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Objetivo: Inalcanzable

Objetivo: Inalcanzable

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / Reencuentro / Completas
Popularitas:6k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Para el círculo militar y la alta sociedad, ella es la intocable "princesa de cristal": la menor de cuatro hermanos que visten uniforme de élite, la niña consentida de un temido General de cuatro estrellas y la heredera natural del imperio de moda de su madre. Nadie imagina que, a puertas cerradas, sus hermanos la entrenaron sin piedad para que jamás fuera el eslabón débil de la dinastía.
El verdadero golpe no lo recibió en un campo de tiro, sino en una fiesta de graduación.Tras arreglarse para ser vista como la mujer que es, escucha al mejor amigo de su hermano —el chico del que estuvo enamorada en secreto durante años— burlarse de ella y despreciar sus sentimientos ante su círculo militar solo para inflar su ego y marcar territorio.
Ella se marcha con una sola promesa grabada a fuego: ser la mejor

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3: La Caída del Telón

A las seis y media de la mañana siguiente, Dante Cruz entró por la puerta trasera de la residencia Keller con una bolsa de café recién molido en una mano y las llaves de su camioneta en la otra.

Llevaba puesta una sudadera gris del ejército con las mangas cortadas y pantalones cortos de entrenamiento, listo para correr las diez millas habituales por los senderos boscosos de la propiedad junto a Liam y Gael. Estaba de buen humor; la asignación preliminar de su pelotón en Fort Bragg pintaba prometedora y el sol de Virginia anunciaba una mañana templada.

Sin embargo, en el instante en que sus botas pisaron el parqué del vestíbulo, el aire denso y fúnebre de la casa le erizó el vello de los brazos.

El comedor principal seguía tal cual había quedado la noche anterior: la mesa puesta con copas intactas, la mancha oscura de vino tinto absorbida por la madera y los restos de una copa de cristal quebrada en esquinas invisibles sobre el suelo.

En la isla de la cocina, Liam, Gael, Bruno y Mateo estaban sentados en silencio absoluto. Ninguno llevaba ropa deportiva. Los cuatro tenían los codos sobre el granito, los hombros caídos y tazas de café negro humeando frente a ellos sin que nadie diera un sorbo. Parecían cuatro reclutas que acababan de presenciar la caída de su propia línea de defensa.

—Vaya caras —soltó Dante, dejando la bolsa sobre la encimera con una media sonrisa forzada que no encontró eco—. ¿Quién se murió? ¿El General les canceló las vacaciones antes del despliegue?

Nadie se rió. Bruno ni siquiera levantó la vista.

Liam alzó la cabeza despacio. Tenía los ojos inyectados en sangre, las ojeras violetas y la mandíbula tan apretada que los músculos de sus sienes palpitaban con furia contenida.

—Sienna se fue —dijo Liam. La voz le salió seca, hueca.

Dante frunció el ceño. El pecho le dio un vuelco extraño, un golpe seco e irracional que intentó disimular cruzándose de brazos.

—¿A París? Creí que el vuelo a Europa era el mes que viene. Si tanto les dolió que su hermana se vaya a estudiar trapos, hubieran ido a despedirla al aeropuerto en lugar de quedarse aquí sentados como viudas.

Gael soltó un bufido amargo y se frotó la cara con ambas manos:

—No se fue a París, idiota. No hay escuela de diseño.

—¿Entonces? —la impaciencia de Dante empezó a teñirse de una molestia cortante. Buscó con la mirada el pasillo, como si esperara que la castaña bajara en cualquier momento con su paso silencioso y sus auriculares puestos—. ¿A dónde carajos se fue?

Liam deslizó una hoja de papel doblada por la mitad sobre la encimera. Era la copia del expediente sellado que el General Marcus Keller había intentado quemar en la chimenea a las dos de la madrugada antes de encerrarse en su despacho con una botella de whisky sin dirigirle la palabra a nadie.

