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PRISIONERA DE LA LUNA ETERNA

PRISIONERA DE LA LUNA ETERNA

Status: Terminada
Genre:Mundo mágico / Mundo de fantasía / Amor eterno / Completas
Popularitas:620
Nilai: 5
nombre de autor: Betsy Gómez

Náyrel siempre creyó que la soledad era el precio de su existencia. Oculta entre los árboles de un bosque encantado, guardaba un secreto que podía cambiar el destino de todos los reinos sobrenaturales: era la última hija de la Luna Blanca. Pero su mundo cambia el día que Darian Varek, el temido señor del Reino de las Sombras, descubre su existencia. Frío, dominante y acostumbrado a que todos obedezcan sus órdenes, Darian decide llevarla a su castillo, convencido de que ninguna fuerza podrá arrebatársela. Sin embargo, Náyrel no nació para vivir entre muros ni para inclinar la cabeza ante ningún hombre. Se resistirá a sus órdenes, desafiará su autoridad y escapará tantas veces como sea necesario. Pero Darian siempre la encontrará. Entre persecuciones, secretos ancestrales y una atracción que ninguno logra comprender, Náyrel descubrirá que detrás de la frialdad de aquel inmortal existe una oscuridad mucho más profunda de lo que imaginaba. Y Darian aprenderá que la única criatura capaz de desafiar su poder también podría convertirse en su mayor debilidad. Ella desea escapar de él. Él está dispuesto a desafiar a la eternidad para conservarla a su lado. Pero cuando la verdad sobre el origen de Náyrel salga a la luz, ambos descubrirán que su encuentro no fue una coincidencia y que el destino les tiene reservado algo mucho más peligroso que el amor. Porque algunas almas están destinadas a encontrarse… incluso cuando una de ellas haría cualquier cosa por escapar. 🌙 ¿Podrá Náyrel conquistar su libertad sin perder el corazón ante el único hombre del que jamás debió enamorarse?

NovelToon tiene autorización de Betsy Gómez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El hombre detrás de las sombras

Náyrel regresó a sus habitaciones cuando la noche comenzaba a cubrir el castillo. Todavía tenía en la mente la voz de su madre y la confesión de Darian. Había pasado tantos años creyendo que su familia pertenecía al pasado que descubrir que Aveline seguía viva debería haberla llenado de felicidad. Sin embargo, la esperanza venía acompañada de preguntas que aún no sabía cómo responder.

Elowen había dejado una bandeja con comida junto a la ventana, pero Náyrel apenas la miró. Se quitó el brazalete de plata que Darian le había entregado días atrás y lo dejó sobre la mesa. Después se acercó al cristal. Desde allí podía contemplar el jardín, iluminado por la luna, y los senderos que atravesaban los terrenos del castillo.

—Si sigues mirando así, terminarás convenciendo a la noche de que te deje escapar —dijo una voz desde la entrada.

Náyrel se volvió de inmediato. Darian estaba apoyado en el marco de la puerta, vestido de negro, con el cabello ligeramente despeinado y una expresión menos severa de lo habitual.

—¿Ahora también vigilas mis ventanas?

—No. He llamado dos veces y no has respondido.

—Quizá porque no te invité a entrar.

Darian miró la puerta abierta y después regresó los ojos hacia ella.

—Es una observación justa.

En lugar de acercarse, permaneció en el umbral.

Náyrel no pudo evitar sorprenderse. El hombre que la había llevado al castillo contra su voluntad parecía estar aprendiendo, lentamente, que no podía decidirlo todo por ella.

—¿Qué quieres? —preguntó.

—Saber si has comido.

—¿Eso es todo?

—También quería disculparme.

La respuesta la tomó desprevenida.

Darian bajó la mirada hacia sus manos, como si encontrar las palabras adecuadas le resultara más difícil que enfrentarse a cualquier enemigo.

—He pasado demasiado tiempo creyendo que proteger a alguien significa anticiparme a sus decisiones. Cuando descubrí que estabas en peligro, pensé que traerte aquí era suficiente. No me detuve a preguntarte qué querías tú.

