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La Segunda Vida De La Duquesa Olvidada.

La Segunda Vida De La Duquesa Olvidada.

Status: Terminada
Genre:Romance / Matrimonio arreglado / Edad media / Completas
Popularitas:3.3k
Nilai: 5
nombre de autor: SugarBloom

Lady Evelyn Ashbourne murió a los setenta y seis años después de vivir una existencia marcada por las infidelidades de su esposo, la soledad y un amor que nunca recibió. Sin embargo, el destino le concedió una segunda oportunidad: despertó nuevamente a los dieciocho años, conservando todos los recuerdos de su vida anterior.

Esta vez, Evelyn no volverá a cometer los mismos errores. En lugar de elegir al encantador vizconde que destruyó su felicidad, aceptará casarse con Adrian de Blackthorne, el temido duque al que rechazó en su primera vida.

Frío, intimidante y despiadado con sus enemigos, Adrian esconde heridas y secretos que nadie se atreve a descubrir. Su matrimonio comenzará como un acuerdo entre dos familias, pero la convivencia despertará sentimientos que ninguno de los dos estaba preparado para enfrentar.

NovelToon tiene autorización de SugarBloom para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El hombre que murió dos veces.

La primera luz del amanecer encontró a Adrian de pie frente a la ventana de sus aposentos.

No había dormido.

Cada vez que cerraba los ojos, volvía a ver al hombre del jardín. Su propio rostro, sus mismos ojos grises, la misma expresión severa que había aprendido a reconocer en el espejo desde la infancia. Solo aquella cicatriz sobre la ceja izquierda distinguía al desconocido de él.

Y, sin embargo, Adrian recordaba haberlo visto morir.

No era un recuerdo completo. Apenas fragmentos que aparecían y desaparecían como imágenes detrás de un cristal empañado: una iglesia iluminada por cientos de velas, una mujer llorando bajo la lluvia, el sonido metálico de una espada al caer al suelo.

Y sangre.

Mucha sangre.

La suya.

Se apartó de la ventana y apretó los dedos contra las sienes.

—Maldita sea…

El dolor del hombro era insignificante comparado con el que le producía aquella sucesión de imágenes. Había pasado toda su vida creyendo que los recuerdos eran la prueba de una existencia vivida. Ahora comenzaba a sospechar que también podían ser las ruinas de una vida olvidada.

Alguien llamó a la puerta.

—¿Adrian?

La voz de Evelyn.

El duque cerró los ojos un instante antes de responder.

—Adelante.

Ella entró con una bandeja de desayuno que dejó sobre una mesa cercana. Llevaba un vestido color marfil y el cabello recogido con una cinta azul. Su expresión mostraba cansancio, pero sus ojos conservaban aquella determinación que él había llegado a admirar.

—El médico dice que debes comer algo.

—El médico parece haber decidido gobernar mi vida.

—Alguien tiene que hacerlo mientras tú insistes en comportarte como un mártir.

Adrian esbozó una sonrisa débil.

—No sabía que el cargo de duquesa incluyera supervisar mis comidas.

—Todavía no soy duquesa. Aprovecha mientras puedas.

Él la observó en silencio.

Había algo profundamente tranquilizador en aquellas pequeñas discusiones. Con Evelyn podía hablar de cosas insignificantes sin sentir que estaba obligado a representar al hombre que todos esperaban que fuera.

Ella se acercó y examinó su rostro.

—No has dormido.

—Tú tampoco.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Y tú sigues haciendo preguntas cuya respuesta conoces.

Evelyn suspiró.

—Adrian, por favor.

La sonrisa desapareció del rostro del duque.

Ella le tomó la mano.

—Sé que lo que ocurrió ayer te ha afectado. A mí también. Pero no quiero que vuelvas a encerrarte en ti mismo. Si has recordado algo, necesito saberlo.

Adrian bajó la mirada hacia sus dedos entrelazados.

—Recuerdo que morí.

Evelyn se quedó inmóvil.

Aunque llevaba días temiendo escuchar aquellas palabras, pronunciadas en voz alta parecían mucho más terribles.

—¿Qué viste?

—Una iglesia. Un altar. Una mujer que llevaba un vestido oscuro. Recuerdo que alguien me llamó por mi nombre y que, cuando me volví, sentí un dolor en el pecho.

Se interrumpió.

—Después, nada.

Evelyn apretó su mano.

—¿Viste el rostro de la mujer?

Adrian negó lentamente.

—No. Pero recuerdo sus ojos.

—¿De qué color eran?

Él tardó en responder.

—Los tuyos.

El silencio se extendió entre ambos.

