Una noche que no debía ocurrir. Un secreto que dura siete años. Y dos niños dispuestos a cambiarlo todo.
Ariana lo había perdido casi todo: el cariño de su padre, su lugar en casa, su sueño de estudiar. Lo único que le quedaba era su tenacidad. Hasta que una trampa cruel la arroja a los brazos de Edgar Alcázar, el presidente del imperio empresarial más poderoso del país, un hombre tan atractivo como glacial. Al amanecer, ella huye con un secreto que jamás imaginó llevar.
Siete años después, Ariana ha rehecho su vida lejos de todo, convertida en madre de unos gemelos que no son niños comunes: Rayan y Zayan son dos pequeños genios capaces de hackear cualquier sistema... y de trazar el plan maestro para encontrar al padre que nunca conocieron.
Cuando el destino vuelve a cruzar sus caminos, Edgar no piensa dejarla ir por segunda vez. Pero entre ellos se interponen viejas heridas, un comisario que la protegió en silencio durante años y una familia dispuesta a todo con tal de arrebatarle la herencia al heredero.
¿Podrá el amor sobrevivir a siete años de mentiras y a los secretos que aún no han salido a la luz?
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Capítulo 12
La noche avanzaba cuando el auto de Edgar por fin entró en el patio de la mansión Alcázar. El hombre bajó con un aspecto muy lejos de su habitual porte imponente: la corbata suelta, la camisa blanca arrugada, la mirada apagada y velada de frustración.
Don Fernando, sentado en su silla de ruedas, impulsó las ruedas hacia su hijo. Sus ojos barrieron el espacio a espaldas de Edgar, desconcertados.
—Edgar... ¿y mi nuera? ¿Cómo que no viene contigo? —preguntó don Fernando, intrigado.
Esa pregunta fue la última gota que derribó la entereza de Edgar. Su cuerpo, siempre erguido, se desplomó de golpe. Edgar se hincó de rodillas en el suelo y apoyó la cabeza, pesada como plomo, en el regazo de su padre. En toda su vida, don Fernando jamás había visto a su único hijo, apuesto y frío, convertido en alguien tan quebrado.
—¿Qué te pasa, hijo? ¡Cuéntale a tu papá! —dijo don Fernando con dulzura, acariciándole el cabello con todo el cariño del mundo.
Edgar levantó la vista. Las lágrimas que había estado conteniendo empezaron a rodarle por las mejillas.
—Papá... no pude encontrar a Ariana... Ella... ¡ella está esperando un hijo mío!
—¿Qué? —Don Fernando se sobresaltó, los ojos muy abiertos, sin dar crédito—. ¿Así que... esa mujer está embarazada? Yo... ¿yo voy a ser abuelo?
—¡Sí, papá! Ariana lleva mi sangre en su vientre... Pero su padre la echó de la casa y ahora se fue no sé adónde, como si se la hubiera tragado la tierra. ¡La busqué por todas partes y no encontré nada! —se lamentó Edgar con la voz quebrada.
Tras su reputación de empresario frío e intocable, Edgar poseía en realidad un corazón sensible y lleno de afecto. En toda su vida solo había conocido dos veces el dolor desgarrador de una pérdida así de honda: la primera, cuando murió su madre; y ahora, al perder el rastro de Ariana y del hijo tan anhelado.
Don Fernando abrazó con fuerza la cabeza de su hijo, tratando de infundirle entereza.
—Edgar, vamos a buscar de nuevo a Ariana. Estoy seguro de que la encontraremos. ¡Aunque tenga que buscarla hasta el fin del mundo! No te rindas, hijo... ¡tienes a tu papá, que siempre va a estar a tu lado!
*
Mientras tanto, la noche ya había cubierto San Isidro, el pueblo enclavado entre los verdes pliegues de la sierra. El aire frío de la montaña recibió a Ariana y a nana Meche tras el largo viaje desde la capital.
En la cálida casa de madera de nana Meche estaban también Larisa, su hija, de la misma edad que Ariana, y Tencha, la hermana de nana Meche. La incomodidad inicial se fue disolviendo poco a poco mientras se reunían en la sala junto al comisario Ramiro.
