De día, Valeria Vidal y Dante De Rossi son los titanes más implacables de la arquitectura europea: una batalla campal de titanio contra hormigón donde cada licitación se disputa como un duelo a muerte. De noche, despojados de sus armaduras corporativas, son «TintaBlanca» y «PlanoCero», dos almas insomnes que se desahogan y se enamoran a ciegas a través de una plataforma anónima, sin sospechar que su confidente ideal es su peor pesadilla diurna.
Mientras sus socios montan un palco cómico cada fin de semana para verlos batirse en ridículas apuestas —desde carreras en bicicleta de paseo hasta guerras de karaoke—, sus padres deciden intervenir. Enemigos frente a la prensa pero compinches de toda la vida en privado, los patriarcas urden una trampa maestra: un falso matrimonio corporativo por contrato con amenaza de intercambio de mando. Obligados a convivir bajo el mismo techo entre desplantes, planos cruzados y un ataque de celos incontrolable, Valeria y Dante descubrirán que la estructura
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Capítulo 7: La amenaza francesa y el insomnio a tres bandas
El aire en el paddock del circuito de Monza se volvió tan espeso que hasta los mecánicos de los karts vecinos optaron por recoger sus herramientas y retirarse a una distancia prudente.
Jean-Paul Laurent retiró su mano del apretón de Dante con una lentitud calculada, disimulando un parpadeo de molestia por la fuerza descomunal que el italiano acababa de imprimir sobre sus nudillos. El francés acomodó las solapas de su chaqueta de lino beige, dedicándole al arquitecto una mirada de condescendencia diplomática que no hizo más que avivar las brasas en los ojos de Dante.
—Comprendo, señor De Rossi —dijo Jean-Paul con una sonrisa suave que destilaba ironía europea—. Sabía que la fusión temporal entre ambas firmas era un asunto delicado, pero no imaginaba que requiriera guardaespaldas con mono de carreras.
Valeria soltó una risa cristalina y deliberada, quitándose los guantes ignífugos con movimientos pausados:
—El señor De Rossi no es mi guardaespaldas, Jean-Paul. Es simplemente mi... socio logístico. Y a veces confunde la supervisión de obra con el control aduanero.
La mención casual del nombre de pila del francés provocó que la mandíbula de Dante se endureciera hasta el límite de la fractura. Clavó sus ojos azules en Valeria con una intensidad salvaje que habría intimidado a un regimiento de infantería, pero ella le sostuvo la mirada con una ceja alzada y una chispa de diversión descarada bailándole en las pupilas.
—En ese caso, madame Vidal —prosiguió Laurent, inclinándose apenas hacia ella con una reverencia impecable—, me gustaría invitarla esta noche a cenar en la terraza privada de Cracco, en la Galleria. La comisión europea tiene serias inquietudes sobre la preservación del patrimonio histórico en el trazado sur, y prefiero discutir los detalles conceptuales con la mente creativa del proyecto... a solas, lejos del ruido de las hormigoneras.
Dante dio medio paso al frente, pero Valeria se le adelantó con la velocidad de un felino, apoyando la punta de su dedo índice en el centro del pecho cubierto de grafito del italiano para frenar su avance:
—Será un honor, Jean-Paul. Las regulaciones de la Unesco son mi especialidad. A las nueve me parece perfecto.
El francés asintió complacido, se despidió con otra reverencia que rozó lo teatral y se marchó hacia la carpa de protocolo con el paso ligero de quien cree haber ganado la primera mano de la partida.
Apenas Laurent quedó fuera de tiro, Dante atrapó el dedo de Valeria que aún presionaba su esternón, cerrando la mano sobre él con una firmeza que no le causaba dolor, pero que la obligó a dar un paso hacia su cuerpo. El calor de su piel empapada en sudor atravesaba la tela del mono de competición.
—¿«Jean-Paul»? —siseó Dante con un barítono tan bajo y amenazante que le erizó el vello de los brazos a Valeria—. ¿Desde cuándo tuteas a los inspectores de Bruselas, Vidal?
—Desde que tienen modales civilizados y no huelen a gasolina quemada, De Rossi —devolvió ella, sin apartar el rostro, deleitándose con la tormenta negra que rugía en las pupilas del hombre—. Suelta mi mano. Tengo que ir a ducharme y elegir un vestido adecuado para cenar con un hombre que sabe apreciar las curvas.