Evelyn sintió que el corazón le golpeaba con fuerza. Por un instante, tuvo la impresión de que la habitación se había quedado sin aire.

—No significa que fuera yo —dijo con cuidado.

—Lo sé.

—Los recuerdos pueden engañarnos.

—Lo sé, Evelyn.

—Y un retrato no demuestra que hayamos vivido otra vida juntos.

Adrian levantó la mirada.

—¿Estás intentando convencerme a mí o convencerte a ti misma?

Evelyn no contestó.

Porque, en el fondo, también había pensado en aquella posibilidad.

¿Qué sucedería si sus vidas anteriores estaban unidas de una manera que ella no recordaba? ¿Y si su segunda oportunidad no era un regalo, sino una continuación de algo que había salido terriblemente mal?

Adrian le acarició el dorso de la mano con el pulgar.

—No voy a acusarte por una imagen que ni siquiera comprendo.

Evelyn lo miró con gratitud.

—Gracias.

—Pero hay algo que necesito averiguar.

—¿Qué?

—Quién era ese hombre y por qué se parece a mí.

Adrian hizo una pausa.

—Y por qué estoy empezando a recordar cómo murió.

A media mañana, el capitán Harrington informó que los guardias habían revisado las entradas y los caminos que rodeaban Blackthorne.

No encontraron señales de que el desconocido hubiera cruzado las puertas principales. Tampoco hallaron huellas recientes en los jardines que pudieran conducirlo hasta los bosques.

Era como si el hombre hubiera aparecido en medio de la propiedad y después se hubiera desvanecido.

—¿Y la mujer que estaba con nosotros en la biblioteca? —preguntó Evelyn—. ¿Dónde está Margaret?

El capitán intercambió una mirada con Adrian.

—No hemos podido encontrarla, milady.

—¿Cómo que no?

—Después de que usted y el duque abandonaran la biblioteca, dos criados la vieron dirigirse hacia el ala este. Desde entonces, nadie ha vuelto a verla.

Evelyn se levantó de golpe.

—La habitación prohibida.

Adrian también intentó ponerse de pie, pero el dolor del hombro lo obligó a detenerse.

—Capitán, prepare a cuatro hombres. Quiero que revisen todas las habitaciones del ala este.

—Sí, mi señor.

—Y que nadie entre ni salga del castillo sin que yo lo sepa.

Harrington hizo una reverencia y se retiró.

Evelyn ayudó a Adrian a sentarse de nuevo.

—No vas a ir a ninguna parte en ese estado.

—Margaret podría estar en peligro.

—Y tú podrías abrirte la herida.

—Evelyn…

—No.

El duque la miró con incredulidad.

—¿Acabas de darme una orden?

—Acabo de salvarte de tu propia terquedad.

—Empiezo a comprender por qué algunos hombres temen casarse.

Evelyn intentó mantener una expresión severa, pero terminó sonriendo.

—Puedes quedarte aquí y esperar a que el médico vuelva a revisar tu hombro, o puedes acompañarme cuando esté seguro de que no vas a desmayarte en el corredor.

Adrian la observó durante unos segundos.

—Tienes una habilidad extraordinaria para convertir una sugerencia en una amenaza.

—Gracias. Me esfuerzo mucho.

Él soltó una risa breve.

Después, sin dejar de mirarla, le besó los nudillos.

—Ve con Harrington. Yo iré cuando pueda mover el brazo sin que el médico amenace con encerrarme en mi propia habitación.

Evelyn asintió, aunque la preocupación no abandonó su rostro.

—No tardes demasiado.

—¿Eso es una orden o una petición?

Ella se inclinó y le dio un beso suave en la frente.

—Es una advertencia, mi querido duque.

Y salió antes de que él pudiera responder.

El ala este de Blackthorne siempre había provocado una sensación extraña en Evelyn.

No era únicamente por el silencio que reinaba allí, ni por las puertas que permanecían cerradas y los cuadros cubiertos con telas. Había algo en aquellos corredores que parecía resistirse al paso del tiempo.

Las paredes conservaban retratos de generaciones anteriores de la familia. Los rostros pintados parecían seguirla con la mirada mientras avanzaba detrás del capitán Harrington.

Al final del corredor se encontraba la puerta de la habitación prohibida.

Estaba abierta.

Evelyn se detuvo.

—¿Quién la abrió?

El capitán examinó la cerradura.

—No lo sabemos, milady. Cuando llegamos, ya estaba así.

Evelyn cruzó el umbral.

La habitación era más grande de lo que había imaginado. Las cortinas estaban cerradas, y el aire olía a madera vieja y a rosas secas. Había un escritorio junto a la ventana, una cama cubierta por una colcha blanca y varios baúles dispuestos contra una pared.

