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El Lamento De Las Flores

El Lamento De Las Flores

Status: En proceso
Genre:Romance / Reencarnación / Mundo de fantasía
Popularitas:1k
Nilai: 5
nombre de autor: A.B.G.L

La joven princesa olvidada, la marginada, la horrible y desgraciada hija de un duque a buscado liberarse de una familia que no la aprecia, se a enamorado, pero se han burlado de ella, la han humillado y cuando creyo que los afectos de un hombre que jamas imagino que la amaria le hizo cambiar de parecer, este la traiciona de la peor manera, rota, rota del corazon y humillada huye a los campos, donde buscareinventar a la mujer en ella, pero su mente piensa en el hombre que ama y que creyo que la amaba, pero había cometido un error.

Había cometido el terrible, el único error en toda su vida, confiar en el...

Novela romántica.

Novela extensa.

NovelToon tiene autorización de A.B.G.L para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3: El Trato con la Sombra

El castillo Emberfall respiraba frialdad en cada piedra, un latido lento y gélido que parecía ignorar que en sus pasillos caminaba una mujer que ya había muerto una vez. Harriette avanzaba por los corredores de piedra, con la cabeza erguida y el porte de quien ya no mendiga ni perdona. Su vestido de seda azul noche arrastraba suavemente tras ella, un murmullo oscuro que marcaba su paso, y en su pecho no había temblor, ni duda, ni el menor rastro de aquella niña sumisa que bajaba la mirada ante la voz de su padre. Algo en ella se había asentado, duro y brillante como el acero forjado en fuego: la certeza absoluta de que su vida no volvería a ser decidida por otros, ni mucho menos por quienes la habían tratado como un adorno más en su estantería.

Llegó ante la puerta del despacho del duque Fenris Emberfall, un lugar que siempre le había parecido un mausoleo de papeles, sellos y voluntad de hierro. Los dos guardias apostados a los lados la miraron de reojo, con esa mezcla de cortesía obligada y desdén que todos en el castillo le profesaban, y abrieron las pesadas hojas de roble sin decir palabra. Al entrar, el aire olía a cera, tinta y una fragancia sutil de madera de cedro —el olor del poder que su padre creía emanar de sí mismo—. La estancia estaba bañada por una luz tenue que se filtraba a través de vidrios emplomados, tiñendo el suelo de tonos sombríos y dorados. Tras un inmenso escritorio de madera oscura tallada con escudos de armas, estaba él: Fenris Emberfall, duque, señor de estas tierras, y padre de una hija que nunca supo cómo llamar suya.

No levantó la vista de los documentos que sostenía entre las manos cuando ella entró. Su pluma siguió rasgando el papel, lenta y segura, como si el tiempo de su hija fuera algo que podía esperar, o que simplemente no importaba.

—Te he llamado tres veces —dijo él, sin mirarla, su voz seca y plana, sin calidez ni reproche, solo la afirmación de un hecho que le parecía una falta de respeto a su autoridad—. Has tardado.

Harriette se detuvo a medio camino, sin hacer reverencia, sin bajar la mirada. Lo observó con la misma frialdad con la que él la miraba desde siempre: como un objeto, como una pieza en un tablero. Pero esta vez, la pieza había despertado.

—He estado ocupada —respondió ella, y su voz fue clara, firme, sin rastro de timidez—. No oí las llamadas. Si eran para mí, debieron enviarme un mensaje claro. No soy un perro al que se silba.

Fenris detuvo el movimiento de su pluma. Levantó la vista lentamente, y sus ojos grises, fríos como el acero templado, la recorrieron de arriba abajo, buscando la ofensa, la insolencia que jamás había visto en ella. La Harriette que él conocía bajaba la cabeza, tartamudeaba, pedía perdón por existir. Esta mujer, de pie, con la barbilla alzada y la mirada fija en la suya, sin pestañear, era una extraña.

—Hablas con demasiada libertad —dijo él, y una sombra de advertencia cruzó su rostro—. Eres mi hija y te debes a mí. Todo lo que eres, lo que tienes, viene de mí. No olvides tu lugar.

—Mi lugar no es el que tú me des —respondió ella, sin apartar la vista—. Yo lo construyo. Y si todo lo que tengo viene de ti, entonces puedes quitártelo. No me quedaré con nada que no sea mío por derecho propio.

El silencio cayó entre ambos, denso y pesado como la niebla invernal. Fenris la miró con asombro mezclado con desagrado, como si viera una flor marchita que de pronto hubiera abierto espinas. No entendía esa seguridad, esa fuerza que brotaba de ella sin saber de dónde venía. No sabía que esa fuerza nacía de la muerte, de la espada que atravesó su pecho, del abismo oscuro del que había regresado.

—No he venido para discutir sobre mi valor —continuó Harriette, con calma, sin perder la compostura—. Me llamaste. Dime qué quieres de mí, padre. Y seamos breves. Tengo cosas que hacer.

