Sinopsis Corta
Tras años de separación, dolor y una condena a muerte dictada por engaños en el oscuro mundo de la mafia, Valerio De Santis y Lysandra Varesi vuelven a cruzar sus caminos. En medio de traiciones familiares y la amenaza inminente de sus enemigos, Valerio renunciará al poder terrenal y arriesgará su vida para proteger a Lysandra y a sus hijos mellizos, Eren y Lyra. Una apasionante historia de amor, sacrificio y redención donde las cicatrices del pasado se transforman en el cimiento de una vida en paz.
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Capítulo 12: Entre la vida y la muerte: la vigilia de la sangre
El ulular distante de las sirenas quebraba el silencio metálico de madrugada en las colinas. En el pasillo iluminado por luces fluorescentes del centro hospitalario más cercano, el ambiente olía a antiséptico, alcohol y lluvia reciente. Las paredes blancas parecían estrecharse alrededor de Lysandra, quien permanecía sentada en un banco de madera con la ropa manchada de sangre seca, manteniendo las manos fuertemente entrelazadas.
A sus lados, Eren y Lyra, envueltos en mantas térmicas que les habían entregado los paramédicos, no despegaban la mirada de las puertas dobles del quirófano.
El choque de tacones rápidos y pasos pesados resonó en el pasillo. Domitilla y Aurelio De Santis irrumpieron en la sala de espera, seguidos por dos hombres de confianza armados que se apostaron de inmediato en las entradas. Domitilla, con el rostro desencajado y los ojos hinchados de tanto llorar, corrió directamente hacia Lysandra.
—¡Lysandra! ¡Por Dios bendito! —exclamó Domitilla con la voz entrecortada, cayendo de rodillas frente a ella—. Nos avisaron por la línea de emergencia del satélite... ¿Cómo está Valerio? Dinos la verdad, ¿sigue con vida?
Lysandra levantó la mirada lenta y cansada. Sus ojos verde oliva reflejaban un agotamiento absoluto, pero la frialdad que antes mostraba ante los ancianos había sido sustituida por una sobria gravedad.
—Sigue en cirugía, Sra. Domitilla —respondió Lysandra con voz baja y pausada—. Perdió demasiada sangre antes de que llegara la ambulancia. La bala del abdomen rozó la arteria femoral y el impacto en el hombro destrozó parte del hueso. Los médicos dijeron que las próximas horas son críticas.
Aurelio apretó los puños y apoyó la espalda contra la pared, manteniendo la vista fija en la luz roja de la sala de operaciones. A sus setenta años, la figura del indomable patriarca parecía envejecida por la angustia.
—Esos cerdos de los Savastano... —musitó Aurelio con una rabia sorda y contenida—. Aprovecharon que mi hijo viajó solo, sin escoltas ni blindaje, para emboscarlo como cobardes.
—No venían por él, Aurelio —intervino Lysandra con firmeza, mirando al anciano a los ojos—. Venían por mis hijos y por mí. Entraron a la casa buscando destruir el linaje De Santis. Valerio luchó solo contra cuatro mercenarios armados para darnos tiempo de escondernos en el sótano. Si no hubiese aparecido, Eren, Lyra y yo estaríamos muertos.
Domitilla ahogó un sollozo y dirigió su mirada hacia los dos pequeños. Despacio, sin intenciones de invadir su espacio, la anciana extendió la mano hacia Lyra.
—Mis niños... mis pequeños valientes... —susurró la abuela—. Tuvieron que presenciar otro infierno por culpa de este mundo maldito.
La pequeña Lyra miró a Domitilla. Ya no había pánico en su rostro, sino una profunda tristeza. Se zafó suavemente de la manta y dio dos pasos hacia la anciana, tomándole los dedos con su pequeña mano.
—El señor malo... el que dice que es nuestro papá... nos salvó —dijo Lyra con la voz temblorosa pero clara—. Él se puso enfrente de las balas para que no nos pasara nada. Él sangró mucho, abuela Tilla.
Domitilla rompió a llorar desconsoladamente al escuchar la palabra "abuela" brotar por primera vez de los labios de la niña. La estrechó en un abrazo suave y protector, besándole la cabeza con devoción.
—Lo sé, mi vida... lo sé —murmuró Domitilla entre lágrimas—. Su padre cometió errores imperdonables en el pasado, pero los ama más que a su propia vida.
