En su cuarto aniversario de bodas, el esposo de Flora González, Marcelo Santos, le pide el divorcio, ya que su primer amor, Camila, ha regresado a la ciudad y él desea volver a su lado para cuidarla.
Flora no grita, no se altera y decide aceptar el divorcio, pero Marcelo le asegura que su hijo se quedará con él hasta que el niño resulta positivo en leucemia y Marcelo no muestre interés en su salud, ya que, después de todo, no es su hijo biológico y es un niño nacido por una fecundación in vitro.
Ahora Flora debe lidiar con su divorcio, la enfermedad de su hijo y la búsqueda de un empleo. Pero su salvación llega más pronto de lo que imagina cuando Alejandro Fernández aparece ante ella, asegurando que Benjamín, su pequeño hijo, lleva la sangre de los Fernández y, por eso, él estará dispuesto a proteger a ese niño, el último recuerdo de su hermano Leonardo.
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Capítulo 20
No estaba en la habitación cuando todo explotó, pero las consecuencias me alcanzaron igual.
Marcelo caminaba de un lado a otro frente a la sala de cuidados intensivos donde acababan de ingresar a su padre, Augusto. Lo habían estabilizado hacía poco después del infarto que sufrió en mi habitación. Yo me había quedado con Benjamín en pediatría, pero todo el hospital parecía murmurar sobre lo ocurrido.
La noticia corría rápido: escándalo familiar, infertilidad, gritos, policía.
Marcelo no soportaba ni una palabra más.
Su teléfono vibró otra vez.
—¿¡Por fin contestas!? —la voz de Camila salió chillona del altavoz—. Marcelo, necesito saber qué vamos a hacer mañana. El abogado me dijo que la audiencia de divorcio está confirmada. No pienso esperar más.
Marcelo apretó la mandíbula.
Ese día yo había destruido lo único que todavía le quedaba: su orgullo.
Había revelado delante de todos que no podía tener hijos.
Para un hombre como él, criado bajo la sombra autoritaria de Augusto, aquello era peor que una humillación pública.
Era una sentencia.
—Mañana se firma el divorcio —dijo con frialdad—. Te lo prometo.
—Más te vale —respondió Camila—. Y el dinero, Marcelo. Dijiste que ibas a ayudarme con lo de mi negocio. Necesito ese millón de pesos hoy.
Marcelo miró hacia la puerta de la UCI donde su madre esperaba sentada, con el rostro desencajado.
Su padre luchaba por recuperarse de un infarto.
Su matrimonio estaba destruido.
Su secreto había quedado al descubierto.
Y aun así, Camila solo pensaba en dinero.
Marcelo cerró los ojos un segundo.
Luego abrió la aplicación bancaria.
Transferencia realizada: 1.000.000 de pesos.
—Ya está —dijo con voz seca.
—Sabía que podía contar contigo —respondió Camila con tono satisfecho—. Mañana firmamos el divorcio y empezamos de nuevo.
Marcelo colgó sin responder.
Pero su mente ya no estaba en Camila.
Estaba en mí.
En lo que había dicho delante de todos.
En cómo lo había dejado expuesto.
Apretó los dientes con tanta fuerza que le dolió la mandíbula.
—Me las vas a pagar, Flora —murmuró.
Sacó del maletín la carpeta donde llevaba semanas guardando el borrador del acuerdo de divorcio.
Hasta ese momento, el documento establecía una división razonable de bienes y una pensión para mí y para Benjamín.
Marcelo tomó un bolígrafo.
Tachó una línea.
Luego otra.
Y otra más.
El nuevo documento era brutalmente simple:
Flora no recibiría ni un peso.
Ni propiedades.
Ni compensación.
Nada.
Pero eso no era lo peor.
Marcelo añadió una cláusula más.
Solicitaría la custodia completa de Benjamín.
No porque quisiera al niño.
Sino porque sabía que era lo único que podía herirme.
—Si me humillas —murmuró—, yo te destruyo.
Cerró la carpeta con un golpe seco.
La guerra apenas comenzaba.
A esa misma hora, en otra parte de la ciudad, Alejandro Fernández llevaba casi toda la noche despierto.
No podía concentrarse en nada.
La lámpara del despacho iluminaba la mesa donde estaba su teléfono.
Esperaba una llamada.
Solo una.
La del hospital.
La del laboratorio que había recibido las muestras de ADN.
Las horas pasaban lentas.
Demasiado lentas.
Alejandro caminaba por la habitación una y otra vez, mirando el reloj cada pocos minutos.
Si el niño no tenía relación con Leonardo, entonces todo aquello habría sido una coincidencia cruel.
Su madre volvería a romperse.
Y él no tendría ninguna respuesta.
El teléfono vibró.
Número del hospital.
Alejandro respondió de inmediato.
—Doctor.
Hubo un silencio extraño al otro lado.
—Señor Fernández… tenemos el resultado de la prueba genética.
—Entonces dígalo —respondió Alejandro con impaciencia.
El médico dudó.
—Bueno… la relación genética… no coincide exactamente con lo que pensábamos.
