"Dos apellidos enfrentados. Un amor prohibido. Una vida que lo cambiará todo."
Camila Santana siempre supo que su familia odiaba a los Santoro. Creció escuchando historias de traiciones, sangre y ruina. Por eso, cuando la envían al extranjero a los ocho años, cree que escapa de ese infierno. Pero el infierno la espera a su regreso.
Veintitrés años, fogosa y decidida, Camila vuelve a casa para encontrarse con su destino: el hijo de los Santoro. Lo que nace entre ellos es un torbellino de pasión y peligro, de caricias que saben a pecado y miradas que prometen guerra. Pero el odio de sus familias no es un rumor: es una sentencia.
Cuando un embarazo inesperado los une para siempre, Camila deberá enfrentarse a la pregunta más difícil: ¿puede el amor de dos personas vencer al odio de dos apellidos? ¿O su hijo estará condenado a heredar una guerra que no eligió?
Una historia de amor, lealtad y el valor de romper cadenas.
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Capítulo 5 Las Consecuencias del Pecado
Llegaron al departamento de Carola como dos fugitivas. Camila se dejó caer en el sofá como un saco de huesos, con la mirada perdida en algún punto del techo, mientras su cerebro parecía quemarse ante la magnitud de lo que había hecho.
—Caro... —dijo al fin, con voz quebrada—. ¿Por qué nadie me dijo nada? Ustedes debieron llamar a mis hermanos, a mi padre, a alguien...
—¿Llamar a tus hermanos? —Carola la interrumpió en seco, plantándose frente a ella con los brazos en jarras—. ¿Sabes lo que habría pasado si tus hermanos hubieran aparecido en ese bar? ¿Tienes idea de lo que habría sido eso?
Camila abrió la boca para responder, pero su prima no le dio tiempo.
—¡Sangre, Camila! ¡Pelea a muerte! Y quién sabe, tal vez muertos. ¿Y todo por qué? Porque su hermanita decidió ponerse coqueta con Jack el Destripador. Y ahora estás ahí, con esos ojos de borrega degollada, fingiendo que no sabes cómo salir de esto.
Las palabras de Carola eran duras, pero Camila sabía que eran ciertas. Su prima siempre había sido directa, sin filtros, y en ese momento, esa honestidad brutal era justo lo que necesitaba.
—Camila, te quiero mucho. Eres una hermana para mí. Pero lo de anoche es netamente tu responsabilidad. —Carola se sentó a su lado, bajando la voz—. Te grité, te sujeté, casi me desmayo del susto. Y eso que los Santoro no se meten con nosotras, las de la rama materna. Pero tú... tú seguiste ahí, como si nada. Metiéndote en la boca del lobo voluntariamente.
Camila sintió que las lágrimas comenzaban a brotar. No eran lágrimas de autocompasión, sino de pura y simple desesperación. Ahora entendía la gravedad de la situación. Si los Santoro decían algo sobre su conducta, si la noticia se filtraba... su familia perdería la cara. Y ella perdería las orejas de lo fuerte que su madre le tiraría.
—Caro —dijo, casi sollozando—. De momento, hasta que sepa bien qué es lo que quiere ese tal Rocco... no le digas nada a mi familia. Por favor. No quiero que terminemos en el necrológico.
—Claro que no voy a decir nada. —Carola suspiró, pasándose una mano por el cabello—. Porque además, yo estaba allí. Y me van a culpar a mí también por no cuidarte. Aunque sea apenas dos meses mayor que tú, ya sabes cómo son las familias: siempre buscan un chivo expiatorio.
Camila asintió, agradecida, pero su mente seguía dando vueltas. ¿Qué demonios había pasado por su estúpida cabeza esa noche? ¿Cómo había podido ser tan ingenua, tan imprudente?
Y entonces, como un latigazo, el recuerdo la golpeó con toda su fuerza. La sábana. La mancha roja. Su cuerpo dolorido.
—Caro... —su voz era apenas un susurro—. Mi pureza... he perdido mi pureza. —Las lágrimas brotaron con más fuerza—. Y con el rey del inframundo. Con la mismísima muerte. Con Lucifer, el rey de los demonios... ¡Qué desgraciada soy!