Dante no la soltó. Al contrario: acortó los últimos diez centímetros de distancia, bajando la cabeza hasta que su aliento cálido rozó el lóbulo de la oreja de ella:
—No vas a ir sola a ninguna cena con ese parásito engolado. El contrato notarial prohíbe explícitamente cualquier reunión unilateral con los evaluadores de la Unión Europea que pueda comprometer la imagen de la alianza.
—El contrato prohíbe revelar secretos industriales, querido —susurró ella, girando la cabeza para rozarle apenas la comisura de los labios con el aire de sus palabras—. No prohíbe comer trufas con un caballero encantador. Y ahora, con tu permiso... mi coche tiene una cita con el garaje cubierto.
Se soltó con un giro elegante, le lanzó una mirada fulminante que fue pura dinamita y caminó hacia los vestuarios balanceando las caderas con una lentitud exasperante.
A diez metros de distancia, Enzo y Bianca se tapaban la boca con sendas toallas para no estallar en carcajadas. Enzo sacó su libreta de apuestas con los ojos brillantes de euforia:
—Cien euros a que Dante se compra una mesa en el mismo restaurante a cinco metros de ellos.
—Doscientos a que le pincha las ruedas del coche al francés antes del postre —contraatacó Bianca, frotándose las manos—. Esto es mejor que la final de la Champions.
A las dos y media de la madrugada, el ático de CityLife era un mausoleo sumido en la penumbra.
La cena en Cracco había sido un desfile de alta diplomacia y aburrimiento técnico. Jean-Paul Laurent había resultado ser exactamente lo que aparentaba: un burócrata brillante pero predecible, más interesado en hablar de su bodega en Burdeos que de la torsión de los pilares de titanio. Valeria había regresado a medianoche con un dolor de cabeza sordo y una sensación de vacío absurdo en el pecho.
Lo peor de todo —lo que le quemaba el orgullo— era que durante las tres horas de velada no había dejado de buscar con la mirada, de forma involuntaria y patética, la silueta imponente de Dante en cada esquina del restaurante. Pero Dante no había aparecido. Se había quedado en la oficina hasta tarde, ignorándola con una frialdad olímpica cuando ella cruzó el umbral del ático.
Valeria estaba sentada en la alfombra de su dormitorio, envuelta en su kimono de seda negra, con las rodillas contra el pecho y la tableta iluminándole el rostro cansado.
Abrió Nocturna.
El punto verde de PlanoCero estaba encendido, fijo como una estrella polar.
> TintaBlanca: Dime que el mundo tiene sentido en alguna parte, porque hoy mi radar de cordura se desintegró por completo.
>
La respuesta cayó a los cuatro segundos:
> PlanoCero: El mundo no tiene sentido, TintaBlanca. Está lleno de impostores con trajes de lino que se creen con derecho a invadir territorios que no les pertenecen.
> TintaBlanca: Espera... ¿tuviste un mal día tú también?
> PlanoCero: Pésimo. Un parásito con acento extranjero apareció hoy en mi entorno laboral. Un idiota perfumado que no distingue una viga maestra de una baguette rancia, pero que se pasa el día besando manos y soltando cumplidos baratos.
> TintaBlanca: (Sintiendo un vuelco violento en el estómago) ¿Un parásito extranjero? ¿Y por qué te afecta tanto a ti lo que haga ese hombre?
> PlanoCero: Porque se atrevió a rondar a mi esposa por contrato. A mi enemiga.
> TintaBlanca: Ah. La mujer a la que detestas con cada fibra de tu ser. Creí que te daría igual con quién cena o a quién le sonríe.
> PlanoCero: Me da igual en el plano personal, por supuesto. Es una arpía insoportable que hoy casi me saca de la pista en una carrera y me robó el estacionamiento de mi propio edificio. Pero ese imbécil la miraba como si fuera un trofeo fácil. Y ella... ella aceptó una cena con él solo para hacerme perder los estribos.
> TintaBlanca: ¿Y los perdiste?
> PlanoCero: Casi le rompo los dedos al estrecharle la mano. Y me pasé la noche entera encerrado en mi estudio apretando los dientes, imaginando a ese payaso intentando tocarla.
> TintaBlanca: (Con las manos temblorosas sobre la pantalla)... PlanoCero, eso no suena a desprecio corporativo. Eso suena a un ataque salvaje de celos.
