Náyrel siempre creyó que la soledad era el precio de su existencia. Oculta entre los árboles de un bosque encantado, guardaba un secreto que podía cambiar el destino de todos los reinos sobrenaturales: era la última hija de la Luna Blanca. Pero su mundo cambia el día que Darian Varek, el temido señor del Reino de las Sombras, descubre su existencia. Frío, dominante y acostumbrado a que todos obedezcan sus órdenes, Darian decide llevarla a su castillo, convencido de que ninguna fuerza podrá arrebatársela. Sin embargo, Náyrel no nació para vivir entre muros ni para inclinar la cabeza ante ningún hombre. Se resistirá a sus órdenes, desafiará su autoridad y escapará tantas veces como sea necesario. Pero Darian siempre la encontrará. Entre persecuciones, secretos ancestrales y una atracción que ninguno logra comprender, Náyrel descubrirá que detrás de la frialdad de aquel inmortal existe una oscuridad mucho más profunda de lo que imaginaba. Y Darian aprenderá que la única criatura capaz de desafiar su poder también podría convertirse en su mayor debilidad. Ella desea escapar de él. Él está dispuesto a desafiar a la eternidad para conservarla a su lado. Pero cuando la verdad sobre el origen de Náyrel salga a la luz, ambos descubrirán que su encuentro no fue una coincidencia y que el destino les tiene reservado algo mucho más peligroso que el amor. Porque algunas almas están destinadas a encontrarse… incluso cuando una de ellas haría cualquier cosa por escapar. 🌙 ¿Podrá Náyrel conquistar su libertad sin perder el corazón ante el único hombre del que jamás debió enamorarse?
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Cuando las sombras sonríen
Náyrel descubrió que el castillo tenía una rutina que empezaba a resultarle familiar. Por las mañanas visitaba el invernadero, después desayunaba con Elowen y dedicaba algunas horas a estudiar las hierbas medicinales que encontraba en los antiguos libros de la biblioteca. Darian, por su parte, parecía haber convertido en costumbre aparecer por allí con alguna excusa poco convincente.
Aquella mañana no fue diferente.
—Necesito tu opinión sobre algo —anunció él al entrar en el invernadero.
Náyrel levantó la vista de un cuaderno.
—¿Se ha declarado una guerra? ¿Ha desaparecido otro libro antiguo? ¿Tu castillo está a punto de derrumbarse?
—Ninguna de esas cosas.
—Entonces no parece urgente.
Darian apoyó una mano sobre la mesa, inclinándose ligeramente hacia ella.
—Quería saber si te gustaría conocer el lago que hay al norte de los jardines.
Náyrel parpadeó, sorprendida.
—¿Eso era lo que necesitaba tu opinión?
—Es una decisión importante.
—Naturalmente. El destino de los siete reinos depende de mi respuesta.
—Por fin comprendes la gravedad de la situación.
Ella soltó una carcajada y cerró el cuaderno.
—Está bien. Quiero conocer ese lago.
Darian le ofreció la mano para ayudarla a levantarse. Náyrel la aceptó, aunque se separó de él en cuanto estuvo de pie. No necesitaba que la sostuviera, pero empezaba a descubrir que algunos de sus gestos le resultaban agradables.
Salieron por una puerta lateral y recorrieron un sendero rodeado de árboles. Darian le explicó que el lago se había formado mucho antes de la construcción del castillo y que, según las antiguas historias, sus aguas reflejaban la luna incluso durante las noches nubladas.
—¿Tú crees esas historias? —preguntó Náyrel.
—He vivido demasiado tiempo para descartar algo solo porque parezca imposible.
—Eso explica por qué tienes tantas habitaciones llenas de libros extraños.
—Y explica por qué todavía no he conseguido que dejes de hacer comentarios sobre ellos.
El sendero terminó en una pequeña orilla cubierta de hierba. El lago se extendía entre los árboles, tranquilo y transparente. En la superficie flotaban pequeñas flores blancas que se abrían cuando recibían la luz del sol.
