Traicionada por quienes más amaba y reducida a la nada, Angie huye de su vida anterior con el corazón roto y sin un centavo. La única mano extendida es la de Roberta, su amiga de toda la vida, que la acoge en su hogar sin hacer preguntas. Allí, Angie conoce al padre de su amiga: Lucian, un hombre imponente, millonario, de mirada profunda y carácter inquebrantable.
Entre ellos surge algo imposible de callar: un deseo abrasador, una conexión que quema cada encuentro, aunque el secreto los condene. Cuando la verdad sale a la luz, la culpa y el miedo la empujan a huir. Pero Lucian no está dispuesto a dejarla ir: la retiene, no como prisionera, sino como la mujer que posee su alma. Ahora Angie deberá elegir: ¿la lealtad que le debe a su amiga, o el deseo que la consume junto al hombre prohibido?
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La intimidad que crece
Esa noche, el encuentro fue distinto. No hubo prisa, ni temor inminente, ni la urgencia de ocultarse en cuanto se escuchara un paso. La casa estaba en calma profunda, y en la penumbra de mi habitación, solo existíamos él y yo. Lucian cerró la puerta tras de sí con suavidad, y cuando se giró hacia mí, su mirada no era solo de deseo: era de algo más hondo, más vulnerable, algo que me hizo temblar de emoción.
Se acercó despacio, sin apresurarse, y me tomó la mano llevándola hasta sus labios para besarme las yemas de los dedos una por una.
—Cada minuto lejos de ti es demasiado largo —confesó, con voz baja y ronca—. No solo te deseo, Angie. Te necesito. Como el aire que respiro.
Me atrajo hacia su pecho y me abrazó, fuerte y protector, y en ese abrazo sentí que me desarmaba por completo. No había nada que ocultar, nada que fingir. Me acarició el cabello, la nuca, la espalda, con movimientos lentos, como si quisiera grabar cada curva de mi cuerpo en su memoria.
—Eres hermosa —susurró, apartándose un poco para mirarme a los ojos—. No solo por fuera. Por dentro, también. Toda tú.
Sus manos bajaron despacio, recorriéndome la cintura, las caderas, con una ternura que me hizo cerrar los ojos. No era solo fuego lo que nos unía; era confianza, entrega, la certeza de que por fin alguien me veía tal y como era, sin juicios, sin exigencias. Me besó la frente, los párpados, las mejillas, antes de llegar a los labios, y cuando lo hizo, fue con una lentitud que me hizo perder la noción del tiempo.
Me sentó en el borde de la cama y se arrodilló frente a mí, tomándome las manos entre las suyas.
—Quiero que sepas lo que siento —dijo, mirándome fijo—. No eres un capricho. No eres un momento. Eres la mujer que me ha devuelto las ganas de vivir. Y haré lo que sea para que estés conmigo.
—Aunque todo se derrumbe? —susurré, con lágrimas asomando—. Aunque ella lo descubra y nos odie?
—Aunque todo se derrumbe —respondió con firmeza—. Si tú estás a mi lado, puedo enfrentarme a cualquier cosa.
Me levanté y lo atraje hacia mí, posando mis manos sobre su pecho, sintiendo el latido de su corazón.
—Entonces no me sueltes —le pedí—. No me dejes caer.
—Nunca —prometió.
Sus manos me recorrieron entonces con reverencia, despacio, descubriendo cada rincón de mi piel, dejando un rastro de fuego y ternura. Me miraba mientras lo hacía, y en sus ojos vi devoción, adoración, como si yo fuera algo precioso que temía romper. Me sentí pequeña y protegida, poseída y a la vez dueña de todo lo que él era. Le conté mis miedos más profundos, la soledad que había sentido, la sensación de no valer nada… y él me besó cada cicatriz invisible, diciéndome que era todo lo que le importaba.
—Eres mía —repetía contra mi piel, suavemente—. Solo mía. Y yo soy tuyo. Completamente tuyo.
Me entregué a él sin reservas. No hubo dudas, ni miedos, ni mentiras en ese instante. Solo nosotros, en la oscuridad, construyendo un mundo propio donde nadie más tenía entrada. Cada caricia era una promesa, cada beso un juramento. Cuando me abrazó y me acunó entre sus brazos, sentí que por fin había llegado a casa.
Descansé con la cabeza sobre su pecho, escuchando su respiración acompasada. Él me acariciaba el cabello con calma, en silencio, y yo sabía que algo había cambiado entre nosotros. Ya no era solo atracción oculta. Era algo más grande, más fuerte, algo que nos ataba el alma.
—No sé qué pasará mañana —dije en voz baja—. Pero esta noche… gracias.
Me besó la sien.
—Gracias a ti, por confiar en mí.
Nos quedamos así, abrazados, hasta que el sueño empezó a vencerme. Sabía que cuando saliera de esa habitación, la realidad volvería: la culpa, el secreto, el riesgo constante. Pero por ahora, solo importaba esto: su calor, su voz, la certeza de que me amaba.
Y sin embargo, en el fondo de mi pecho, una vocecita me susurraba que cuanto más fuerte creciera lo nuestro, más doloroso sería cuando estallara.