El estómago de Alejandro se hundió.
Así que era eso.
No había relación.
El niño no tenía nada que ver con Leonardo.
Cerró los ojos un instante.
—Entiendo —dijo con voz fría.
Pero el médico continuó.
—No, señor Fernández… creo que no me ha entendido.
Alejandro frunció el ceño.
—¿Entonces?
El médico respiró hondo antes de decirlo.
—La prueba muestra una coincidencia genética del noventa y nueve punto nueve por ciento… pero no en calidad de tío y sobrino.
Silencio.
—La coincidencia corresponde a… padre e hijo.
Alejandro se quedó completamente inmóvil.
—¿Qué acaba de decir?
—Señor Fernández, según el análisis… usted es el padre biológico del niño.
El teléfono casi se le resbaló de la mano.
—Eso es imposible.
Su mente buscó desesperadamente una explicación.
No conocía a Flora.
Nunca la había visto antes.
¿Cómo podría tener un hijo con ella?
Entonces algo se encendió en su memoria.
Un recuerdo viejo.
Muy viejo.
Una clínica.
Un formulario.
Un acuerdo de confidencialidad.
Y un amigo.
Alejandro tomó las llaves del coche sin decir una palabra más.
—Gracias, doctor.
Colgó.
Cinco minutos después, su auto cruzaba la ciudad a toda velocidad.
Eran casi las tres de la madrugada cuando Alejandro se detuvo frente a una casa en un barrio residencial.
Bajó del coche.
Golpeó la puerta con fuerza.
Una luz se encendió dentro.
Un hombre abrió medio dormido.
—Alejandro… ¿qué demonios haces aquí a esta hora?
Era Matías.
Alejandro no respondió.
Lo agarró del cuello de la camisa y lo empujó contra la pared del recibidor.
—Necesito que me digas la verdad ahora mismo.
Matías lo miró confundido.
—¿Qué pasa contigo?
Alejandro sacó el informe de ADN y lo lanzó sobre la mesa.
—Hace años fui a donar esperma para un programa médico experimental.
Matías palideció.
—Te pedí que destruyeras todas las muestras.
Silencio.
—¿Lo hiciste?
Matías no respondió.
Alejandro lo sacudió con fuerza.
—¡Respóndeme!
Matías bajó la mirada hacia el informe.
Lo leyó.
Primero frunció el ceño.
Luego sus ojos se abrieron de golpe.
—Dios mío…
Volvió a mirar a Alejandro.
—¿Ese niño…?
Alejandro lo interrumpió.
—Matías.
Su voz era peligrosa.
—¿Guardaste la muestra?
Matías exhaló lentamente.
—Sí.
Alejandro lo soltó de golpe.
—¡Maldito seas!
—Escúchame —dijo Matías rápidamente—. En ese momento el banco de donación estaba perdiendo donantes con buen historial genético. Tú eras el candidato perfecto.
—Te dije que la destruyeras.
—Lo sé.
—¡Lo firmaste!
Matías levantó las manos.
—Nunca pensé que se usaría.
Alejandro lo miró con incredulidad.
—Pero se usó.
Matías volvió a mirar el informe.
—Hace cuatro años… alguien solicitó fertilización asistida con donante anónimo.
Alejandro sintió un nudo en el pecho.
—Flora.
—Exacto.
Matías levantó la vista.
—Alejandro… tienes un hijo.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
Un hijo.
Alejandro nunca había pensado en ser padre.
Mucho menos así.
Matías siguió leyendo el informe.
—Tres años.
—¿Qué?
—El niño tiene casi tres años.
Alejandro pasó una mano por su cabello.
—Está enfermo.
—¿Qué?
—Leucemia.
El silencio volvió a llenar la habitación.
La rabia de Alejandro se desinfló lentamente.
En su lugar apareció algo más extraño.
Algo nuevo.
Preocupación.
Responsabilidad.
El niño estaba en el mismo hospital donde se había hecho la prueba.
Y era suyo.
Suyo.
Alejandro caminó unos pasos por la sala antes de detenerse.
Pensó en su madre.
Pensó en Leonardo.
En cómo su familia había quedado destruida tras su muerte.
Y entonces una idea comenzó a tomar forma.
Lenta.
Peligrosa.
Pero perfecta.
Alejandro volvió a mirar el informe.
Luego miró a Matías.
—Nadie debe saber esto.
Matías frunció el ceño.
—¿Qué?
—Por ahora.
Alejandro guardó el informe en la carpeta.
—Para mis padres, el niño seguirá siendo hijo de Leonardo.
—¿Estás seguro?
Alejandro asintió lentamente.
—Mi madre necesita creer que su hijo dejó algo en este mundo.
Matías no dijo nada.
Alejandro continuó:
—Y así… puedo acercarme al niño.
—¿Y a su madre?
Alejandro pensó en mí.
En la mujer que estaba luchando sola contra la enfermedad de su hijo.
—También a ella.
Se dirigió hacia la puerta.
—Porque desde ahora… ese niño es mi responsabilidad.
Y esta vez no pensaba fallar.