Náyrel se acercó al agua con una sonrisa.
—Es precioso.
Darian se quedó observándola. Había imaginado aquel paseo como una manera de darle un respiro de las preocupaciones del castillo, pero no había previsto que verla disfrutar de algo tan sencillo le provocaría aquella satisfacción.
—¿Qué? —preguntó ella al notar su mirada.
—Nada.
—Me estás mirando.
—Tengo ojos.
—Y una habilidad extraordinaria para dar respuestas inútiles.
Darian sonrió.
—Estaba pensando que pareces más feliz aquí que en cualquier otro lugar del castillo.
Náyrel contempló el agua.
—Porque aquí no siento que todos estén esperando algo de mí. No soy la heredera, ni la hija de una reina desaparecida, ni la muchacha que supuestamente puede decidir el destino de los reinos. Solo soy yo.
—Entonces deberíamos venir más a menudo.
Ella volvió la cabeza.
—¿Deberíamos?
—Si tú quieres.
Náyrel no respondió inmediatamente. Una parte de ella seguía recordando que Darian la había llevado al castillo sin darle elección. Sin embargo, otra empezaba a notar los cambios en su comportamiento. Él ya no intentaba decidir cada uno de sus movimientos. Le ofrecía posibilidades y esperaba su respuesta.
—Sí —dijo al fin—. Me gustaría volver.
Se sentaron bajo un árbol cercano y compartieron las frutas que Elowen les había preparado. Darian le contó una anécdota de una celebración real que había terminado cuando un invitado encantó accidentalmente todas las fuentes del palacio para que lanzaran agua al aire.
—¿Y qué hiciste? —preguntó Náyrel, riéndose.
—Ordené que lo expulsaran.
—Qué aburrido.
—Era el soberano. Se suponía que debía mantener la dignidad.
—¿Y funcionó?
—No. Yo también terminé empapado.
Náyrel se rio con tanta fuerza que tuvo que cubrirse el rostro con una mano. Darian la observó divertido, y por un momento ambos olvidaron las discusiones y las verdades dolorosas que todavía los separaban.
Cuando la risa se apagó, quedó entre ellos una calma distinta.
—Me gusta cuando te ríes —dijo Darian.
Náyrel bajó lentamente la mano.
—No digas esas cosas como si fueran órdenes.
—No era una orden.
—Bien.
Él se acercó apenas, sin invadir su espacio.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Depende de la pregunta.
—¿Todavía me tienes miedo?
Náyrel pensó cuidadosamente antes de responder.
—A veces. No porque crea que quieras hacerme daño, sino porque sé que puedes tomar decisiones por mí si vuelves a comportarte como antes.
Darian asintió.
—No quiero que tengas que vivir preguntándote si puedes confiar en mí.
—Entonces tendrás que demostrarlo.
—Lo haré.
No hubo promesas grandiosas ni juramentos mágicos. Solo aquellas dos palabras, pronunciadas con una sinceridad que Náyrel deseaba creer.
Cuando regresaron al castillo, el sol comenzaba a descender. Darian caminaba a su lado, manteniendo una distancia prudente. Al llegar a la entrada, Náyrel se detuvo.
—Gracias por el paseo.
—Gracias por aceptar venir.
Ella sonrió y, antes de entrar, rozó brevemente su mano con la de él.
Fue un gesto pequeño, casi accidental, pero ninguno de los dos lo ignoró.
Darian no intentó sujetarla ni convertir aquel contacto en algo más. Se limitó a devolverle la sonrisa.
Náyrel subió las escaleras con el corazón extrañamente ligero. Aún no sabía qué nombre darle a lo que comenzaba a sentir, pero ya no podía negar que esperaba con ilusión sus encuentros.
Y Darian, que durante siglos había aprendido a dominar las sombras, descubrió que la sonrisa de Náyrel era la única luz ante la que no deseaba esconderse.