Un amor apasionado nacido en medio de la guerra entre dos paises. La princesa Melany se enamora apasionada mente del tirano que juro odiar, por que nada es como parece
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Capítulo 13: En el Ojo de la Tormenta
Al mediodía del tercer día, la vanguardia imperial alcanzó las colinas que dominaban el valle del Río del Alba. El espectáculo que se desplegaba ante sus ojos era imponente y aterrador a la vez.
Al otro lado del cauce semi congelado del río, miles de estandartes plateados y azules con el emblema del ciervo de Aethelgard ondeaban al viento. El ejército del rey Esteban, padre de Melany, había acampado en masa. Columnas de humo ascendían de cientos de fogatas, y el sonido lejano de los cuernos de guerra resonaba entre las rocas, anunciando que las fuerzas del sur estaban listas para el asalto final.
En el lado norte, la legión de Solaria desplegó sus filas en una formación defensiva impecable. Los escudos de hierro formaban un muro infranqueable a lo largo de las colinas.
En la carpa de mando de Antonio, los mapas estratégicos cubrían las mesas de madera. Emanuel, Antonio y Melany examinaban las posiciones enemigas.
—Las vanguardias de Aethelgard están dirigidas por el general Valerius —explicó Melany, señalando un punto rojo en el mapa—. Es el comandante más radical del consejo de mi padre. Fue él quien insistió en la invasión inicial de las provincias fronterizas. Si Valerius convence a mi padre de que no hay posibilidad de negociación, ordenará la carga al amanecer.
—Entonces nos presentaremos en la orilla del río antes de que caiga la primera flecha —sentenció Antonio—. Mañana al salir el sol, avanzaremos hasta el centro del puente de piedra que une ambas fronteras.
Emanuel frunció el ceño, cruzando los brazos.
—Antonio, el puente de piedra es una trampa mortal. Quedarán expuestos a los arqueros de ambos bandos. Si la princesa es vista con la túnica de Solaria, los generales de Aethelgard podrían gritar que ha sido manipulada o forzada.
—No llevaré ropas imperiales —intervino Melany, mirando fijamente al canciller—. Llevaré el manto con las insignias de mi casa real y la daga de mi familia al cinto. Me verán como la princesa de Aethelgard que soy.
Emanuel la miró durante un largo momento. La desconfianza en sus ojos comenzó a ceder ante el respeto hacia la entereza y la firmeza de la joven.
—Sois una mujer valiente, princesa —admitió Emanuel en un murmullo bajo—. Si lográis detener esta matanza, no solo habréis salvado a vuestra gente, sino también el alma de este imperio.
Esa noche, previa a la gran prueba, la tensión en el campamento era palpable. Dentro de la tienda imperial, iluminada únicamente por la luz temblorosa de unas pocas velas, Melany y Antonio permanecían de pie, mirándose en silencio.
El emperador se acercó a ella, tomándola suavemente del rostro con sus manos grandes y cálidas. La intensidad de su mirada dorada transmitía un torbellino de emociones: miedo a perderla, un amor desmedido y la determinación implacable de protegerla.
—Si algo sale mal mañana —susurró Antonio, aproximando su frente a la de ella—, quiero que busques a Emanuel. Él tiene órdenes estrictas de llevarte de vuelta a las provincias del sur con una escolta de absoluta confianza.
Melany negó con la cabeza, rodeando los hombros de Antonio con sus brazos y pegando su cuerpo al suyo.
—No habrá retirada, Antonio —respondió ella en un murmullo apasionado—. No volví a encontrarte en este mundo para perderte en un campo de batalla. Lucharé a tu lado, con palabras o con acero, pero no me apartaré de ti.
Antonio no pudo contenerse más. La atrajo hacia sí con una fuerza desesperada, sellando sus labios en un beso ardiente, hambriento y profundo. Melany se entregó por completo al abrazo, sintiendo las manos del gigante moldear su cintura y la firmeza de su pecho contra el suyo. La pasión que los consumía era una llama brillante en medio de la oscuridad de la guerra, un juramento silencioso de que sus destinos estaban entrelazados para siempre.