Eren se puso de pie, manteniendo los brazos cruzados y la cabeza erguida. Se acercó a su madre y miró a Aurelio con una seriedad que impactó al anciano patriarca.
—Yo le dije que no se muriera —declaró Eren con firmeza, con sus ojos azul grisáceo clavados en los de su abuelo—. Le dije que tenía que despertar porque le grité que era mi papá antes de que cerrara los ojos. Él no puede romperse ahora.
Aurelio miró a su nieto, sintiendo que el pecho se le llenaba de una mezcla agridulce de dolor y orgullo ancestral. Se agachó despacio frente al niño, colocándole una mano firme sobre el hombro.
—Tienes la misma mirada de tu padre a tu edad, Eren —dijo Aurelio con la voz profundamente conmovida—. Tu padre es el hombre más duro y terco que he conocido. Si escuchó tu voz llamándolo 'papá', te juro por Dios que cruzará el mismísimo infierno para volver con ustedes.
En ese instante, el pitido eléctrico de la puerta del quirófano anunció su apertura. Un médico cirujano, vestido con ropas quirúrgicas verdes y con el rostro fatigado, salió a la sala de espera quitándose la mascarilla.
Todos se pusieron de pie de inmediato. Lysandra avanzó al frente, con los mellizos tomados de sus manos.
—¿Doctor? ¿Cómo está? —preguntó Lysandra, sintiendo que el corazón le daba un vuelco.
El médico miró a la familia y exhaló un largo suspiro.
—La intervención fue extremadamente compleja —explicó el médico, mirando alternadamente a Lysandra y a los ancianos—. Logramos contener la hemorragia interna y reconstruir los vasos sanguíneos dañados en la zona abdominal. Sin embargo, la pérdida de sangre fue masiva y entró en un paro cardiorrespiratorio durante la sutura. Logramos reanimarlo, pero su estado sigue siendo de extrema gravedad.
—¿Va a sobrevivir? —preguntó Aurelio con voz imperiosa.
—Está en coma inducido en la Unidad de Cuidados Intensivos —respondió el cirujano con prudencia—. Las próximas veinticuatro horas determinarán si su organismo resiste el trauma. Ahora mismo, su fuerza de voluntad y su respuesta neurológica son lo único que decidirá su destino. Solo se permite el paso de una persona a la vez.
Lysandra miró a Domitilla y a Aurelio. La matriarca tomó las manos de Lysandra entre las suyas y le asintió en silencio con la cabeza.
—Entra tú, Lysandra —dijo Domitilla con voz rota pero sincera—. Tú eres la única voz que él necesita escuchar para aferrarse a este mundo.
Lysandra asintió despacio. Miró a Eren y a Lyra, quienes la observaban con expectación.
—Esperen aquí con sus abuelos —les pidió dulcemente—. Voy a hablar con él.
Lysandra caminó por el pasillo estéril hasta la habitación de cuidados intensivos. Al cruzar la puerta de cristal, el sonido rítmico y pausado de los monitores cardíacos llenaba el espacio. Valerio yacía en la cama, pálido como el alabastro, conectado a tubos de oxígeno y vías intravenosas, con el torso vendado y la mirada apagada.
Lysandra se acercó despacio a la orilla de la cama. Contempló el rostro del hombre que había sido su mayor amor, su más doloroso verdugo y, finalmente, el escudo dispuesto a dar la vida por sus hijos.
Extendió la mano y tomó los nudillos fríos y desgastados de Valerio entre los suyos.
—Ocho años te odié con cada fibra de mi alma, Valerio —susurró Lysandra, permitiéndose llorar sin contenerse—. Te maldije por haberme dejado sola, por haberme mandado a la tumba sin escuchar la verdad... Pero anoche vi al hombre que se interpuso entre la muerte y mis bebés.
Lysandra se inclinó suavemente hacia adelante, acercando su rostro al del Capo e imprimiendo un beso tibio sobre su frente sudorosa.
—Tus hijos te están esperando afuera —dijo ella al oído de Valerio, con una firmeza llena de esperanza—. Eren te llamó 'papá' por primera vez... No te atrevas a dejarlos solos ahora. Lucha, Valerio De Santis. Lucha y regresa con nosotros.
En el monitor, la línea del pulso cardíaco de Valerio dio un salto repentino, acelerando levemente su ritmo constante, como si en la penumbra del coma la voz de su esposa hubiera alcanzado el rincón más profundo de su alma.