> PlanoCero: No son celos, TintaBlanca. Es orgullo. Es saber que una mujer con ese cerebro, con esa bravura y con esa forma de mirar el mundo no merece rebajarse a escuchar las tonterías de un mediocre solo por llevarme la contraria a mí.
>
Al otro lado del tabique de CityLife, Valeria contuvo la respiración. Sus ojos se llenaron de un calor ardiente. Las palabras del hombre anónimo eran un puñal dulce que le atravesaba el pecho: «una mujer con ese cerebro, con esa bravura...».
Se mordió el labio con fuerza, tecleando despacio:
> TintaBlanca: Curioso. A mí hoy me pasó exactamente lo contrario.
> PlanoCero: ¿Qué te pasó?
> TintaBlanca: Fui yo la que cenó con un diplomático encantador esta noche. Salí con él solo para fastidiar a mi marido forzado, para demostrarle que no tiene ningún control sobre mi vida.
> PlanoCero: ¿Y funcionó? ¿Te divertiste?
> TintaBlanca: Fue el peor error de la semana. Me pasé la cena entera aburrida mortalmente, comparando cada frase elegante del francés con la forma en que mi enemigo discute conmigo. El francés no tiene fuego, PlanoCero. No tiene esa arrogancia salvaje que me hace sentir viva.
> PlanoCero: ¿Estás diciendo que extrañabas pelear con tu marido?
> TintaBlanca: Estoy diciendo que la cena fue una farsa. Cuando volví a casa y lo vi en el salón, trabajando en silencio, ignorándome como si fuera invisible... me dieron ganas de gritarle, de tirarle los planos por la cabeza solo para que volviera a mirarme como me miró esta mañana en la pista.
> PlanoCero: (Escribiendo durante dos minutos interminables)... ¿Cómo te miró esta mañana?
> TintaBlanca: Como si fuera la única mujer sobre la faz de la tierra. Como si quisiera estrangularme y devorarme al mismo tiempo.
> PlanoCero: TintaBlanca... si tu enemigo te miró así, créeme: ese hombre no está durmiendo esta noche. Está al otro lado de la pared, con los puños cerrados sobre las sábanas, odiándose a sí mismo por no haber tenido el valor de entrar a ese restaurante y sacarte de allí sobre sus hombros.
>
Valeria dejó caer la tableta sobre el edredón blanco.
El silencio del dormitorio se llenó con el eco acelerado de sus propios latidos. Miró la puerta cerrada que daba al pasillo oscuro.
Una necesidad urgente, primitiva y física la empujó a ponerse de pie. Abrió la puerta corredera sin hacer ruido y caminó descalza por el suelo de microcemento hacia la cocina en penumbra. Necesitaba un vaso de agua fría para calmar el fuego que las palabras de PlanoCero le habían encendido en el cuerpo.
Al doblar la esquina de la gran mesa de roble, se detuvo en seco.
Dante estaba de pie junto a la cristalera panorámica. No llevaba camiseta; solo unos pantalones oscuros de chándal caídos sobre las caderas. La luz plateada de la luna llena de Milán bañaba la musculatura tensa de su espalda y el perfil afilado de su rostro. Sostenía en la mano su teléfono móvil con la pantalla encendida... y en sus ojos azules ardía la misma tormenta insomne que no la dejaba respirar a ella.
El crujido casi imperceptible del suelo delató los pasos de Valeria.
Dante se giró despacio. Sus miradas se cruzaron en la oscuridad del ático con la violencia de dos cables de alta tensión rozándose en una tormenta.
—¿El francés no te dejó satisfecha con su poesía, Vidal? —preguntó Dante con una voz rota, cavernosa y áspera que llenó la estancia entera.
Valeria no retrocedió. Cruzó la línea de cinta azul del suelo con pasos lentos y seguros, clavando sus ojos en los de él:
—El francés es un caballero aburrido, De Rossi. Y tú eres un cobarde que ladra mucho en la pista pero se esconde detrás de sus planos a medianoche.
Dante soltó el teléfono sobre la encimera con un chasquido sordo, dio dos zancadas feroces y la acorraló contra el borde de la gran mesa de roble, apoyando las dos manos a los costados de sus caderas, bajando su rostro hasta que sus frentes casi se tocaron:
—Pruébame, Valeria —gruñó él contra sus labios, con la respiración ardiendo como fuego puro—. Dime otra vez que soy un cobarde y mira lo que le pasa a tu maldito contrato notarial ahora mismo.