En el siglo XV, un círculo de ceniza negra aparece en un valle de Aragón. Quienes lo tocan o nombran desarrollan un grano bajo la lengua y una raíz que busca el corazón. Los cuerpos se vacían en polvo caliente. Fray Tomás de Ávila investiga el fenómeno para la Inquisición, pero el mal viaja con él: de Albarracín a Teruel, Zaragoza y Castilla. No es peste ni demonio, sino un hambre antigua que se alimenta de nombres propios. Cada intento de contenerlo solo lo extiende. El círculo no se rompe: se completa y busca la siguiente boca.
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4
La fosa abierta
Al día siguiente Fray Tomás ordenó que abrieran una de las tumbas. No la de la niña de Isabel. Esa aún era demasiado reciente y el dominico no quería enfrentarse todavía a la madre. Eligió la de uno de los peones de Don Rodrigo, enterrado hacía nueve días. Los dos campesinos que servían de guardias cavaron en silencio, con la cabeza gacha y el paño subido hasta la nariz. El Hermano Mateo permanecía unos pasos atrás, con el cuaderno cerrado contra el pecho. Tosía de vez en cuando, un sonido seco que hacía que los campesinos se santiguaran sin levantar la vista.
La tierra salía negra y apelmazada. No olía a putrefacción. Olía a ceniza húmeda y a algo metálico, como hierro oxidado. Cuando llegaron a la profundidad de la fosa, uno de los hombres retrocedió de golpe y dejó caer la pala.
—Padre… la losa está caliente.
Fray Tomás se acercó al borde. Efectivamente, la piedra que cubría el ataúd desprendía un calor sordo, como si debajo hubiera brasas. Mandó que la levantaran. Los dos hombres obedecieron con la cara torcida por el asco y el miedo. Al mover la losa salió una bocanada de aire caliente y el mismo polvo fino que ya conocían. La nube se elevó y se dispersó entre ellos. Mateo se cubrió la boca demasiado tarde. Tosió con más fuerza y escupió un hilillo oscuro sobre la tierra.
El ataúd era de madera tosca. No estaba hinchado ni podrido. Cuando lo abrieron, el cuerpo del peón apareció envuelto en su mortaja de lienzo burdo. Fray Tomás ordenó que lo descubrieran. La cara del muerto estaba intacta. La piel tenía el color de la cera vieja, pero no se había hundido. Los ojos seguían abiertos, fijos en un punto del cielo gris. La boca estaba entreabierta y en las comisuras se veía el mismo polvo negro que había salido del sagrario y del pan de la niña. Uno de los campesinos murmuró una oración y se alejó unos pasos. El otro se quedó paralizado, con la pala aún en la mano.
Fray Tomás se agachó. Con un trozo de madera levantó el labio superior del cadáver. Detrás de los dientes, la lengua era gruesa y de color gris oscuro. No había signos de descomposición. Ningún gusano. Ningún olor a carne podrida. Solo el calor y la ceniza.
—Cerradlo
dijo con voz baja.
—Y cubrid la fosa de nuevo. Nadie hablará de esto fuera de este círculo.
Los hombres obedecieron de prisa. Mientras echaban la tierra, el calor de la losa se fue apagando poco a poco, como si la presencia de los vivos lo hubiera enfriado. Mateo no dejó de toser. Cada acceso terminaba con un escupitajo oscuro que el novicio intentaba disimular contra la manga del hábito.
Regresaron al pueblo en silencio. Don Rodrigo los esperaba cerca de la iglesia. Al verlos se acercó cojeando.
—¿Lo habéis visto?
preguntó con la voz ronca.
—¿Sigue igual?
Fray Tomás no respondió. Pasó de largo. El caballero lo siguió unos pasos.
—Anoche soñé otra vez. Esta vez no estaba solo ella. Estaban los tres peones. Todos sin pies. Todos con la boca llena. Me señalaban el pozo. Cuando me desperté tenía la palma otra vez quemada. Y el sabor… el sabor ya no se va ni con el vino.
Fray Tomás se detuvo. Se giró hacia él.
—Dejad de beber. El vino solo esconde lo que ya está dentro. Mañana volveréis a declarar. Y esta vez traeréis a cualquiera que haya tocado esos cuerpos.
