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Nos Queríamos En Silencio

Nos Queríamos En Silencio

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor de la infancia
Popularitas:500
Nilai: 5
nombre de autor: samuel luna

Es una historia sobre la amistad, los sentimientos callados y el miedo a cambiar lo que ya se tiene por decir la verdad.

NovelToon tiene autorización de samuel luna para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 21: El valor de quedarse

La primera persona que supo que Daniel y yo estábamos juntos fue mi mejor amiga.

La segunda fue su hermana.

Y la tercera, aunque no lo supiera todavía, estaba a punto de convertirse en el motivo de nuestra primera conversación incómoda como pareja.

Pero antes de llegar a eso, tuve que enfrentarme a algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más aterrador.

Presentarme ante la hermana de Daniel sabiendo que ella podía preguntarme cualquier cosa.

Habíamos quedado para almorzar el sábado. Daniel me había explicado que su hermana llevaba años sospechando que entre nosotros había algo más que amistad, pero yo no sabía si debía sentirme tranquila o preocupada.

—¿Y si no le caigo bien? —le pregunté mientras caminábamos hacia el restaurante.

Daniel me miró, sorprendido.

—¿Por qué no le caerías bien?

—No sé. Tal vez piensa que soy una mala influencia.

—¿Una mala influencia?

—Podría haberla convencido de que tú eras una persona razonable.

Daniel soltó una carcajada.

—Eso habría sido una mentira imperdonable.

Le di un pequeño golpe en el brazo.

—Estoy hablando en serio.

Él dejó de reírse y tomó mi mano.

—Mi hermana te conoce desde hace años. Te quiere. Y, si hay algo que le preocupa, me lo dirá a mí.

—¿Y si te dice que no deberíamos estar juntos?

Daniel se detuvo.

—Entonces le explicaré que esa decisión nos corresponde a nosotros.

La respuesta me tranquilizó.

No porque necesitara que Daniel me defendiera de su familia, sino porque quería saber que nuestra relación no dependería de la aprobación de los demás.

Durante demasiado tiempo habíamos dejado que las opiniones ajenas influyeran en lo que nos atrevíamos a sentir.

No quería volver a hacerlo.

Cuando llegamos, su hermana ya estaba sentada en una mesa junto a la ventana.

Al vernos entrar, sonrió de una manera que me hizo sospechar inmediatamente.

—¡Por fin! —exclamó.

Daniel frunció el ceño.

—¿Por fin qué?

Ella se levantó para abrazarme.

—Por fin han dejado de hacer el ridículo.

Me quedé inmóvil un instante.

Después me eché a reír.

Daniel se cubrió la cara con una mano.

—No puedo creer que hayas empezado así.

—¿Cómo querías que empezara? ¿Preguntándoles por el clima?

Nos sentamos.

Su hermana me tomó de la mano.

—Ahora sí, cuéntamelo todo.

—No hay tanto que contar.

Ella levantó las cejas.

—¿De verdad quieres que crea eso?

Daniel intervino.

—No la interrogues.

—No la estoy interrogando.

—Estás haciendo preguntas con la misma intensidad que un detective.

—Y tú estás hablando como alguien que tiene algo que ocultar.

Los miré a ambos y terminé riéndome.

La conversación continuó entre bromas y recuerdos. Su hermana contó algunas historias de la infancia de Daniel que yo nunca había escuchado y que él intentó desmentir sin demasiado éxito.

Descubrí que, cuando era pequeño, había escrito una lista de las cosas que haría cuando fuera adulto.

Entre ellas estaban viajar por el mundo, aprender a cocinar y comprar una casa con una biblioteca enorme.

—¿Y qué pasó con la biblioteca? —pregunté.

—Sigo trabajando en ello —respondió Daniel.

—Ni siquiera tienes una estantería completa.

—Las grandes cosas requieren tiempo.

Su hermana sonrió.

—Lo importante es que todavía conserve la capacidad de soñar.

Daniel le lanzó una servilleta.

Todos nos reímos.

Sin embargo, cuando terminamos de comer, su hermana se quedó mirándome con una expresión más seria.