Pero lo que más llamó su atención fue el retrato.

Se encontraba en el centro de la habitación, cubierto por una tela negra.

Evelyn se acercó lentamente.

—No lo toque todavía —advirtió Harrington.

Ella se detuvo.

—¿Por qué?

—El duque ordenó que no se manipulara nada hasta su llegada.

Evelyn miró al capitán.

—¿Y si lo que hay debajo explica por qué Margaret desapareció?

Harrington no respondió.

Después de unos segundos, se hizo a un lado.

—Tenga cuidado, milady.

Evelyn tomó la tela por una esquina y tiró suavemente.

El retrato quedó al descubierto.

Era el mismo que había visto en la descripción de su cuaderno, aunque mucho más grande y detallado que la imagen que recordaba.

La mujer pintada era ella.

No la Evelyn de dieciocho años que contemplaba el retrato, sino una mujer mayor, de cabello blanco y rostro cansado. A su lado estaba Adrian, vestido con un uniforme oscuro y una medalla de plata sobre el pecho.

Pero no eran las únicas personas en el cuadro.

Detrás de ellos aparecía una niña pequeña, de cabello castaño y ojos grises. Llevaba un vestido azul y sostenía una rosa blanca entre las manos.

Evelyn sintió una extraña punzada en el corazón.

—¿Quién es esa niña?

El capitán se acercó.

—No lo sé, milady.

En la parte inferior del retrato había una inscripción.

Evelyn y Adrian de Blackthorne, con su hija, Eleanor.

Evelyn se llevó una mano a los labios.

Una hija.

Había pasado toda su primera vida sin hijos. Había vivido sola durante décadas después de su separación emocional de su esposo, rodeada de recuerdos de una familia que nunca llegó a construir.

Y ahora contemplaba un retrato de sí misma con una niña que no había existido en aquella vida.

Una niña a la que no conocía.

Una niña que, sin embargo, le provocaba una tristeza inexplicable.

—No entiendo —susurró.

Se acercó más al lienzo.

La pequeña Eleanor tenía una expresión seria. No sonreía como suelen hacerlo los niños en los retratos familiares. Miraba hacia un punto fuera del cuadro, como si alguien hubiera llamado su atención en el momento de la pintura.

Entonces Evelyn vio algo más.

En la mano derecha de la niña había un pequeño medallón.

El mismo medallón que Adrian le había entregado.

El de Eleanor de Blackthorne.

Un golpe resonó detrás de ella.

Evelyn se volvió.

Adrian estaba en la puerta, apoyado en un bastón que probablemente había tomado prestado del médico. Tenía el rostro pálido y la expresión endurecida.

—¿Qué has encontrado?

Evelyn no pudo responder inmediatamente.

Señaló el retrato.

Adrian se acercó.

Al verlo, se quedó completamente inmóvil.

Su mirada recorrió el rostro de Evelyn, el suyo propio y, finalmente, la pequeña figura que aparecía entre ambos.

—Eleanor —murmuró.

Evelyn se volvió hacia él.

—¿La reconoces?

Adrian negó lentamente.

—No sé cómo.

Se acercó al retrato y levantó la mano sana, como si quisiera tocar el rostro de la niña.

—Pero recuerdo ese nombre.

—¿De dónde?

Él cerró los ojos.

Y entonces ocurrió.

La habitación desapareció.

Adrian volvió a ver la iglesia.

La lluvia golpeaba los vitrales y el olor a cera derretida llenaba el aire. Había flores blancas sobre el altar y un sacerdote que retrocedía con el rostro desencajado.

Evelyn estaba allí.

Llevaba un vestido oscuro, con el cabello recogido bajo un velo negro. Sus manos temblaban mientras sostenía una pequeña daga.

Adrian intentó acercarse a ella, pero sus pies parecían hundidos en el suelo.

—Evelyn…

Ella levantó la cabeza.

Sus ojos estaban llenos de lágrimas.

—Lo siento —susurró.

Después, una voz masculina resonó detrás de Adrian.

—No puedes cambiar lo que ya has hecho.

Adrian se volvió.

El hombre de la cicatriz estaba allí.

Llevaba su mismo rostro, aunque sus ojos parecían más viejos y su expresión más cruel.

—¿Quién eres? —preguntó Adrian.

El hombre sonrió.

—Soy lo que habrías sido si hubieras elegido el poder en lugar del amor.

Adrian sintió que algo helado le atravesaba el pecho.

El desconocido levantó una mano.

En ella sostenía el medallón de Eleanor.