Dante desdobló la hoja.

Sus ojos escanearon el encabezado en negrita, el sello del águila bicéfala y las coordenadas en clave del Pentágono.

SOCID. División de Operaciones Especiales y Ciberinteligencia Negra. Candidato 0-774: Aceptada. Filtro preliminar de supervivencia: Black Site Four.

El café en el estómago de Dante se convirtió en ácido puro. Sus dedos se cerraron sobre el papel hasta arrugarlo, sintiendo cómo la sangre abandonaba su rostro a una velocidad vertiginosa. Conocía esa división. En la academia militar, los instructores bajaban la voz cuando hablaban de SOCID: era el hoyo negro donde enviaban a los operadores que no tenían existencia legal. Una unidad que operaba tras las líneas enemigas sin banderas, donde el índice de bajas en entrenamiento era del cuarenta por ciento y donde la tasa de supervivencia física rozaba el milagro.

—Esto es una locura —rugió Dante, dando un paso al frente y golpeando la isla de la cocina con la palma abierta—. ¡Tiene dieciocho años, maldita sea! ¡Apenas pesa cincuenta kilos! ¡Esa división es un matadero! ¡Liam, tu padre es un General de cuatro estrellas, tiene que levantar el teléfono y revocar esa orden de traslado ahora mismo!

—Papá no puede hacer una mierda —le escupió Mateo desde la esquina, con la voz rota por la culpa—. El General intentó frenarlo anoche. Le gritó... le dijo que era una inútil, que no tenía madera para la guerra, que iba a terminar llorando de rodillas... y mamá casi le vuela la cabeza con un jarrón antes de empacar sus cosas. Sienna hackeó el sistema federal para que su expediente entrara por la oficina del Subsecretario de Defensa. Si papá intenta tocar esa ficha con sus influencias, le abren una corte marcial por interferencia en seguridad nacional.

Dante sentía que las paredes de la cocina se le venían encima. El aire acondicionado no bastaba para apagar el fuego helado que le quemaba las sienes.

—¿Por qué? —preguntó Dante, clavando su mirada desesperada en Liam—. ¿Por qué diablos haría algo tan suicida? Ella tenía todo resuelto aquí.

Liam levantó los ojos. No había en ellos la camaradería de siempre; había un reproche oscuro, visceral y doloroso.

—Escuchó lo que dijiste en el hangar, Dante.

El silencio que cayó sobre la cocina fue absoluto. Tan violento que a Dante le zumbó el oído izquierdo.

—¿Qué?

—En la fiesta de graduación —continuó Liam, midiendo cada sílaba como si estuviera cargando un proyectil de artillería—. Cuando Miller y Briggs se estaban burlando. Ella estaba detrás de la columna de ladrillos. Vio tu show de mierda. Te escuchó llamarla «Cristalito». Te escuchó decir que era una mocosa mimada, que te aburría su debilidad y que no la tocarías ni aunque fuera la última mujer en la tierra.

Dante sintió el impacto en el centro exacto del esternón.

El recuerdo de esa noche volvió como una ráfaga de metralla: el vestido negro ceñido, la espalda desnuda, la piel dorada... y esos ojos castaños, fríos como la muerte, mirándolo desde la penumbra antes de darse la vuelta sobre sus tacones. No había sido una coincidencia. Ella había estado allí. Lo había escuchado todo.

Cada palabra estúpida, cobarde y arrogante que él había escupido para proteger su ego frente a un grupo de borrachos se había convertido en el detonante que la empujó directo al foso de los leones.

—Liam... yo no... —balbuceó Dante, sintiendo por primera vez en su vida que la voz no le respondía—. Sabes que no quise decir eso. Eran esos imbéciles hablando mierda, yo solo quería cortar el tema para que no...

—No me des explicaciones a mí —lo cortó Liam, poniéndose de pie y encarándolo a escasos centímetros de distancia—. Ella te dejó un mensaje antes de subirse al coche.

