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La Villana Que Dejó De Perseguir Al Príncipe

La Villana Que Dejó De Perseguir Al Príncipe

Status: En proceso
Genre:Mundo mágico / Villana / Mujer poderosa
Popularitas:1.7k
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Alina Drayce nació para ser la villana. Sufrió tanto que creyó que si era mala, al menos el Príncipe Kian la miraría. Pero cada vez que se le acercaba, él la trataba mal.

Todo cambia cuando llega Leo, un chico humilde y becado. El príncipe, que nunca la quiso, sí se interesa en él. Ahí Alina entiende que gastó años persiguiendo a quien no la valora y decide dejar de hacerlo.

Empieza a darse tiempo para ella. Es inteligente, hermosa, hábil y perfecta cuando se quiere. Deja de ser mala y se vuelve feliz, y todos notan que ahora brilla más.

Es entonces cuando descubre su don: puede hablar con los animales y entenderlos. Antes ni un pájaro se le acercaba por ser la villana, ahora todos la buscan. Empieza a ayudarlos y abre su propia clínica veterinaria "El Susurro Salvaje".

Allí la encuentra el Rey Silas, un joven rey que siempre la vio, incluso cuando ella no se veía a sí misma.

Una historia de amor propio, magia y segundas oportunidades.

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 7 - El día del alcalde

El viernes me levanté a las cinco. Era el día que me había dado el doctor Ramos para cerrar. No dormí mucho. Tizón durmió conmigo toda la noche y el halcón, que ya le puse de nombre Viento por lo rápido que respiraba, se movía en su caja cada dos horas. Cada vez que se movía, yo me despertaba y le revisaba la venda del ala.

Me vestí con el uniforme y bajé a la cocina. Mi madre ya estaba despierta. Me había hecho té y me había dejado una tostada con mantequilla. Me dijo, hoy vas a ir al municipio, ¿verdad? Le dije que sí, que la señora Lía me dijo que fuéramos a las nueve. Me dijo que ella también iba. Me dijo que se había pedido el día libre en su trabajo. Me quedé callada porque no sabía qué decir. Me abrazó y me dijo, no te preocupes, no vas sola.

Llegué a la academia y dejé mis cosas en mi casillero. No entré a clases. Me fui por la puerta de atrás y caminé hasta el municipio. Es un edificio chico, pintado de blanco, con una bandera en la puerta que siempre está un poco torcida. Afuera ya estaban la señora Lía, Marta, Leo y Silas. Silas tenía la misma chaqueta de cuero y traía una carpeta marrón. Leo traía a Tizón en su caja porque le dije que lo cuidara mientras yo estaba adentro. Me sentí rara al ver a todos ahí por mí. Nunca nadie había hecho eso.

Entramos. El alcalde es un señor mayor, con poco pelo y lentes gruesos. Se llama don Ernesto y conoce a mi madre desde que eran chicos porque fueron juntos a la escuela. Nos hizo pasar a una sala chica con una mesa larga y con sillas de plástico. Nos dijo, me contaron que hay un problema con una clínica de animales. Le dije que no era una clínica, que era un refugio chico que había puesto en el local de Marta para ayudar a los animales que no tenían dueño o que sus dueños no tenían plata para el veterinario.

Me preguntó si cobraba. Le dije que no, que a veces la gente me dejaba huevos o pan, pero que yo no pedía plata. Le mostré mi cuaderno. Tenía anotados todos los animales que había atendido en doce días. Eran veintitrés. Con la fecha, con el nombre si tenían, con lo que les hice y con lo que les di. Le mostré también el libro verde de Silas y las vendas que me había dejado Kian.

Don Ernesto leyó mi cuaderno un rato largo. Después miró a Silas y le dijo, ¿usted es el hijo del viejo veterinario? Silas le dijo que sí. Don Ernesto le dijo que su padre le había salvado a su perro hace muchos años y que no se le había olvidado. Silas sonrió y le dijo que su padre siempre decía que los animales no esperan a que tengas título para enfermarse.