—Tu madre murió por intentar evitarlo. Tu padre murió por ocultarlo. Y tú morirás por repetirlo.

Adrian intentó moverse.

Entonces escuchó el llanto de una niña.

Una pequeña figura apareció junto al altar. Llevaba un vestido azul y sostenía una rosa blanca.

—Papá…

Adrian se volvió hacia ella.

La niña extendió los brazos.

—Papá, no dejes que mamá se vaya.

Evelyn dejó caer la daga.

El sonido del metal contra el suelo resonó como un disparo.

Y Adrian comprendió, con una certeza que le heló la sangre, que había vivido aquel momento antes.

Que había amado a Evelyn antes.

Que había tenido una hija con ella.

Y que, de alguna manera, había muerto sin poder salvarlas.

La imagen se quebró.

Adrian abrió los ojos de golpe.

Estaba de rodillas frente al retrato, respirando con dificultad.

Evelyn se arrodilló a su lado.

—¡Adrian! ¿Qué ocurre?

Él la miró, incapaz de ocultar el terror que acababa de experimentar.

—La niña —murmuró—. La niña del retrato…

Evelyn le sostuvo el rostro.

—¿Qué pasa con ella?

Adrian tragó saliva.

—Era nuestra hija.

El silencio que siguió fue tan profundo que Evelyn pudo escuchar el tic-tac del reloj situado en el corredor.

Nuestra hija.

Dos palabras que no deberían significar nada para ellos.

Y, sin embargo, algo dentro de Evelyn reaccionó con una tristeza que no podía explicar.

Miró de nuevo el retrato.

La niña tenía el cabello castaño, como el de su madre, y los ojos grises de Adrian. La expresión seria, la forma de sostener el medallón, incluso la pequeña inclinación de la cabeza…

Todo parecía extrañamente familiar.

—¿Cómo sabes eso? —preguntó Evelyn.

Adrian se llevó una mano a la frente.

—Lo recordé. No sé cómo, ni por qué, pero la vi en mis recuerdos. Estaba en la iglesia.

—¿Y qué ocurrió allí?

Él la miró.

—No lo sé todo.

Su voz se quebró.

—Pero creo que yo morí. Y creo que tú estabas a punto de hacer lo mismo.

Evelyn sintió que el miedo se mezclaba con una compasión profunda.

Adrian había pasado toda su vida culpándose por la muerte de su madre. Ahora comenzaba a descubrir que, quizá, su sufrimiento no había terminado con aquella pérdida. Tal vez había vivido otra existencia, otra tragedia, otro final que había sido incapaz de recordar.

Y si eso era cierto, la segunda oportunidad de Evelyn no era el único misterio que debían resolver.

—Adrian —susurró—, mírame.

Él levantó la cabeza.

—No sabemos qué significa todo esto. No sabemos si esos recuerdos son reales o si alguien está intentando manipularnos. Pero no tienes que cargar con ellos solo.

—¿Y si fui yo quien te mató?

Evelyn sintió un nudo en la garganta.

—Entonces averiguaremos qué ocurrió antes de juzgarte.

—¿Y si fui yo quien te obligó a hacerlo?

Ella le acarició la mejilla.

—No eres el hombre que aparece en esos recuerdos. Eres el hombre que está aquí, conmigo, intentando comprenderlos.

Adrian cerró los ojos y apoyó la frente contra la suya.

—No sé qué hice en aquella vida, Evelyn.

—Yo tampoco sé qué hice.

Ella respiró profundamente.

—Pero sí sé lo que quiero hacer en esta.

Lo besó.

No fue un beso apasionado ni desesperado. Fue un gesto suave, deliberado, una forma de recordarle que seguían allí, en el presente, y que todavía podían elegir qué hacer con el tiempo que les quedaba.

Cuando se separaron, Adrian la abrazó con cuidado, evitando presionar el hombro herido.

Durante unos instantes, ninguno habló.

Entonces el capitán Harrington carraspeó discretamente desde la puerta.

—Disculpen, mi señor.

Adrian se apartó de Evelyn.

—¿Qué ocurre?

El capitán sostenía un pequeño sobre.

—Lo encontramos detrás del retrato. Estaba sujeto al marco con un alfiler.

Evelyn lo tomó.

En el frente aparecía escrito su nombre.

Para Evelyn Ashbourne. Solo debe abrirse cuando Adrian recuerde a su hija.

La mano de Evelyn comenzó a temblar.

Adrian miró el sobre.

—Ábrelo.

Ella rompió el sello.

Dentro había una hoja doblada y una pequeña fotografía en blanco y negro.

La imagen mostraba a una niña de unos ocho años, con cabello castaño y ojos grises. Llevaba un vestido sencillo y una cinta azul en el pelo.