Don Rodrigo bajó la cabeza y se alejó arrastrando los pies. Fray Tomás entró en la iglesia. El interior estaba más frío que el día anterior. Las imágenes de los santos seguían cubiertas. El Hermano Mateo se arrodilló frente al altar y empezó a rezar en voz alta, pero las palabras se le atragantaban. Cada cierto tiempo se interrumpía para toser. Por la tarde Fray Tomás hizo llamar de nuevo a la Vieja. La trajeron desde la habitación sin ventanas. Esta vez parecía más pequeña, más encorvada. Se sentó en el mismo banco y miró al dominico con esos ojos de piedra mojada.
—Ya abristeis una fosa
dijo antes de que él hablara.
—Ya visteis que la tierra no quiere lo que le dan. ¿Qué vais a hacer ahora? ¿Quemarme? El humo se quedará. Ya os lo dije.
—Habéis tocado esos cuerpos. Habéis estado junto a las tumbas. Habéis dicho palabras.
—He dicho los nombres que ellos mismos me daban. Los muertos hablan cuando la boca se les llena de lo negro. Solo repito lo que oigo. Si eso es pecado, entonces el pecado está en la tierra, no en mi lengua.
Fray Tomás la observó en silencio durante un rato. Luego hizo un gesto a los guardias.
—Devolvedla a la habitación. Y esta noche nadie entra ni sale de esa casa sin mi permiso.
Cuando se quedaron solos, Mateo se acercó a la mesa. Tenía el cuaderno abierto, pero no había escrito nada nuevo. La página estaba manchada con un pequeño círculo de polvo oscuro, como si la ceniza hubiera caído desde su propia boca mientras intentaba tomar notas.
—Padre… siento algo debajo de la lengua. Como un grano. O un trozo de carbón. Duele cuando trago.
Fray Tomás le mandó abrir la boca. La capa gris se había extendido. En el centro de la lengua había ahora una pequeña elevación, dura al tacto, del color de la ceniza apagada. El dominico retiró el dedo y se limpió en el hábito. La mancha no desapareció. Esa noche el viento cambió de dirección. Venía del bosque, cargado de humedad y del mismo olor que ya no abandonaba el valle. Fray Tomás se quedó en la sala de interrogatorios, frente al brasero recién encendido. Intentó rezar, pero las palabras del oficio le sonaban huecas. Cada cierto tiempo levantaba la vista hacia la puerta, esperando oír de nuevo la tos infantil que había escuchado bajo la mesa la noche anterior.
No vino la tos. Vino un roce más suave, como de alguien arrastrando los pies descalzos sobre la piedra. El sonido se acercó hasta detenerse justo al otro lado de la puerta. Fray Tomás se levantó, tomó la vela y abrió. No había nadie. Solo el corredor oscuro y el olor más denso. En el suelo, justo frente al umbral, había un círculo perfecto de ceniza negra, del tamaño de un plato. En el centro del círculo, una huella pequeña. La huella de un pie de niño, marcada con el mismo polvo.
Fray Tomás se agachó. Tocó el borde del círculo con la yema del dedo. El polvo estaba caliente. Cuando retiró la mano, la huella seguía allí, nítida, como si el peso de un cuerpo invisible la hubiera dejado hace apenas un instante. Cerró la puerta. Se apoyó contra ella. Por primera vez desde que llegó al valle sintió que las paredes de la casa se habían acercado. El aire entraba con más dificultad en los pulmones. Se miró las manos a la luz de la vela. En la yema del dedo índice, donde había tocado la ceniza del pan dos días atrás, la mancha negra se había extendido un poco más, como una raíz fina que buscaba entrar bajo la piel.
En la iglesia, el Hermano Mateo tosió durante largo rato. Después se hizo el silencio. Un silencio tan completo que Fray Tomás llegó a pensar que el novicio había dejado de respirar. Hasta que, cerca de la medianoche, oyó un sonido nuevo: el de una pala golpeando la tierra en algún lugar del cementerio.
Nadie debía estar cavando a esas horas.
Fray Tomás tomó la vela y salió. El viento le golpeó la cara con fuerza. El olor a ceniza era ahora tan espeso que podía saborearlo sin abrir la boca. Caminó hacia el camposanto. Las tumbas se veían como bultos oscuros bajo la luz escasa. Una de ellas, la que habían abierto por la mañana, estaba de nuevo removida. La tierra había sido apartada. La losa estaba desplazada.
Y en el fondo de la fosa, donde debía estar el ataúd cerrado, solo había un montículo de ceniza negra todavía caliente.