Dante contuvo la respiración, con el corazón golpeándole las costillas como un animal enjaulado.

—¿Qué dijo?

Liam clavó sus pupilas en las de su mejor amigo con una frialdad demoledora:

—Dijo: «Dile a tu amigo Cruz que la muñequita de trapo le manda saludos. Y que rece para no cruzarse en mi camino cuando yo lleve un arma de verdad».

Dante retrocedió medio paso, como si las palabras hubieran tenido masa física.

Apretó los puños hasta que las uñas se le clavaron en la carne de las palmas. La imagen de la niña que le guardaba sitio en la mesa, que le ponía hielo en los ojos morados tras los combates clandestinos y que lo miraba como si fuera invencible se había evaporado para siempre.

En su lugar, había creado un espectro con sed de venganza.

Sin decir una sola palabra, Dante dio media vuelta y salió disparado hacia la puerta principal.

Subió a su camioneta de un salto, encendió el motor rugiente y pisó el acelerador a fondo, quemando neumáticos sobre la grava del camino privado. Condujo como un demente hacia el cuartel general de la guarnición militar, sacando el teléfono satelital y marcando a sus contactos en la división de inteligencia naval.

—Necesito las coordenadas de Black Site Four —ladró Dante en cuanto contestaron la línea—. Ahora mismo. Me importa una mierda el nivel de autorización.

—¿Te volviste loco, Cruz? —respondió la voz al otro lado de la línea estática—. Esa instalación no figura en los mapas topográficos del ejército. Está bajo jurisdicción de la CIA y el ala negra del FBI. Si te acercas a menos de cinco millas de ese perímetro sin un código de extracción activa, los francotiradores te abren el cráneo antes de que veas la primera valla de alambre. Olvídalo. Quien entra ahí, no existe para nadie durante los próximos seis meses.

Dante arrojó el teléfono contra el tablero del copiloto con un rugido de rabia pura, golpeando el volante una, dos, tres veces hasta que la piel de sus nudillos se desgarró contra el cuero.

Estaba fuera de su alcance. La había perdido.

Complejo Táctico "Black Site Four", Montes Apalaches, Virginia Occidental. 05:45 Horas.

La lluvia helada de las montañas caía en agujas finas sobre el asfalto agrietado del patio de armas. El aire olía a pino mojado, tierra arcillosa, queroseno militar y al óxido pesado de las alambradas de espino que rodeaban las torres de vigilancia de hormigón armado.

Cuarenta y ocho reclutas permanecían formados en cuatro filas de doce, vestidos con el uniforme táctico reglamentario de faena: pantalones de camuflaje urbano gris pizarra, botas de combate pesadas y camisetas térmicas negras sin insignias ni banderas.

Eran gigantes. La mayoría provenía de los Navy SEALs, los Rangers del 75.º Regimiento, operadores de rescate de la Fuerza Aérea y analistas de campo de la DIA. Hombres de metro noventa, con barbas cerradas, espaldas anchas como murallas y cicatrices visibles que daban fe de despliegues en Oriente Medio y Europa del Este.

Y en el extremo izquierdo de la última fila, con la espalda recta como una bayoneta y la barbilla ligeramente alzada, estaba Sienna Keller.

Llevaba el pelo recogido en una trenza francesa tan apretada que tensaba los ángulos afilados de su rostro. Sus botas estaban impecablemente anudadas; sus manos, firmes a los costados, no temblaban a pesar de que el termómetro marcaba cuatro grados bajo cero. A su lado, un ex-Ranger de casi cien kilos de masa muscular la miró de reojo con una sonrisa torcida y condescendiente:

—Te equivocaste de desfile, muñeca —susurró el hombre, sin mover la cabeza—. El casting para las secretarias del Pentágono era en el edificio sur. Sal de la fila antes de que el instructor te use como peso muerto para las flexiones.