Carola la miró con una mezcla de exasperación y cariño. No podía evitar reírse, aunque fuera por dentro.
—¿Desgraciada? —dijo, alzando una ceja—. Pues ni tanto. Dicen que ese tipo es realmente un Adonis. Un demonio, sí, pero de los que hacen que valga la pena quemarse en el infierno.
—¡Caro! ¡No es gracioso! —Camila la golpeó con un cojín, aunque una risita nerviosa se escapó entre sus lágrimas.
—Tienes razón, no es gracioso —admitió Carola, poniéndose seria de nuevo—. Pero tampoco es el fin del mundo. Respira, Cami. Ahora mismo, ve a bañarte. Cambiate esa ropa que huele a pecado y a colonia cara. Y por amor a Dios, maquíllate ese cuello. —Señaló los chupetones que adornaban el cuello de su prima—. Parece que te atacó un vampiro. O varios.
Camila se llevó la mano al cuello y sintió la piel sensible. Al mirarse en el espejo del pasillo, vio el rastro de la noche anterior marcado en su piel como un estigma. Morados que se extendían desde la mandíbula hasta la clavícula.
—Dios mío... —murmuró—. ¿Cómo voy a explicar esto?
—Dile que te caíste por las escaleras —bromeó Carola—. O que tuviste un accidente con una aspiradora. Lo que sea, pero arréglate. Y luego hablamos de cómo vas a lidiar con el diablo cuando te reclame.
Camila se metió en la ducha y dejó que el agua caliente corriera por su cuerpo. Sintió cómo el vapor relajaba sus músculos adoloridos, pero no podía relajar su mente. Cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro de Rocco, sus ojos oscuros, su sonrisa de depredador.
Y lo peor de todo era que, en algún rincón oscuro de su ser, una parte de ella no lo odiaba del todo.
—Estoy perdida —susurró contra el azulejo—. Completamente perdida.
*_*
Cuando salió de la ducha, Carola ya le había preparado un café y un par de tostadas. Camila se sentó en la cocina, con el cabello aún húmedo y un jersey de cuello alto que ocultaba las marcas.
—Ahora dime —dijo Carola, sentándose frente a ella—. ¿Qué vas a hacer cuando él te llame?
—No lo sé —admitió Camila, jugando con la taza—. No sé qué quiere. No sé qué espera de mí. Solo sé que no puedo contarle esto a mi familia. Al menos no hasta que sepa cómo manejarlo.
—Y si te pide que cumplas la apuesta... ¿lo harás?
Camila levantó la mirada. Había miedo en sus ojos, pero también una chispa de algo más. Algo que Carola reconoció de inmediato.
—No me mires así —dijo Camila, defensiva—. No es que quiera. Es que... no tengo opción. Si me niego, él puede hacer pública esta historia. Y mi familia...
—Tu familia estaría en guerra —terminó Carola—. Y probablemente perderían.
—Exacto.
Carola tomó su mano y la apretó con fuerza.
—Entonces vamos a hacer esto juntas, ¿de acuerdo? Vas a cumplir la apuesta, pero con cabeza. Vas a averiguar qué quiere realmente ese hombre, y vas a encontrar la manera de salir de esto sin que nadie salga herido.
—¿Y si no puedo?
—Puedes. —Carola sonrió con confianza—. Eres una Santana, ¿recuerdas? Y los Santana no se rinden.
Camila esbozó una sonrisa débil. No era mucho, pero era suficiente para enfrentar lo que venía.
Y en ese momento, su celular vibró.
Un mensaje de un número desconocido.
"Conejita, hemos empezado la cuenta atrás. Tengo una cita contigo esta noche. Te espero a las 9 en el mismo lugar. No faltes."
El corazón de Camila dio un vuelco.
—¿Es él? —preguntó Carola, leyendo el mensaje por encima de su hombro.
Camila asintió, tragando saliva.
—Rocco Santoro. Mi peor enemigo. —Suspiró—. Y mi peor error.
Carola la miró con seriedad.
—Pues entonces, Cami, esta noche... vístete para matar. Porque vas a enfrentar al demonio cara a cara.