Lucca Meirelles Hernandes es frío, letal y no le teme a nada. Como nuevo Capo de la Cosa Nostra en Seattle, tiene el poder, el dinero y una sola regla inquebrantable: el amor es una debilidad que jamás se permitirá.
Hasta que una enfermera de metro y medio, brava y sin un centavo, le suelta una cachetada delante de todos sus hombres.
Ana Beatriz Olivares aprendió a sobrevivir sola. Cuida vidas de día, duerme con un cuchillo bajo la almohada de noche y no le baja la mirada a nadie… ni siquiera al hombre más peligroso de la ciudad. Lo que empieza como un choque de fuego cruzado termina arrastrándola a un mundo de casinos, secretos y balas, donde ser la mujer del Capo la convierte al mismo tiempo en la más protegida y en el blanco más codiciado.
Él juró no amar jamás. Ella juró no volver a ser de nadie. Pero cuando los enemigos empiezan a cerrar el círculo, ninguno de los dos podrá negar por cuánto sería capaz de matar… y de morir… por el otro.
Pasión ardiente, lealtad de sangre, venganza y una historia de amor que nace entre las balas. El Capo y la Enfermera: cuando el hombre que no debía sentir nada se enamora de la única mujer que se atrevió a plantarle cara.
NovelToon tiene autorización de Paula menezes para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 21
Lucca
Llego al restaurante donde quedé con Amanda y me siento.
Enseguida llega ella, toda sonriente, pero yo me mantengo serio.
—Hola, mi amorcito, ¿me extrañaste? —dice ella, sonriente.
—Obvio que no —respondo.
—Vaya, Lucca, siempre tan grosero. Ay, mi amorcito, te extrañé tanto, no me llamaste ni un solo día de los que estuve fuera —se queja.
—Amanda, sin sentimentalismos. Nosotros dos no tenemos nada, nos vemos dos o tres veces a la semana para sexo casual, nada del otro mundo; siempre dejé claro que somos libres de conseguir a quien queramos —le digo.
—Sabes que te amo, y mi papá y el consejo están a favor de nuestra unión —insiste.
—El problema es de ellos. Y, Amanda, siempre dejé claro que no te amo, siempre fui bien claro y directo. Y hoy no será diferente: Amanda, estoy comprometido y me caso la semana que viene —le digo sin rodeos.
—Solo puedes estar jugando, ¿verdad, Lucca? —pregunta.
La miro serio y tomo un trago.
—No, no, Lucca, no puedes hacerme esto, esto no va a quedar así, vas a pagarlo caro —dice alterada.
En ese momento la agarro por el cuello y le advierto que no me amenace más; cuando ya se está quedando sin aire, la suelto.
La gente nos mira, pero nadie se atreve a decir nada.
Ella se levanta llorando y sale del restaurante. No sé por qué se puso así.
Yo no fui un canalla con ella, porque le dejé claro que no me gustaba y que no tenía ningún tipo de sentimiento, aparte del sexo.
Y solo estuve con ella porque se me pegó como lapa, diciendo que era solo para divertirnos, sin encariñarnos.
Creo que ella pensó que iba a caer en su trampa.
Mi mente ahora ya tiene a una estresadita que no me tendió ninguna trampa, pero ya se ganó mi corazón.
Almuerzo ahí mismo y después me voy a casa; necesito sacarle información a ese desgraciado.
Al llegar a casa, mis hombres me informan que Ana está en el jardín. Voy hasta allá y la sorprendo sentada, mirando el celular.
—Ana, ¿quieres ser como nosotros? —le pregunto.
Ella se sorprende con mi llegada, se voltea rápido y me responde.
—¡Ay, qué susto, Lucca! Sí, quiero —responde ella.
—Perfecto, vamos a ver si es eso lo que de verdad quieres —le digo.
Voy a llevarla a verme torturando al desgraciado; vamos a ver hasta dónde aguanta, vamos a ver si es tan fuerte como dice. Quiero que vea que esto no es un juego, que hay que tener estómago para aguantar este lado.
Llego con ella al galpón, y la basura ya está despierta y amarrada. Ella se queda de pie en un rincón de la sala donde estamos.
Agarro una bolsa y digo.
—Miren, la margarita despertó. Bueno, creo que es mejor que ya vayas soltando la lengua —digo.
—Vete al infierno, idiota —escupe el desgraciado.
Entonces le pongo la bolsa en la cabeza y la sujeto firme; él intenta respirar, pero no puede. Hago esto varias veces; mientras más tiempo pasa sin oxígeno, empieza a sangrarle la nariz y el oído, pero no suelta la lengua.
Después empiezo a arrancarle una por una las uñas y, enseguida, los dedos, pero no dice nada; Ana sigue de pie, observándonos.
Le echo aceite hirviendo encima; grita y suplica que lo mate.
Después le saco diente por diente, pero el desgraciado dice que no tiene nada que perder y que nunca traicionará a quien lo contrató.
Entonces le paso el cuchillo por el cuello: ya que no tienes nada útil que decir, muérete entonces; yo voy a descubrir lo que quiero, en realidad ya tengo mis sospechas.
Mando limpiar todo y voy hacia Ana, que está fría, sin ninguna reacción, lo cual me sorprende, porque si esto hubiera sido solo una idea loca de ella, seguro que ya se habría ido de ahí.
—¿Estás bien, Ana? —le pregunto.
—Sí, estoy bien. Se buscó lo que le pasó. Entremos ya, tengo hambre —responde ella.
No pude evitarlo y me acabé riendo: debería estar asustada y está con hambre. Entramos a la casa, ella va a la cocina y yo me voy a bañar en la tina.
Al salir, ella está sentada esperándome con una bandeja llena de bocadillos y jugo.
Estoy en toalla y ella me mira de pies a cabeza, y yo digo.
—¿Quieres tocarlo? —le digo.
—¿Y si quiero, qué vas a hacer? —responde ella.
Me mira con deseo como nunca antes, entonces me quito la toalla y le digo que lo agarre, y para mi sorpresa se levanta y se arrodilla frente a mí, me sujeta el miembro y se lo mete en la boca, pasándome esa lengua caliente por el miembro, haciendo movimientos de vaivén; esta muchacha quiere volverme loco.
Me chupa con gusto, y esta pícara sabrosa sabe lo que hace; le sujeto el pelo y la voy guiando, y ella sigue chupándome con deseo hasta que llego al límite; cuando iba a sacar el miembro, ella lo sujeta en su boca y se lo traga todo. Eso me vuelve loco. Qué mujer maravillosa.
La levanto y la beso con gusto y deseo, mis manos recorren su cuerpo, pero ella me pide otra vez ir despacio.
La miro a los ojos y le digo que es ella quien manda.
La abrazo y pienso que, de la nada, ella llegó y se metió en mi mente y en mi corazón, y con toda certeza, en tan poco tiempo, de verdad es esta estresadita la que manda.