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Sangre De Dos Imperios : Bisturí Y Plomo

Sangre De Dos Imperios : Bisturí Y Plomo

Status: Terminada
Genre:Embarazo no planeado / Reencuentro / Mafia / Completas
Popularitas:7.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Aleksandra es una brillante residente de neurocirugía que creció en un orfanato creyendo que sus padres murieron en un accidente común. Desconoce que su padre fue un desertor de la mafia rusa que la entrenó en combate y manejo de armas antes de dejarle una fortuna oculta. Su ordenada vida da un vuelco la noche en que rescata de un callejón a Dante Moretti, el temido heredero de la mafia italiana, herido de muerte tras una emboscada.
Ella le salva la vida operándolo en secreto en su cocina y, entre la fiebre y el peligro, comparten una noche ardiente y desesperada. Al amanecer, él ha desaparecido. Descubriendo poco después que está embarazada, Aleksandra huye a Dubái con una beca médica para criar a su hijo lejos de la violencia.

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Capítulo 21: Niebla en los jardines

La luz del alba entró oblicua, tiñendo el lago de Como de un tono ceniciento y helado.

Aleksandra había regresado a la suite del ala este mucho antes de que el sol rompiera el horizonte. Sentada en el borde de la cama, observaba sus propias manos apoyadas en el regazo. No había arrepentimiento en sus dedos, pero sí una lucidez punzante: lo ocurrido en el despacho de Dante no había sido una tregua ni un perdón; había sido el choque inevitable de dos fuerzas que no podían coexistir sin destruirse. Dante dormía apenas tres horas por noche, pero cuando ella se apartó de su pecho en la penumbra, vio en sus ojos grises una posesión definitiva. Para él, ya no había vuelta atrás.

Dimitri se despertó tosiendo.

No era una tos seca común. El pequeño respiraba con una leve sibilancia en el pecho, producto de la humedad penetrante del norte de Italia tras haber vivido tres años bajo el calor seco del desierto. Al ponerle la palma en la frente, Aleksandra constató febrícula: treinta y siete con ocho.

—Te duele la garganta, ¿verdad, solnyshko? —preguntó en ruso, arrodillándose junto al colchón.

El niño asintió despacio, frotándose los ojos con los puños.

—Me pica aquí adentro, mami —dijo en un hilo de voz, señalándose el esternón.

Aleksandra no dudó. El instinto médico sepultó de inmediato cualquier cavilación sobre Dante. Necesitaba auscultarlo con su propio instrumental y conseguir antibióticos pediátricos de amplio espectro por precaución. Bajó al vestíbulo principal llevando al niño envuelto en un abrigo de lana gruesa.

En la planta baja, Dante revisaba mapas logísticos junto a Lorenzo. Vestía un traje oscuro impecable, pero al ver bajar a Aleksandra con Dimitri en brazos, la frialdad de su rostro se quebró en una fracción de segundo. Sus ojos buscaron los de ella, cargados de la electricidad de la madrugada, antes de posarse en la palidez del pequeño.

—¿Qué tiene? —la voz de Dante brotó con un tono bajo, autoritario pero tenso.

—Broncoespasmo leve por cambio térmico —respondió Aleksandra con frialdad clínica, marcando la distancia profesional que necesitaba para no desmoronarse—. Bellini tiene un dispensario médico montado en el pabellón de cristal de los jardines bajos. Necesito bajar con mi maletín, auscultarlo con luz natural y prepararle una nebulización.

Dante evaluó la orden. El pabellón de cristal era un antiguo invernadero victoriano reacondicionado a mitad de los jardines aterrazados, a unos doscientos metros del cuerpo principal de la mansión, resguardado por las murallas perimetrales y cubierto por cámaras térmicas.

—Lorenzo, ve con ellos —ordenó Dante, colocándose el saco—. Yo tengo una videoconferencia con los armadores de Génova en diez minutos. Apenas terminen, suban al niño de inmediato. El clima va a empeorar.

—Descuide, Don Dante. Marco y Matteo cubren los flancos exteriores —aseguró Lorenzo, acomodándose la sobaquera bajo la chaqueta.

Aleksandra no esperó. Cruzó las puertas francesas que daban a las terrazas exteriores.

El descenso hacia los jardines inferiores se hacía a través de una escalinata de lajas húmedas flanqueada por setos altos de tejo y cipreses centenarios. La niebla del lago subía como humo blanco, densa y pesada, reduciendo la visibilidad a menos de quince metros. El silencio era casi absoluto, roto solo por el goteo del agua sobre las hojas y el crujido de las botas de los dos escoltas que caminaban diez pasos detrás.

Dimitri apoyaba la cabeza en el hombro de su madre, aferrado a su cuello. Aleksandra llevaba su maletín de cuero negro en la mano derecha.

A mitad de camino, al doblar el recodo que conducía a la pérgola de piedra, un detalle microscópico alertó el sistema nervioso de la cirujana.

No fue un ruido. Fue la ausencia total de sonido.

Los pájaros que habitaban los setos no cantaban. Y en el suelo de gravilla, a tres metros del camino principal, una mancha de agua no reflejaba la luz grisácea del cielo: tenía un tono aceitoso, brillante, con un olor apenas perceptible a neopreno mojado y combustible diésel de motor fuera de borda.

«Agua del lago. Alguien subió por el acantilado».

