Sinopsis
Un reino a punto de cambiar. Un secreto congelado en el corazón. Y un amor que desafiará a dos coronas.
A punto de ascender al trono de Arendor, la princesa Aria vive aterrorizada por dos grandes cargas: la abrumadora responsabilidad de gobernar a su pueblo tras la muerte de sus padres y un peligroso don milenario de magia de hielo que apenas puede controlar.
Buscando una tregua antes del día de su coronación, Aria se aventura de incógnito por las calles de la ciudad. Pero lo que debía ser una simple escapada la conduce a un rincón olvidado de Arendor y a los ojos de Erik, un misterioso y atractivo joven del norte que parece entender su soledad como nadie. Entre tardes furtivas en un banco de madera, caricias robadas y un beso desesperado en la penumbra, una chispa imprevista amenaza con consumir sus miedos.
Sin embargo, el destino guarda su propia revelación.
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CAPÍTULO 23: El Reencuentro de Hielo y Fuego
Lyra empujó la pesada hoja de nogal, que se abrió sin emitir un solo ruido.
La Gran Biblioteca era una estancia monumental de dos pisos, con paredes cubiertas de estantes de madera oscura repletos de miles de tomos antiguos. Una inmensa chimenea de piedra ardía en el centro, proyectando sombras doradas sobre las alfombras de piel de oso.
Al fondo de la estancia, junto al gran ventanal acristalado por el que se contemplaba la tormenta de nieve exterior, se encontraba el Rey Lian Voronov.
El joven monarca estaba sentado frente a un amplio escritorio repleto de mapas y documentos. Vestía una camisa de lino blanco con los primeros botones desabrochados y las mangas remangadas. Tenía el cabello oscuro revuelto y la cabeza apoyada en una mano, sosteniendo una pluma de ganso con la otra. Sobre el escritorio descansaba una pequeña figura de hielo recién esculpida: la silueta de Lyra bailando.
Lian suspiró con cansancio, apoyando la pluma sobre el tintero.
—Darian, te dije que no quiero más té de tila... —dijo Lian sin levantar la vista, creyendo que se trataba de su asistente—. Déjame solo un momento.
—No soy Darian... y tampoco traje té —dijo una voz suave, risueña y profunda desde la penumbra.
Lian se congeló.
La pluma se le escapó de los dedos y cayó sobre el escritorio. Lentamente, como si tuviera miedo de que la voz fuera una alucinación provocada por el cansancio y el dolor de la soledad, el rey levantó la cabeza.
Allí, a pocos pasos de él, bajo la luz dorada del fuego, estaba Lyra. Llevaba su capa de terciopelo carmesí entreabierta, despeinada por el viento del camino, con las mejillas sonrojadas por el frío y una sonrisa llena de amor y picardía en los labios.
—Lyra... —murmuró Lian en un hilo de voz destrozado por la emoción.
Se puso de pie de golpe, derribando la silla de roble hacia atrás. Cruzó el espacio que los separaba a zancadas frenéticas y, antes de que Lyra pudiera pronunciar una palabra más, la tomó por la cintura y la levantó en vilo, pegando su cuerpo contra el suyo.
Lyra envolvió sus brazos alrededor del cuello del joven rey, hundiendo las manos en su cabello oscuro.
—¡Dime que no estoy soñando! ¡Dime que eres real! —exclamó Lian, ahogando su rostro en el cuello de la princesa, respirando ávidamente el aroma a rosas y canela que emanaba de su piel.
—Soy real, mi rey... estoy aquí —sollozó Lyra de felicidad, sintiendo las lágrimas calientes de Lian mojar su cuello.
Lian separó su rostro unos centímetros para mirarla a los ojos. Sus pupilas azul lago brillaban con una devoción desbordada. Sin esperar un segundo más, inclinó la cabeza y atrapó los labios de Lyra en un beso hambriento, profundo y apasionado.
Fue un encuentro furioso de respiraciones y caricias reprimidas durante meses. Lian la besaba con una voracidad que le robaba el aliento, explorando su boca con la lengua mientras sus manos grandes y cálidas moldeaban la espalda de la princesa sobre el terciopelo. Lyra correspondió al beso con la misma entrega salvaje, entreabriendo los labios, aferrándose a los hombros musculosos de Lian, sintiendo cómo el frío del viaje se disipaba instantáneamente ante el calor del abrazo de su amado.
—Renuncié a mi miedo, Lian —susurró Lyra contra sus labios cuando se separaron unos milímetros, ambos jadeando por la pasión—. Hablé con Aria... le confesé todo. Ella me bendijo y me pidió que viniera a buscarte. He venido para quedarme a tu lado. Para ser tu reina, si todavía me quieres.
Lian soltó una carcajada llena de dicha pura. La volvió a besar en las mejillas, en los párpados, en la frente y en los labios.
—¿Que si te quiero? —exclamó Lian con la voz enronquecida por la emoción—. Te amo más que a mi propia vida, Lyra de Arendor. Este castillo era una tumba sin ti. Hoy me has devuelto el alma.