En ese momento entró el doctor Ramos. Venía con su guardapolvo blanco y con la misma carpeta del otro día. Nos miró a todos y puso cara de enojado. Le dijo a don Ernesto que yo estaba ejerciendo sin permiso y que podía hacerle daño a un animal. Don Ernesto le preguntó si él atendía halcones o gatos callejeros sin cobrar. Ramos se quedó callado y dijo que no, que él tenía una clínica privada y que no podía atender gratis porque tenía gastos. Don Ernesto le dijo que entonces entendía por qué la gente iba a mi local.

Ramos dijo que igual necesitaba un permiso y que yo no tenía. Don Ernesto pensó un rato y dijo, le vamos a dar un permiso como refugio comunitario, no como clínica. Así puede seguir ayudando sin cobrar y sin hacer operaciones grandes. Si hay una operación grande, la derivamos a usted, doctor Ramos, y usted la cobra como siempre. Ramos no estaba contento, pero no dijo nada más porque Marta, que es su tía, lo miró fijo y le dijo, Ernesto, deja a la niña tranquila que está haciendo algo bueno.

Salimos del municipio con un papel firmado que decía permiso temporal para refugio comunitario El Susurro Salvaje, a nombre de Alina. Lo agarré con las dos manos y lo apreté contra mi pecho. Era solo un papel, pero para mí era como si me hubieran dado un castillo. La señora Lía me abrazó y me dijo, viste, te dije que el pueblo te quería. Marta me dijo que no me iba a cobrar el alquiler por dos meses más. Silas me dijo que su padre estaría orgulloso. Leo me dio a Tizón y me dijo, ahora sí eres oficial.

Volví al local corriendo. Afuera había más gente que nunca. Estaban la niña del perro, la señora de la gata, el niño del halcón, el señor mayor del perro grande y tres personas más que no conocía. Todos me miraban y me aplaudieron cuando llegué. Me dio vergüenza. Les dije que pasaran de a uno.

Ese día atendí a un perro con garrapatas, a dos gallinas con piojos y a un conejo viejo que no quería moverse. A todos les limpié, les puse lo que decía en el libro y les hablé bajito. En mi cabeza escuchaba sus quejas chiquitas, tengo picazón, me duele la pata, tengo miedo. Les contestaba en voz baja y se calmaban. La gente me miraba raro cuando les hablaba a los animales, pero no decían nada porque veían que se calmaban.

A las seis, cuando ya no quedaba nadie, llegó Kian. Venía solo, sin sus amigos. Traía una bolsa de comida para gatos que había comprado en la tienda grande. Me la dio y me dijo, mi madre me dijo que viniera a pedirte perdón por lo del otro día en el establo. Le dije que no hacía falta. Me dijo que había hablado con su padre y que su padre le dijo que lo que yo hacía estaba bien. Me dijo que él quería ayudar, que si quería podía venir los sábados a limpiar jaulas. Le dije que sí, que podía venir si quería, pero que no era para que estuviéramos juntos, que era para los animales. Me dijo que lo entendía.

Cuando se fue, cerré la puerta del local y me senté en el suelo con Tizón y con Viento. Viento ya movía el ala un poco más y comía solo. Tizón se había hecho amigo de él y dormía al lado de su caja para darle calor. Los miré a los dos y sentí algo que no había sentido en mucho tiempo. Sentí que mi vida tenía un lugar donde quedarse.

Mi madre vino a las siete con una olla de sopa y con pan. Nos sentamos los tres, ella, Leo y yo, en el suelo del local, a comer sopa con cucharas de plástico. Mi madre me dijo, mañana traigo una mesa mejor y una luz más fuerte para que no te quedes ciega leyendo ese libro. Leo se rió y me dijo, ya tienes empleada y todo.

Esa noche escribí en mi cuaderno, día catorce, permiso del alcalde, veintiséis animales curados, una fila en la puerta, un doctor enojado que se fue sin decir nada, un chico que me trajo comida para gatos y una madre que me trajo sopa. Abajo escribí, sigo, y esta vez con permiso.

Apagué la luz chiquita que había puesto Leo y me quedé un rato mirando el cartel de El Susurro Salvaje que se veía desde la calle. Se veía bonito en la noche, con la luz amarilla que parpadeaba un poco.

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bruja de la imaginación 👿😇
me gustó mucho está historia 🥰
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