Fenris entrecerró los ojos, pero no la reprendió. Algo en la firmeza de su postura, en la ausencia total de súplica en su mirada, lo detuvo. Suspiró, un sonido impaciente, y apartó los papeles a un lado, como si ella fuera un trámite molesto pero necesario.

—Como sabrás —empezó, con tono de quien explica algo obvio a un niño lento—, tu matrimonio es un asunto que debemos resolver. No eres joven ya, y tu utilidad a esta familia empieza a menguar. He recibido una propuesta. Una buena propuesta.

Harriette sintió que el aire se estancaba en sus pulmones, pero no por miedo, sino por la anticipación fría y calculada. Cerró los ojos un instante, y de pronto, ya no estaba en el despacho. Estaba aquí mismo, seis años atrás, con veintiún años, temblando, con lágrimas en los ojos, gritándole a su padre que no quería ningún matrimonio arreglado, que no le importaba el archiduque ni su riqueza ni su estatus, porque ella… ella estaba enamorada.

«¡No me importa quién sea! ¡No quiero! ¡Yo amo a Ashen Nightbloom! ¡Y él me ama a mí!»

Las palabras resonaron en su mente, llenas de la estupidez más tierna y cruel que jamás había pronunciado. Recordaba haberlo dicho con el pecho lleno de una fe ciega, dolorosa, convencida de que el amor bastaba para todo. Recordaba la mirada de su padre, escéptica y burlona, y la suya, defendiendo un sentimiento que después se reveló falso, fabricado, una mentira tan perfecta que le costó la vida.

Abrió los ojos de golpe, y el despacho volvió a su alrededor, nítido y frío. Se sintió patética. Tan patética que casi soltó una risa amarga y seca. Había estado dispuesta a rechazar la salvación por una ilusión. Había arriesgado su vida por un hombre que la atravesó con su espada sin dudarlo.

—¿El archiduque Aleric Duskbringer? —preguntó ella, con voz tranquila, como si estuviera hablando del clima—. El comandante del ejército real. El hombre que nadie ha visto en años, que vuelve de las guerras con victorias y sombras, cuyo rostro permanece oculto bajo el yelmo de batalla. Ese archiduque.

Fenris asintió, sorprendido de que lo supiera, de que hablara de él con tanta naturalidad.

—El mismo. Es un hombre de gran poder, riqueza y prestigio. No se le conoce familia, ni debilidades, ni vicios. Se dice que no tiene corazón, que es frío como el hielo del norte. Pero su posición es inigualable. Te propone matrimonio. Una unión beneficiosa para todos.

—¿Y cuál es la condición? —preguntó Harriette, sabiendo que nunca era tan simple—. ¿Por qué yo? Una hija olvidada, sin dote relevante, sin conexiones destacadas. No me digas que es amor. Eso no existe en estos tratos.

Fenris la miró con extrañeza, como si de pronto ella fuera mucho más lista de lo que él creía.

—Pide una esposa discreta, que no busque lujos ni cortes de poder. Una dama de buena cuna, que sepa mantenerse en su lugar. No preguntó por tu belleza ni por tu ingenio. Solo pidió lealtad, silencio y obediencia. Y a cambio, nos dará protección, tierras y un título que elevará a nuestra familia por encima de muchos. Es un trato justo.

Harriette sintió cómo el destino se alineaba ante ella, claro y oscuro como un camino de medianoche. Aleric Duskbringer. Un hombre envuelto en misterio, un guerrero sin rostro, un archiduque que nadie conocía realmente. Y lo más importante: un matrimonio con él la alejaría del castillo, de su familia, y sobre todo… la alejaría de Ashen Nightbloom. O mejor aún: le daría el tiempo y la posición para enfrentarlo cuando volvieran a encontrarse, ya no como una princesa desamparada que mendiga amor, sino como la esposa de uno de los hombres más poderosos del reino.

Antes, habría gritado. Habría llorado y huido. Ahora, vio la llave que abría la puerta de su libertad, y quizás, también la puerta de su venganza.

—¿Y cuál fue mi respuesta en aquel entonces? —murmuró, más para sí misma que para él—. Ah, sí. Dije que no. Dije que amaba a otro. Qué tonta fui.

—¿Qué murmuras? —preguntó Fenris, frunciendo el ceño—. Es tu decisión, aunque te advierto que rechazarlo sería una locura. No tendrás otra propuesta igual. Y si lo rechazas, no esperes que te mantenga aquí bajo mi techo sin utilidad.

Harriette dio un paso hacia el escritorio, y sus ojos azules brillaron con una luz extraña, fría y resuelta. Lo miró a su padre, a ese hombre que la había tratado como moneda de cambio toda su vida, y por primera vez, no sintió rencor. Solo vio una herramienta, un escalón en su camino.

—Acepto —dijo ella, con firmeza absoluta—. Acepto la propuesta. Envía mi respuesta de inmediato. Dile al archiduque que me casaré con él.

Fenris se quedó inmóvil, con la boca entreabierta, sin poder creer lo que escuchaba. Esperaba llanto, súplicas, negativa. No esa aceptación tranquila, casi impaciente.