—¿Puedo preguntarte algo?

Asentí.

—Claro.

Daniel se levantó para pagar la cuenta.

En cuanto se alejó, ella se inclinó ligeramente hacia mí.

—¿Estás feliz?

La pregunta me sorprendió.

Esperaba que quisiera saber cuándo nos habíamos besado por primera vez o quién había confesado sus sentimientos.

No aquello.

—Sí —respondí después de pensarlo un momento.

Ella sonrió.

—Me alegra.

—¿Por qué lo preguntas?

Su expresión se suavizó.

—Porque conozco a mi hermano. Cuando quiere mucho a alguien, a veces intenta protegerlo tanto que termina olvidándose de hablar de lo que siente.

Bajé la mirada.

—Estamos intentando cambiar eso.

—Lo sé. Se le nota.

—¿De verdad?

—Sí. Está más tranquilo.

Me quedé pensando.

Daniel siempre había parecido seguro de sí mismo, pero ahora comprendía que aquella seguridad no significaba que no tuviera miedo.

Simplemente había aprendido a esconderlo.

—Yo también tengo cosas que cambiar —admití.

Su hermana asintió.

—Todos las tenemos. Pero no conviertas la relación en un examen que debas aprobar todos los días.

La miré.

—¿Qué quieres decir?

—Que no tienes que demostrar constantemente que eres la persona adecuada para él. Y él tampoco tiene que demostrarte que merece estar contigo cada minuto de su vida.

Sentí que aquellas palabras llegaban justo al lugar donde más las necesitaba.

Desde que Daniel y yo habíamos empezado a salir, había una parte de mí que quería compensar los años perdidos.

Quería que cada conversación fuera perfecta.

Que cada cita tuviera algo especial.

Que nunca volviéramos a sentir la incertidumbre que nos había separado durante tanto tiempo.

Pero quizá aquel deseo también podía convertirse en una forma de miedo.

—Gracias —le dije.

Ella me abrazó.

—Solo quiero que se cuiden.

Cuando Daniel regresó, nos encontró hablando tranquilamente.

—¿Qué me perdí?

Su hermana sonrió.

—Nada que deba preocuparte.

—Eso es exactamente lo que dice la gente cuando hay algo que debería preocuparme.

—Entonces preocúpate.

Daniel me miró.

Yo me encogí de hombros.

—No pienso ayudarte.

Él suspiró dramáticamente.

—Estoy rodeado de traidoras.

Nos despedimos poco después.

Daniel me acompañó a casa y, durante el trayecto, permaneció más callado de lo habitual.

—¿Estás bien? —pregunté.

—Sí. Estoy pensando.

—Eso siempre me preocupa.

Sonrió.

—Mi hermana tiene razón en algo.

—¿En qué?

—A veces intento hacer las cosas tan bien que termino complicándolas.

Lo miré.

—¿Crees que estás haciendo eso con nosotros?

Daniel tardó unos segundos en responder.

—Tal vez.

—¿Por qué?

—Porque no quiero volver a perderte. Y hay momentos en los que siento que debo asegurarme de que todo está bien.

Tomé su mano.

—No tienes que comprobarlo todo el tiempo.

—Lo sé.

—Si algo está mal, te lo diré.

—¿Y si no te das cuenta de que algo está mal?

Sonreí ligeramente.

—Entonces tendremos una conversación incómoda.

Daniel se rio.

—Qué romántico.

—Estoy intentando ser realista.

—Lo aprecio.

Llegamos a mi casa y nos sentamos un rato en el pequeño banco de la entrada.

La tarde estaba tranquila.

No teníamos ningún plan, ninguna sorpresa ni ninguna conversación importante preparada.

Y, por primera vez, disfruté de no necesitar nada de eso.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Daniel.

—No sé.

—¿Quieres ver una película?

—Podría ser.

—¿Cocinar?

—Después de lo que pasó la última vez, creo que deberíamos proteger la cocina.

Se echó a reír.

—Está bien. Una película.

Entramos y nos acomodamos en el sofá.