Era la misma niña del retrato.

Pero había algo más.

Al reverso de la fotografía, una letra elegante había escrito:

«Su nombre no era Eleanor. Ese fue el nombre que le dieron después de su muerte».

Evelyn sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.

Abrió la carta.

«Evelyn:

Si has llegado hasta aquí, significa que Adrian ha comenzado a recordar. No permitas que siga haciéndolo sin conocer toda la verdad.

La niña del retrato fue vuestra hija en la vida que perdisteis. Murió antes de cumplir nueve años, y su muerte fue el principio de todo.

Adrian creyó que podía salvarla sacrificándose. Tú creíste que podías salvarlo sacrificándolo a él.

Ambos os equivocasteis.

La persona que os prometió una segunda oportunidad no os devolvió la vida por compasión. Os la devolvió porque necesitaba que uno de vosotros terminara lo que el otro no pudo hacer.

Si queréis sobrevivir a vuestra boda, debéis encontrar a la niña antes de que llegue el día señalado.

No busquéis su tumba.

Buscad a quien todavía pronuncia su nombre.

Margaret Whitmore».

Evelyn levantó lentamente la mirada.

—¿Dónde está Margaret?

Adrian se volvió hacia el capitán.

—Encuéntrela. Quiero que registren todo el castillo, desde los sótanos hasta las torres.

—Sí, mi señor.

El capitán se marchó.

Evelyn volvió a mirar la fotografía.

La niña parecía observarla desde el papel, con unos ojos que le provocaban una nostalgia insoportable.

—¿Cómo vamos a encontrarla? —susurró.

Adrian tomó la carta y leyó el último párrafo.

Después se quedó inmóvil.

—No tenemos que encontrarla.

Evelyn lo miró.

—¿Qué quieres decir?

Él levantó la fotografía.

—La carta dice que busquemos a quien todavía pronuncia su nombre.

Evelyn sintió que el aire se le escapaba.

—La mujer de la puerta.

Adrian asintió lentamente.

—La voz que escuché detrás de la habitación prohibida.

Durante unos segundos, ambos permanecieron en silencio.

Después, desde el fondo del corredor, llegó un sonido.

Una risa infantil.

Evelyn se volvió de golpe.

Al otro lado de la puerta abierta, una niña de cabello castaño estaba de pie, descalza sobre las tablas oscuras.

Llevaba un vestido azul.

Y sostenía una rosa blanca entre las manos.

—Mamá —dijo.

Evelyn sintió que el mundo entero se detenía.

La niña la miró con una tristeza demasiado antigua para su pequeño rostro.

—Papá ya ha recordado, ¿verdad?

Adrian se puso de pie, olvidando por completo el dolor de su hombro.

—¿Quién eres?

La niña sonrió.

—Soy Eleanor.

Hizo una pausa.

Y después pronunció unas palabras que ninguno de los dos estaba preparado para escuchar.

—Y esta vez, mamá, no debes dejar que papá muera por mí.

La niña levantó la rosa blanca.

Sus pétalos estaban manchados de sangre.

Y, antes de que Evelyn pudiera acercarse, desapareció.

En el suelo quedó una pequeña cinta azul.

La misma que aparecía atada al cabello de la niña en el retrato.

______________🌸

1
Dayana Fuchs
👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀

Que abra pasado???

Quede en suspenso.

😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳
Dayana Fuchs
🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯
Oooooooo por Diosssssssssssssssssss.

Esto está buenísimo cada capítulo es excelente.

En 1 momento si imagine que el otro Adrián era su hermano gemelo.

Me super encanta todos esos secretos que pico a poco van saliendo a la luz.
Dayana Fuchs
👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀

Oooooooo cielos.

En esa casa aparecen y desaparecen los muertos como si de vivos se tratara y en los momentos más oportunos.

😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳

Me encanta la Historia

👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌
Dayana Fuchs
Me super, encanta esta novela, me tiene en constante suspenso y eso me fascina.

🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣

Me volví masoquista.

😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁
🌸SugarBloom🌸: Amo que te encante gracias por leerla😊😊
total 1 replies
Dayana Fuchs
😮😮😮😮😮😮😮😮😮😮😮😮😮
Oooooooo, vaya, hasta a mi me picó la super curiosidad por saber que ahy detrás se esa puerta.

👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀
Dayana Fuchs
Me parece super interesante la personalidad del Duque.

😊😊😊😊😊😊😊😊😊😊😊😊
Dayana Fuchs
🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣

Me encanta Margaret,.

😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁
Anonimus✨
Aaah que interesante😊
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