hasta el hospital; esta vez vamos a urgencias.
Yo intento calmar a Rafael, que intenta calmarme a mí, y así nos quedamos pegados a Clarita. No está nada bien; de repente empieza a vomitar y nos angustia todavía más.
Llega una camilla y se llevan a Clara. Le pido a Rafael que vaya.
—Ve con ella; pregunta si yo puedo quedarme con ustedes, no quiero estar lejos de ella, ni de ti.
Una hora después, pude entrar y quedarme con ellos.
—Julia, no quiero quedarme solo con papá; ahora te tengo a ti, quédate conmigo, ¿sí?
—Claro, mi amor, ahora estamos juntas.
El médico llega y nos llama a la sala de al lado del cuarto.
—Papá y mamá de Clara, las noticias no son buenas.
—Por favor, doctor, sea claro, ¿qué tiene nuestra niña?
—El diagnóstico no es definitivo, pero como su anemia está muy fuerte, hicimos algunos análisis que indican las plaquetas muy bajas y los glóbulos blancos muy altos. Pedimos un examen más específico, el mielograma; debe salir pronto, y entonces confirmaremos o descartaremos la leucemia. Por ahora vamos a tratarle esa anemia.
Nos abrazamos y me derrumbo, incluso antes que Rafael; siento un dolor tan grande que parece que el corazón se me va a parar. Aun sabiendo que necesito apoyar a Rafael, no puedo; en este momento estoy sufriendo como sufre una madre al saber que su hijo está enfermo.
El médico habla con nosotros, pero yo no consigo oír nada.
Cuando sale, voy a respirar un poco; no quiero que Clara me vea en este estado.
Mi hermana me llama en ese momento.
—¿Qué quieres, Beatriz? No es un buen momento.
—¿Así se trata a tu hermana, ingrata?
—Di lo que quieres, o voy a colgar.
—Necesito hablar contigo, es sobre nuestra mamá.
—¿Qué le pasó a mamá?
—Encuéntrame aquí en la cafetería italiana, cerca de la clínica, conversamos un poco mientras tomamos un café exprés.
—No puedo salir ahora; mañana hablamos.
—No puedo creer que ni te dé curiosidad; ¡es sobre la salud de nuestra mamá, Julia!
Aun sufriendo por Clara, no puedo dejar de preocuparme por mi mamá; si de verdad está enferma y no me lo quiere decir, la cosa debe ser seria, voy a tener que ir.
Entré al cuarto y me quedo abrazada a Rafael. No tengo el valor de alejarme de ellos.