Aleksandra detuvo el paso en seco. Su centro de gravedad bajó automáticamente.

—Lorenzo —susurró, sin darse vuelta, con una voz tan gélida que el lugarteniente frenó al instante con la mano ya rozando la culata de su arma.

—¿Qué ocurre, señorita?

—El perímetro está roto. Hay intrusos en el tejar.

Antes de que Lorenzo pudiera desenfundar o dar la alarma por la radio interna, el aire se fracturó con una serie de silbidos secos y neumáticos.

Ffft. Ffft.

No hubo detonaciones abiertas; eran disparos con silenciador de calibre subsónico. Marco, el guardia que cubría el flanco derecho, cayó de bruces sobre la hierba con un impacto en la nuca antes de que su cerebro registrara el ataque. A su lado, Matteo intentó levantar su subfusil, pero dos proyectiles le perforaron el pecho a través del abrigo, arrojándolo hacia atrás contra las lajas de piedra en un estertor ahogado.

—¡Emboscada! —rugió Lorenzo, lanzándose al suelo mientras sacaba su pistola y disparaba a ciegas hacia la cortina de niebla—. ¡Señorita, corra hacia el palacio! ¡Ahora!

Un tercer disparo impactó en el hombro de Lorenzo, haciéndolo girar sobre sí mismo con un grito de dolor. Su arma resbaló por la gravilla empapada mientras una ráfaga automática barría la balaustrada de mármol, haciendo saltar esquirlas de piedra que cortaron el aire como metralla.

Aleksandra no gritó. No vaciló.

Con un movimiento relampagueante, empujó a Dimitri detrás de la base maciza de una fuente de piedra ornamental, arrodillándose sobre él para cubrirlo por completo con su cuerpo.

—Dimitri, la cabeza abajo, las manos sobre las orejas y los ojos cerrados —le ordenó en ruso, con un susurro feroz que no admitía réplica—. Pase lo que pase, no te mueves. ¿Me escuchaste?

—Sí, mami —respondió el niño, encogiéndose en posición fetal con los párpados apretados, respirando el polvo húmedo de la piedra.

Desde la densa bruma del jardín emergieron tres figuras vestidas con uniformes tácticos negros, chalecos antibalas sin insignias y pasamontañas. Se movían con una sincronía pesada, militar, implacable. No eran los sicarios italianos de Valerio; su porte ancho, la zancada corta y el agarre en los fusiles Kalashnikov compactos delataban el entrenamiento de fuerzas especiales del este de Europa.

Mercenarios de la Bratva. Los hombres de Nikolai.

El líder del escuadrón, un hombre de casi dos metros con una cicatriz visible a través de la abertura del pasamontañas, pateó el cuerpo agonizante de Lorenzo para alejarlo de su alcance. Bajó el cañón de su arma y avanzó con paso firme hacia la fuente donde yacía Aleksandra cubriendo al niño.

—Qué presa tan fácil —soltó el hombre en ruso, con una risa gutural y cargada de desprecio—. El Don italiano nos ahorró el trabajo de buscarte. Levántate despacio, mujer, y entrega al mocoso si no quieres que te vacíe el cargador en la cabeza.

El mercenario estiró un brazo enguantado para tirar del cuello del abrigo de Aleksandra.

Fue el último error de su vida.

Aleksandra no levantó las manos en súplica. Sus ojos verdes brillaron con una furia ancestral, la misma sangre de Mikhail Volkov que había dormido en sus venas durante dos décadas.

Soltó el maletín de cuero. En una fracción de segundo imperceptible para el ojo humano, no empuñó una pistola: sus dedos se cerraron sobre el mango de acero estéril de su bisturí número diez, el de hoja curva y filo de diamante, que llevaba siempre listo en el estuche metálico de emergencias.

La cirujana se puso de pie no como una presa acorralada, sino como un depredador desatado.

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Marta Luisa Nebreda Escalante
no sólo que lo abrió sino que ella se abrió de piernas a él 🤣
Marta Luisa Nebreda Escalante
ella es más mafiosa que él, porque viene de la mafia rusa 🤔🤦
Marta Luisa Nebreda Escalante
no quiere llevarlo hacia la mafia de su padre y qué lindo ejemplo le está dando al hijo con un arma en la mano.....va va vs🤔
Ana Cortes
felicidades me encantó tu novela fue fluida y no monótona lo único que al final las edades de los hermanos no coincidían ya que de principio se llevaban por tres años al final fueron por seis años todo lo demás lo disfrute al máximo éxito y bendiciones♥️♥️♥️
Marta Luisa Nebreda Escalante
jajaja jajaja 🤣, idiota e inconsciente dijo porque se fué y no pensó lo mismo cuando se encamo 😂😂😂😂😂😂
Ana Cortes
dios los libre
Mayra C Velez V
cuándo le dirá papá ☺️
Mayra C Velez V
madre mía 🤭
Ana Cortes
como dra puede irse sin pensar en sus pacientes de Dubai irse sin dar ninguna explicacion
Mayra C Velez V
mas de cuatro años... tres años y medio de Dimitri más el embarazo
Mayra C Velez V
/Toasted//Shy//Gosh/
Maria Gudiño
y el trabajo en Dubai 🤔🤔🤔?????
Mayra C Velez V
"en tú cama"
Mayra C Velez V
"en tu cocina" creo
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