—Oficial, ¿qué desea tomar? ¡Yo se lo preparo! —ofreció nana Meche, afable.
Larisa, que desde hacía un rato no le quitaba los ojos de encima al oficial de complexión firme, le dio un leve codazo a su madre.
—Mamá, ¿quién es ese policía? ¿Y esa mujer, quién es? —le susurró, muerta de curiosidad.
Nana Meche le dio una palmadita en la mano a su hija.
—Son parientes míos, de la ciudad. Ya, deja de preguntar tanto.
Ramiro, que oyó el ofrecimiento de nana Meche, se sintió apenado de causar molestias.
—Ah, no se moleste, señora.
—¡No es ninguna molestia, oficial! —respondió nana Meche.
—No me diga oficial; dígame Ramiro, señora —pidió él, dibujando una sonrisa cálida.
—Bueno, Ramiro. Entonces les preparo algo de tomar. ¡Ven, Larisa, ayúdame en la cocina! —la llamó nana Meche.
—¡Sí, mamá! —contestó Larisa al instante. Antes de darse la vuelta, la muchacha alcanzó a lanzarle a Ramiro una mirada tímida.
Ramiro le devolvió la mirada apenas un segundo y negó con la cabeza cuando Larisa salió medio corriendo hacia la cocina.
—Ja... qué escuincla —murmuró entre risas.
El silencio volvió a la sala. Ariana permaneció sentada, callada, sintiéndose un poco cohibida a solas con Ramiro. Al notarlo, él inició la conversación con un tono relajado, aunque con intención.
—Da la casualidad de que tengo una propiedad por aquí, Ari. Es una casa de campo cerca de este pueblo. Si quieres, puedes quedarte en ella. Tranquila, es un lugar muy seguro para vivir —ofreció Ramiro.
—No hace falta, Ramiro... Ya te he causado demasiadas molestias —declinó Ariana con delicadeza.
Ramiro la miró con expresión seria.
—Ari, recuerda... ahora tu nombre es Azucena. No vayas a equivocarte al hablar. Cuando nana Meche te presente con tu nueva identidad ante el jefe del barrio y las autoridades del pueblo, tendrás que mostrar quién eres ahora.
Ramiro hurgó en el bolsillo de su chaqueta y le tendió un celular nuevo.
—Y este celular es para ti, para que te comuniques conmigo y con Rena. Adentro ya está cargada tu nueva identidad digital. Cuando te la pidan, basta con que se los muestres —añadió.
Ariana recibió el aparato con vacilación. Por dentro, la invadió un asombro descomunal. ¿Cómo era posible que un agente de inteligencia como Ramiro hubiera transformado todos sus datos civiles en una identidad nueva, a nombre de Azucena, en apenas unas horas? Para cualquier persona común, tramitar papeles oficiales lleva días enteros. Pero en manos de Ramiro todo había sido rápido y pulcro, como si la antigua Ariana se hubiera evaporado sin dejar rastro.
Tras beber un café negro caliente y probar los dulces humildes y la yuca frita típicos de San Isidro, Ramiro se levantó de su asiento. La noche estaba avanzada y decidió pasarla en su casa de campo, situada no muy lejos del límite del pueblo, antes de regresar a la capital al día siguiente.
—Señora, Ari, me retiro a la casa de campo. Mañana muy temprano tengo que volver a la ciudad —se despidió Ramiro, afable.
—Sí, Ramiro. Maneja con cuidado, muchas gracias por traernos —respondió nana Meche, llena de gratitud.
Ramiro salió al frío de la noche de montaña. Pero, a cada paso que daba hacia el auto, una preocupación se le prendía con fuerza en el pecho. Como oficial, el sentido del deber de proteger a Ariana se le había vuelto, de pronto, semejante al instinto de un hermano mayor, aunque entre ellos no corriera la misma sangre.