—¿Tan… así sin más? —balbuceó—. Sin preguntar por él, sin verlo, sin saber qué clase de hombre es…

—No necesito verlo para saber que es mejor que cualquier destino que tú o yo hubiéramos elegido antes —respondió Harriette, con una media sonrisa que no llegó a sus ojos—. Me casaré con él. Pero pongo una condición.

—¿Una condición? Tú no estás en posición de poner condiciones —replicó él, recuperando su tono autoritario.

—Estoy en la posición de la novia —dijo ella, firme y sin ceder—. Y si quieres que este matrimonio se lleve a cabo, me escucharás. Una vez casada, no interferirás en mi vida. No me pedirás cuentas, no me llamarás para servirte de nuevo, no usarás mi nombre para tus negocios. Soy esposa del archiduque, y a partir de ese momento, mi lealtad no será a esta familia, sino a mi esposo y a mí misma. ¿Aceptas?

Fenris la miró con rabia contenida, pero también con respeto, el mismo respeto que se le tiene a un lobo que de pronto muestra los dientes. Sabía que no podía perder esta alianza. Su hija, por primera vez en su vida, tenía valor real, y lo estaba usando.

—Está bien —dijo él, con sequedad—. Lo prometo. Ahora vete. Quiero redactar la carta antes de que caiga la noche.

Harriette asintió, sin decir gracias, sin despedirse con afecto. Dio media vuelta y caminó hacia la puerta, con la espalda recta y el corazón latiendo con fuerza, no de miedo, sino de determinación feroz. Al llegar al umbral, se detuvo un instante, sin mirar atrás.

—Padre —dijo, su voz suave pero cargada de significado—, espero que ambos no nos arrepintamos de este trato. Porque yo no volveré atrás. Ni por ti, ni por nadie.

Salió del despacho dejando tras de sí el silencio y la confusión de un hombre que acababa de darse cuenta de que la hija que creía conocer ya no existía.

Caminó por los pasillos a paso rápido, sintiendo cómo el mundo cambiaba bajo sus pies. Aleric Duskbringer. Un desconocido, un guerrero, una sombra. Pero era su escape. Su oportunidad de empezar de nuevo, lejos de Ashen, lejos de la traición, lejos de la niña que fue lo suficientemente estúpida para creer en palabras dulces. Y si el archiduque era frío, si era cruel, si era un monstruo… ¿qué importaba? Ella ya no buscaba amor. Buscaba poder. Buscaba seguridad. Y si él no pedía amor, ella tampoco se lo daría. Sería una esposa leal, fría, perfecta en su deber. Y cuando Ashen Nightbloom volviera a aparecer en su vida —porque sabía que lo haría—, ya no la encontraría débil ni enamorada. La encontraría convertida en la esposa de un hombre al que incluso él temería.

Se detuvo ante la ventana de un pasillo lateral, mirando hacia el horizonte donde el sol empezaba a teñir de rojo y violeta el cielo, como si el cielo mismo sangrara por lo que estaba por venir. Apoyó la mano sobre el frío cristal, y su reflejo la miró de vuelta: hermosa, imponente, y con una oscuridad creciendo en sus ojos que nadie podría apagar jamás.

—Ashen —susurró al viento, con una mezcla de dolor antiguo y promesa fría—, pensaste que al matarme me destruirías. Pero no sabías que de las cenizas no solo renace la vida. También renace la venganza. Cuando nos volvamos a ver, no seré la mujer que amaste y traicionaste. Seré la mujer a la que deberás temer. Y para entonces… yo ya no te amaré. Ni siquiera te odiaré. Serás simplemente… nada.

Cerró los ojos, y al abrirlos, la decisión estaba tallada en su alma como una sentencia. El matrimonio con Aleric Duskbringer era el primer paso hacia todo lo que estaba por venir. Un camino oscuro, solitario, lleno de incertidumbre. Pero era mejor que el camino que ya conocía: el que terminaba con una espada atravesándole el pecho bajo la luz de una luna indiferente.

—Que el destino haga lo que quiera —se dijo a sí misma, enderezando los hombros y retomando la marcha—. Esta vez, yo seré quien sostenga la espada. Y si debo casarme con una sombra para sobrevivir… entonces seré la reina de las sombras.

El viento sopló con fuerza afuera, agitando los árboles como si el mundo mismo estuviera cambiando de rumbo. Harriette Emberfall, la hija olvidada, la mujer que murió y volvió, caminó hacia su futuro sin saber qué encontraría, pero sabiendo con certeza absoluta que jamás volvería a ser la misma. Y en algún lugar, en las tierras sombrías donde el archiduque Aleric Duskbringer residía, un destino que nadie había previsto empezó a girar, lento y pesado, como el acero al ser forjado en fuego.

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A.B.G.L
estoy trabajando en los próximos capitulo para una publicación sin demora, gracias por tu apoyo y espera ☺️
Ichuu
cómo siempre muy buenas tus novelas, actualiza más seguido! ♥️
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