Lady Eleanor lo dio todo por amor y recibió a cambio una taza de té envenenado, la humillación pública y una ejecución silenciosa ordenada por el hombre al que juró amar: el príncipe heredero y su propio prometido. Pero la muerte no fue el final, sino el despertar de una furia milenaria.
Reencarnada en su propio cuerpo justo antes del baile de compromiso que selló su perdición, Eleanor decide cambiar las reglas del juego. Ya no será la damisela sumisa; abrazará la oscuridad que corre por sus venas, desatando la magia arcana de las brujas de sangre y firmando un pacto prohibido con un dragón milenario que duerme bajo las catacumbas del imperio. Entre pasiones peligrosas, un dark romance tan adictivo como letal y una venganza meticulosamente planeada, Eleanor está lista para destruir a todos los que la traicionaron... comenzando por el hombre que creyó que podía romperla dos veces.
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Capítulo 19
El titán apoyó su cabeza sobre la roca, cerrando a medias sus ojos para recuperar fuerzas. Aleixandre y yo permanecimos inmóviles, con las manos aún entrelazadas. Sentí cómo la herida en mi palma comenzaba a cerrarse, dejando una cicatriz plateada en forma de media luna entrelazada con escamas.
Aleixandre relajó la presión de sus dedos, pero en lugar de soltarme, deslizó su pulgar calloso sobre el dorso de mi mano con una lentitud hipnótica.
—Sobreviviste a Vaelgoth —murmuró, su voz impregnada de una admiración oscura—. Casi esperaba tener que recoger tus cenizas.
—Te advertí que no soy una damisela fácil de matar, archiduque —respondí, apartando mi mano con una frialdad ensayada—. Ahora cumple tu palabra. Aedric no tardará en enviar a sus perros.
Aleixandre soltó una carcajada baja.
—Los perros ya están aquí, Eleanor. Y es momento de que conozcas a la jauría que gobierna este castillo.
***
El Gran Salón de Guerra de las Fauces del Dragón era un anfiteatro circular de piedra volcánica donde ardían inmensos braseros de carbón. En torno a una mesa de madera petrificada estaban reunidos los seis señores de los clanes del norte, los llamados "Señores de la Escarcha". Hombres y mujeres de rostros curtidos, vestidos con pieles pesadas y armaduras de hierro tosco.
Cuando entramos, las conversaciones cesaron de golpe. Todos los ojos se clavaron en mí. No había reverencias ni sonrisas falsas. Eran miradas de escepticismo brutal y desprecio visceral. Para ellos, yo era una extraña; la ex-prometida del odiado príncipe imperial.
Un hombre gigantesco, de barba pelirroja trenzada con huesos de lobo, golpeó su jarra contra la mesa.
—¡Por los ancestros, Aleixandre! —bramó—. ¿Es verdad lo que dicen los vigías? ¿Bajaste a las catacumbas con esta muchacha del sur para jugar con la tumba de Vaelgoth? ¡La montaña tembló como un volcán! ¡La guardia imperial tiene tres legiones en la frontera y tú traes a la fugitiva más buscada a nuestra mesa!
Aleixandre caminó hacia la cabecera, despojándose de su capa con un movimiento despectivo.
—Mide tu tono, Lord Branok —dijo Aleixandre con una calma que heló el ambiente—. No estoy pidiendo tu aprobación. Te estoy informando del estado de la guerra.
—¿Guerra? —intervino una mujer de cabello cano rapado a los lados—. Esto es un suicidio. El príncipe Aedric ha prometido perdonar los impuestos si entregamos a Lady Eleanor viva o muerta. ¿Por qué desangrar a nuestros clanes por una damisela caída en desgracia?
Sentí las miradas de los señores clavarse en mi pecho. Di tres pasos al frente con la barbilla levantada.