Mientras conducía por las calles desiertas del pueblo, Ramiro detuvo el auto un momento a la orilla del camino, frente al valle. Apoyó la cabeza en el volante y miró al vacío, hacia la oscuridad de la noche.
—Pobre Ariana... Perdóname, Ariana, por tener que darte el nombre de Azucena —murmuró con la voz ronca.
Su mirada se perdió a lo lejos, en el pasado, al recordar a la verdadera dueña de aquel nombre.
—Y tú, Azucena, perdóname por entregarle tu identidad a Ariana. Ojalá descanses en paz allá donde estés... Te extraño tanto —susurró, conteniendo el nudo que le apretaba el pecho.
La verdadera Azucena había sido el amor de Ramiro, una muchacha sola en el mundo, criada en un orfanato. Su vida había estado marcada por el sufrimiento desde niña, hasta que exhaló su último aliento a causa de una leucemia avanzada que ya no tuvo remedio. El secreto de Azucena lo guardaba Ramiro con celo absoluto: ni siquiera Renata, su propia hermana, había sabido jamás de la existencia de la mujer que un día le había llenado el corazón.
Entretanto, en la humilde casa de nana Meche, Ariana recostó su cuerpo cansado sobre un catre de madera de una plaza. El cuarto no era amplio y las paredes eran de tablas, pero la calidez y la sensación de seguridad que se respiraban en aquella casa superaban con creces el lujo de la casa de su padre, tan llena de falsedad.
Esa noche, nana Meche cayó en un sueño profundo en su cuarto, mientras Tencha ya había vuelto a su propia casa, a unos pocos metros. Larisa también dormía, con un ronquido suave, en su habitación. Ariana se acarició despacio el vientre antes de quedarse, al fin, plácidamente dormida.
A la mañana siguiente, el temor de Ramiro se confirmó. Cerca de las ocho, el jefe del barrio llegó a casa de nana Meche junto con el encargado del grupo juvenil vecinal para registrar a la vecina nueva que había llegado la noche anterior.
—Buenos días, doña Meche. Solo venimos a registrar la mudanza de la familia que llegó anoche de la ciudad —dijo el jefe del barrio, cortés pero firme.
Ariana salió con calma. Con dedos seguros, mostró el documento de identidad digital guardado en el celular que Ramiro le había dado.
El hombre observó la pantalla un momento y luego asintió, satisfecho.
—Ah, muy bien, señorita Azucena. Todo está completo y registrado en regla en el sistema. Gracias por su colaboración. Bienvenida a San Isidro.
Después de que las autoridades del pueblo se despidieran, Ariana soltó un suspiro de alivio. Apretó el celular con fuerza contra el pecho.
Gracias, Ramiro... ¡al fin estoy a salvo!, pensó Ariana, dando gracias con un agradecimiento sin medida.
*
En otro lugar, el ambiente de la cafetería de la Universidad Nacional se sumió de pronto en un silencio cargado de tensión.
La sospecha del comisario Ramiro del día anterior resultó cierta al cien por ciento. Esa mañana, Edgar Alcázar ya estaba de pie, elegante e intimidante, en medio de la cafetería. La presencia de aquel joven magnate, cuyo rostro aparecía a menudo en redes sociales y en las noticias de negocios, acaparó al instante la atención de miles de miradas de estudiantes que cuchicheaban, admiradas.
Pero en un rincón, en una de las mesas, Renata sintió que el fin del mundo se le adelantaba.
Edgar avanzó con frialdad y se sentó justo en la silla frente a ella. Su mirada era tan afilada que podía helarle la sangre a cualquiera. Bruno, su asistente, permanecía erguido a su lado, con una carpeta en las manos.
Renata estrujaba el borde de su falda bajo la mesa. El cuerpo le temblaba con fuerza y un sudor frío le bajaba por las sienes.
Ay, estoy muerta. ¿Qué rayos le digo ahora?, chilló Renata por dentro, presa del pánico, los ojos clavados con espanto en aquella figura poderosa y colosal que tenía enfrente. Ramiro, ayúdame... ¡buaaah!
Continuará...