Daniel eligió una película que ninguno había visto. A los veinte minutos, empezó a hacer comentarios sobre los personajes; a los treinta, discutimos sobre una decisión absurda del protagonista; y, a los cuarenta, ninguno sabía exactamente qué estaba ocurriendo en la trama.

Terminamos riéndonos tanto que tuvimos que retroceder la película.

En algún momento, Daniel apoyó la cabeza sobre mi hombro.

—Me gusta esto —murmuró.

—¿La película?

—No.

Miré nuestras manos entrelazadas.

—A mí también.

Nos quedamos allí hasta que empezó a oscurecer.

Cuando Daniel se marchó, lo acompañé hasta la puerta.

Me besó suavemente.

—Gracias por hoy.

—¿Por qué?

—Por no necesitar que todo sea extraordinario.

Sonreí.

—No quiero una relación en la que tengamos que estar haciendo algo impresionante todo el tiempo.

—¿Entonces qué quieres?

Lo pensé.

—Quiero que podamos tener días buenos y días malos. Que podamos aburrirnos juntos. Que si algo nos molesta, no tengamos que esperar tres años para decirlo.

Daniel soltó una carcajada.

—Eso último parece una indirecta.

—Es una experiencia educativa.

Me besó otra vez y se marchó.

Yo regresé al sofá y recogí el libro que había comprado en la librería.

Dentro seguía guardada la carta que había escrito para la versión más joven de mí misma.

La saqué y volví a leerla.

Después añadí una última frase al final.

«No tienes que vivir intentando recuperar el tiempo perdido. El amor que llega después del miedo no necesita ser perfecto para ser verdadero».

Doblé la hoja y la guardé de nuevo.

Entonces mi teléfono vibró.

Era un mensaje de Daniel.

Daniel: Tengo que contarte algo.

Sentí un pequeño vuelco en el estómago.

Yo: ¿Qué pasó?

La respuesta tardó unos segundos.

Daniel: Hoy, cuando estaba pagando, recibí una llamada de Andrés.

Me quedé inmóvil.

Andrés.

El mismo nombre que había aparecido tantas veces en nuestra historia, el mismo malentendido que había contribuido a separarnos durante años.

Yo: ¿Qué quería?

Daniel comenzó a escribir.

Los tres puntos aparecieron, desaparecieron y volvieron a aparecer.

Finalmente llegó el mensaje.

Daniel: Quiere hablar con los dos.

Me quedé mirando la pantalla.

Una parte de mí quiso responder inmediatamente que no había nada que hablar.

Otra recordó las palabras que habíamos repetido tantas veces: no dejar que otras personas hablaran por nosotros, no asumir lo que el otro sentía y no permitir que el pasado decidiera nuestro futuro.

Respiré profundamente.

Yo: Está bien. Podemos escucharlo.

Daniel respondió casi inmediatamente.

Daniel: ¿Estás segura?

Miré la carta que acababa de guardar.

Pensé en todo lo que habíamos aprendido.

En las palabras que nunca pronunciamos.

En los años que pasamos imaginando respuestas.

Y en la tranquilidad que había sentido aquella tarde, simplemente sentada junto a Daniel, sin tener que demostrar nada.

Yo: Sí. Pero esta vez hablaremos nosotros.

Daniel: Juntos.

Sonreí.

Yo: Juntos.

Dejé el teléfono sobre la mesa y miré por la ventana.

No sabía qué quería Andrés ni qué nos diría cuando nos reuniéramos.

Quizá había cosas que necesitábamos aclarar.

Quizá descubriríamos que algunos recuerdos eran distintos para cada uno.

O quizá aquella conversación abriría una puerta que creíamos cerrada.

Pero ya no sentía la misma necesidad de huir.

Porque ahora tenía algo que antes no había tenido.

No la certeza de que Daniel nunca me haría daño.

No la garantía de que nuestra historia tendría un final feliz.

Sino la confianza de que, si algo importante ocurría, podíamos enfrentarlo hablando.

Y, después de tantos años queriéndonos en silencio, aquello ya era una forma de amor que merecía la pena cuidar.

1
Julián
excelente
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