—¿Damisela caída en desgracia? —mi voz resonó con una autoridad implacable—. Si creen que Aedric perdonará los impuestos por entregarme, demuestran ser tan ingenuos como los campesinos que creen en milagros.
Lord Branok soltó un bufido.
—Cierra la boca, niña del sur. Las mujeres de la capital solo sirven para bordar y parir. No sabes nada de sobrevivir aquí.
—Sé más de traición y muerte de lo que tú aprenderás en tres vidas, viejo imbécil —le espeté con una frialdad letal.
—¡Cómo te atreves...!
Antes de que Branok pudiera desenvainar, levanté mi mano izquierda. Liberé una fracción microscópica de mi magia negra. Una corriente de aire saturado de azufre atravesó la sala. La jarra de estaño frente a Branok se deformó al instante, derritiéndose en un charco de metal líquido. Las runas en mi antebrazo brillaron con una luz púrpura intensa.
Branok retrocedió, tropezando con su silla.
—Aedric no quiere perdonar sus impuestos —continué, bajando la mano—. Necesita su sumisión porque las cosechas del sur han dejado de responder al trono. En menos de tres meses, la capital morirá de hambre. Si me entregan, entregarán la única llave capaz de doblegar al imperio sin sacrificar a sus hombres. Y si alguno cree que puede usarme como moneda de cambio... le sugiero que desenvaine ahora mismo para comprobar si su acero es más rápido que mi fuego.
El silencio fue absoluto. Nadie se movió. Aleixandre me observaba con una sonrisa apenas disimulada, reclinado en su trono.
—Parece que la dama ha dejado clara su postura —dijo el archiduque—. ¿Alguien más tiene objeciones?
Nadie abrió la boca. Pero el momento fue interrumpido por la apertura estrepitosa de las puertas. Varek, el capitán de la guardia de Aleixandre, entró a paso redoblado.
—Mi señor —anunció—. Un convoy imperial ha cruzado el puente bajo bandera de tregua. No son soldados comunes; es el Inquisidor General Malakor en persona, con doce caballeros de la Orden del Alba Plateada. Dicen que traen un regalo de bodas para Lady Eleanor y una oferta de gracia.
Un estremecimiento frío me recorrió la nuca. ¿Un regalo? ¿Gracia? Conocía a Aedric y a Lyra. Esas alimañas no enviaban emisarios a cruzar ventiscas para ofrecer paz.
Aleixandre se puso de pie, su expresión volviéndose la de un depredador.
—Hazlos pasar —ordenó—. Veamos qué basura ha enviado el principito.
Diez minutos más tarde, Malakor entró. Era un hombre alto, enjuto y cadavérico, con una túnica de seda blanca bordada con soles de oro. Su rostro era una máscara de crueldad fanática. A su espalda, sirvientes vestidos con la librea de la casa Fiargod transportaban un pesado arcón de ébano cubierto con terciopelo morado.
Malakor se detuvo frente a nosotros, ignorando a Aleixandre y clavando su mirada lechosa en mí.
—Lady Eleanor Fiargod —su voz era sibilante—. La santa iglesia ha rezado para purificar el trono que mancillasteis. El príncipe Aedric, en su infinita misericordia y aconsejado por la piadosa Lady Lyra, vuestra futura emperatriz, os ofrece una última oportunidad. Si os entregáis, se os permitirá la redención en la Torre del Martirio Blanco.
—¿Redención? —pregunté con asco.
—Se os extirpará la lengua para evitar blasfemias y vuestros ojos serán purificados con fuego bendito antes de la pira de expiación. Un final misericordioso para una traidora —respondió Malakor con sádico placer—. Y para demostrar cuán generosa es vuestra prima Lyra... os ha enviado un presente personal.
Los sirvientes depositaron el arcón en el suelo. El cerrojo se abrió con un chasquido. El olor que escapó no era incienso. Era el hedor metálico de la carne descompuesta.
Impresionante comienzo.
Arriba las villanas!