SIN ESPOILER
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RUMBO A ALEMANIA
Rusia…
La mañana llegó demasiado rápido.
Lia despertó antes de que sonara la alarma.
Durante unos segundos permaneció mirando el techo.
Entonces recordó.
Alemania.
Ese día se marcharía.
Se incorporó lentamente y miró la maleta que estaba junto a la puerta.
Todo estaba preparado.
Su ropa.
Sus documentos.
Algunas cosas personales.
Y una pequeña fotografía que había decidido llevar consigo.
Lia respiró profundamente.
No sabía qué sentir.
Estaba nerviosa.
Pero también tenía una extraña sensación de esperanza.
---
Unas horas después…
La mansión estaba mucho más tranquila de lo habitual.
Kiran esperaba junto al vehículo que llevaría a Lia hasta el aeropuerto privado.
Cuando la vio salir, levantó la mirada.
—¿Lista?
Lia observó su maleta.
—Creo que sí.
Kiran tomó la maleta antes de que ella pudiera hacerlo.
—Yo la llevo.
—Puedo hacerlo.
—Lo sé.
Kiran comenzó a caminar.
—Pero no tienes que hacerlo todo sola.
Lia lo siguió en silencio.
Aquellas palabras todavía le resultaban extrañas.
Durante años había aprendido exactamente lo contrario.
Había aprendido que pedir ayuda significaba convertirse en una carga.
Kiran estaba intentando enseñarle algo diferente.
Que recibir ayuda no la hacía débil.
---
El trayecto hasta el aeropuerto fue tranquilo.
Lia miraba por la ventana.
Rusia pasaba frente a sus ojos.
Por primera vez no sentía que estuviera huyendo.
Sentía que estaba comenzando algo nuevo.
Cuando llegaron, Lia quedó sorprendida.
Frente a ellos esperaba un jet privado.
Elegante.
Imponente.
Completamente preparado para el viaje.
Lia abrió ligeramente la boca.
—¿Ese es…?
—Sí.
—¿Mi avión?
Kiran sonrió.
—Nuestro transporte.
—Kiran…
—¿Qué?
—Esto es demasiado.
—No voy a enviarte sola en un vuelo comercial después de todo lo que has vivido.
Lia lo miró.
—¿Y quién va conmigo?
—Un pequeño equipo de confianza.
—¿Tú no?
Kiran negó.
—Tengo que quedarme.
Lia bajó la mirada.
—Lo imaginé.
Kiran se acercó.
—Astrid estará esperándote cuando llegues.
—¿Seguro?
—Completamente.
Lia respiró profundamente.
Después levantó la mirada.
—Voy a extrañarte.
Kiran permaneció callado durante un instante.
Aquella frase parecía haberlo tomado por sorpresa.
Finalmente respondió:
—Yo también.
Lia sonrió.
Kiran extendió los brazos.
Lia dudó apenas unos segundos antes de aceptar el abrazo.
Fue un abrazo tranquilo.
Sin prisas.
Sin palabras.
Simplemente dos personas que sabían que iban a estar separadas durante un tiempo.
—Cuídate —dijo Kiran.
—Tú también.
—Y recuerda algo.
Lia levantó la mirada.
—¿Qué?
—No le debes nada a nadie por haberte ayudado.
Lia sintió que los ojos se le humedecían.
—Lo sé.
—Y si algún día quieres regresar…
Kiran hizo una pausa.
—Esta casa también puede ser tu casa.
Lia sonrió.
—Gracias.
---
Finalmente llegó el momento.
Lia subió al jet.
Antes de entrar, se giró.
Kiran seguía allí.
—¡Kiran!
—¿Sí?
—¡No hagas ninguna locura!
Kiran soltó una pequeña risa.
—No prometo nada.
—¡Kiran!
—Está bien.
Levantó una mano.
—Me cuidaré.
Lia sonrió.
Después entró.
La puerta se cerró.
El jet comenzó a prepararse para despegar.
Kiran permaneció en la pista hasta que el avión comenzó a alejarse.
No se movió.
Solo observó.
Hasta que finalmente desapareció en el cielo.
---
Dentro del jet…
Lia estaba sentada junto a una ventana.
Observaba las nubes.
Todo parecía diferente desde allí arriba.
Rusia comenzaba a quedar atrás.
Lia apoyó la cabeza contra el asiento.
—Alemania…
Pronunció el nombre suavemente.
No sabía qué encontraría allí.
No sabía cómo sería Astrid.
Pero estaba dispuesta a descubrirlo.
Una de las personas que viajaba con ella se acercó.
—Señorita Lia, ¿necesita algo?
Lia negó.
—No, gracias.
Volvió a mirar por la ventana.
Por primera vez en mucho tiempo, no tenía miedo del futuro.
Tenía incertidumbre.
Pero no miedo.
---
Horas después…
El jet comenzó a descender.
Lia miró por la ventana.
Alemania apareció debajo de las nubes.
Los paisajes eran diferentes.
Las calles.
Los edificios.
La arquitectura.
Todo parecía nuevo.
El avión aterrizó suavemente en una pista privada.
Lia tomó aire.
Había llegado.
Cuando descendió del jet, sintió el frío alemán en el rostro.
Miró alrededor.
Entonces vio un vehículo esperando.
Junto a él había una mujer joven.
Cabello cuidadosamente arreglado.
Abrigo elegante.
Expresión tranquila.
Cuando sus miradas se encontraron…
La mujer sonrió.
Lia se quedó quieta.
La reconoció por una fotografía que Kiran le había mostrado.
Astrid.
La hermana menor de Kiran.
Astrid caminó hacia ella.
—¿Lia?
Lia asintió.
—Sí.
Astrid sonrió.
—Soy Astrid.
Lia respiró profundamente.
—Mucho gusto.
Astrid abrió los brazos.
—Ven aquí.
Lia se sorprendió.
Pero Astrid simplemente la abrazó.
Un abrazo cálido.
Sin preguntas.
Sin exigencias.
Sin condiciones.
—Bienvenida a Alemania —susurró Astrid.
Lia cerró los ojos durante unos segundos.
Y por primera vez desde que había llegado a Rusia…
Sintió que quizá Alemania también podía convertirse en un hogar.
Astrid se separó lentamente.
—Kiran me pidió que cuidara de ti.
Lia sonrió.
—Lo imaginé.
Astrid soltó una pequeña risa.
—Es muy protector.
—Sí.
—Y bastante terco.
Lia sonrió.
—Muchísimo.
Ambas rieron.
Astrid tomó una de las maletas.
—Vamos.
—¿A dónde?
—A casa.
Lia se quedó mirándola.
Aquella palabra volvió a tocar algo dentro de ella.
Casa.
Quizá todavía no sabía qué significaba.
Pero mientras caminaba junto a Astrid hacia el vehículo…
Por primera vez…
Lia estaba dispuesta a descubrirlo.