Sienna ni siquiera pestañeó. Clavó la mirada al frente, hacia la niebla que bajaba por los pinos.

—Asegúrate de memorizar el número de mi bota, soldado —respondió ella con un susurro gélido que cortó el viento—. Porque es lo único que vas a ver cuando estés tragando barro detrás de mí en la pista de obstáculos.

El hombre soltó un bufido de desprecio, pero se calló en seco cuando una camioneta blindada de color negro mate frenó frente a la formación con un chillido sordo.

De la cabina descendió el Instructor Jefe: el Mayor Donald Briggs, conocido en los pasillos negros de Langley como «El Carnicero». Cincuenta años, un ojo de cristal de color lechoso tras una explosión en Bagdad, mandíbula de hierro y un cronómetro digital colgado al cuello.

Briggs caminó frente a las filas con las manos a la espalda, dejando que sus botas crujieran lentamente sobre la grava.

—Bienvenidos al purgatorio, escoria —dijo Briggs, sin alzar la voz, pero con un timbre tan cavernoso que congeló la respiración de los cuarenta y ocho aspirantes—. Para el gobierno de los Estados Unidos, ustedes murieron en sus unidades de origen esta medianoche. No tienen rango, no tienen nombre, no tienen condecoraciones y a nadie allá afuera le importa una mierda si regresan en una bolsa negra. Aquí solo son números.

El Mayor se detuvo exactamente frente a Sienna.

El ojo sano del hombre la escudriñó de arriba abajo: midió la envergadura de sus hombros, la delgadez de su cintura, la falta de volumen muscular comparada con las bestias que la flanqueaban... y luego se detuvo en sus ojos.

No encontró el pánico tembloroso de los civiles. Encontró el vacío calibrado de alguien que ya no tenía nada que perder.

Briggs curvó los labios en una mueca sardónica:

—Candidato 0-774. Hija de un General de cuatro estrellas, recomendada por el Subsecretario por sus jueguitos de computadora.

Un murmullo sordo de burlas sofocadas recorrió las filas de los soldados.

—¿Cree que este lugar es una guardería para niños ricos con complejos de héroe, 774? —ladró Briggs, inclinándose hacia adelante hasta que su aliento a café rancio y tabaco le rozó la cara a Sienna—. ¿Cree que sus apellidos van a salvarle el pellejo cuando la sumerja en agua helada hasta que sus pulmones colapsen?

Sienna sostuvo la mirada del oficial con una calma mortífera. Ni un solo músculo de su mandíbula tembló.

—Mi apellido se quedó en la puerta de la base, Mayor —respondió con una dicción militar impecable, clara y afilada como un bisturí—. Y si cree que un baño de agua fría va a quebrarme, es porque no ha visto la clase de demonios con los que crecí en mi propia casa. Póngame a prueba.

El Mayor Briggs entrecerró el ojo sano, fascinado por la insolencia gélida de la chica. Dio un paso atrás y levantó el silbato de metal.

—¡¡MOCHILAS DE SESENTA LIBRAS A LA ESPALDA!! —bramó el Carnicero, y el patio de armas se transformó en un infierno de órdenes y carreras—. ¡¡CINCO MILLAS EN SUBIDA POR EL LODAZAL DE LA COLINA NEGRA! ¡LOS DIEZ ÚLTIMOS EN LLEGAR ENTREGAN SU PLACA Y SE LARGAN A CASA EN EL CAMIÓN DE LA BASURA!! ¡¡TIEMPO CORRIENDO!!

El silbato retumbó contra la montaña.

Sienna no vaciló. Cargó la mochila táctica de lona pesada sobre sus hombros con la memoria muscular de los castigos de sus hermanos, ajustó las correas pectorales de un tirón seco y se lanzó hacia el lodo helado de la colina, adelantando al ex-Ranger con una zancada elástica, firme y hambrienta de sangre.

La cacería acababa de comenzar.

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