—Porque estás acostumbrado a que todos te obedezcan.

—Sí.

—Y crees que eso te da la razón.

—A veces he confundido ambas cosas.

Náyrel lo observó con atención. Esperaba que añadiera una justificación, pero Darian no intentó defenderse.

—No voy a perdonarte todo de una noche a otra —le advirtió.

—No te lo estoy pidiendo.

Por primera vez desde que lo conocía, ella no supo qué contestar.

Darian señaló la bandeja.

—Elowen preparó una infusión con las hierbas que utilizabas en tu cabaña. Pensé que quizá te ayudaría a descansar.

Náyrel se acercó y reconoció el aroma de las hojas. Era una mezcla que su madre le había enseñado a preparar cuando era pequeña.

—¿Cómo sabes hacer esto?

—No sé hacerlo. Le pedí a Elowen que me enseñara cuáles eran las hierbas correctas.

Aquella confesión le arrancó una pequeña sonrisa.

—¿El gran Darian Varek pidiendo ayuda para preparar una infusión?

—Puedes disfrutar de este momento. No pienso admitirlo delante de Kael.

Náyrel soltó una risa breve, espontánea. Darian la miró como si aquel sonido lo hubiera sorprendido más que cualquier hechizo. Durante unos segundos, la dureza de su rostro desapareció.

—Deberías reír más —murmuró él.

La sonrisa de Náyrel se desvaneció un poco.

—Y tú deberías dejar de comportarte como si llevaras el peso del mundo sobre los hombros.

—Alguien tiene que hacerlo.

—No siempre tienes que ser tú.

Darian apartó la mirada hacia el jardín. Náyrel percibió que había tocado algo que él prefería mantener oculto.

—¿Nunca te cansas? —preguntó ella con más suavidad—. De gobernar, de dar órdenes, de tener que parecer invencible.

Él tardó en responder.

—Hay noches en las que desearía entrar en una habitación sin que todos se pusieran de pie. Sentarme a comer sin que alguien espere una decisión. Hablar sin preguntarme si cada palabra puede convertirse en una debilidad.

Náyrel comprendió entonces que la soledad de Darian no se parecía a la suya, pero seguía siendo soledad.

—Podrías empezar por sentarte —dijo, señalando la silla frente a la ventana—. No pienso ponerme de pie para ti.

Darian arqueó una ceja.

—Qué generosa invitación.

—Es eso o puedes seguir hablando desde la puerta.

Él aceptó la invitación y se sentó. Por primera vez, compartieron una habitación sin discutir sobre las reglas, las profecías o los secretos de sus familias.

Hablaron del bosque, de las plantas que Náyrel extrañaba y de los lugares que Darian había visitado durante sus largos años de vida. Él le contó que había visto ciudades construirse y desaparecer, y ella quiso saber si alguna vez había encontrado un sitio al que deseara regresar.

—No —respondió Darian—. Hasta ahora, nunca había tenido uno.

Náyrel sintió que aquellas palabras significaban más de lo que él estaba dispuesto a explicar. No preguntó. Todavía no estaba preparada para confiar plenamente en él, pero comenzaba a descubrir al hombre detrás del soberano.

Cuando Darian se levantó para marcharse, ella lo llamó.

—Puedes venir mañana, si quieres.

Él se detuvo y la miró.

—¿Es una invitación o una orden?

Náyrel sonrió al reconocer sus propias palabras.

—Una invitación. No te acostumbres.

—Haré un esfuerzo.

Darian salió sin añadir nada más. Náyrel cerró la puerta y regresó a la ventana, sorprendida por la tranquilidad que sentía.

Por primera vez, pensar en Darian no le provocó únicamente desconfianza.

Y en el corredor, mientras se alejaba, el soberano de las Sombras descubrió algo que llevaba siglos sin experimentar: la esperanza de que alguien quisiera volver a verlo, no porque tuviera que obedecerlo, sino porque realmente deseaba su compañía.

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