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El Caos En Mi Refugio

El Caos En Mi Refugio

Status: En proceso
Genre:Escuela / Romance
Popularitas:3.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Lobelia

Lola vive bajo una regla de oro: su espacio personal es sagrado. Es inteligente, retraída y encuentra paz en el silencio. Su único error fue dejar entrar en ese refugio a Mateo, su mejor amigo, un torbellino de imprudencia que solo entiende de tácticas de fútbol y de cómo hacerla reír cuando más lo necesita.

Pero el equilibrio se rompe cuando el "Rey del Campo" se convierte en el objetivo de la chica más popular, y un rival inesperado decide que la brillante timidez de Lola es el trofeo que realmente quiere ganar

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Capítulo 22: La Máscara de Andrés

​El aula de medios del segundo piso olía a ozono, papel impreso y aire acondicionado estancado. Era tarde. La mayoría de los estudiantes ya había abandonado el edificio, pero Lola permanecía sentada frente a uno de los monitores, esperando a que Andrés terminara de guardar los archivos del proyecto de ciencias en una memoria USB.

​Después del rechazo en el patio central, el ambiente entre ellos se había vuelto denso, marcado por una cortesía helada. Andrés había aceptado la negativa con una madurez impecable en apariencia, sin alzar la voz ni exigir explicaciones públicas. Sin embargo, en el pliegue tenue de sus labios y en la distancia calculada que mantenía desde esa mañana, Lola percibía un resentimiento sutil que no encajaba con la imagen del chico perfecto.

​—Voy al cubículo de sistemas a imprimir los gráficos finales —dijo Andrés, poniéndose de pie y ajustándose los puños de la camisa blanca con un gesto pulcro—. Dejé mi teléfono cargando junto al teclado. Si vibras, no te preocupes, es el grupo del equipo organizador.

​—No hay problema —respondió Lola sin levantar la vista del esquema que revisaba en su libreta.

​Andrés salió del aula con su andar pausado, dejando la puerta entornada. El silencio de la sala solo era interrumpido por el zumbido constante de los ventiladores de la computadora.

​A los tres minutos, el teléfono de Andrés sobre el escritorio comenzó a vibrar. No fue un zumbido corto; la pantalla de cristal se iluminó repetidamente con una ráfaga continua de notificaciones de una aplicación de mensajería grupal. Lola no tenía intención de mirar. Su respeto por la privacidad ajena era absoluto. Sin embargo, la pantalla del teléfono permaneció encendida, revelando las primeras líneas de los mensajes entrantes en la vista previa del bloqueo.

​El nombre del grupo le llamó la atención: San José - Titulares.

​Y debajo, un mensaje de un contacto guardado como "Marcos - Defensa" hizo que el lápiz en la mano de Lola se detuviera a milímetros del papel:

​«Oye Andrés, ya nos enteramos de lo del patio jajaja. Te bateó la chica de García después de todo. ¿Al final cobramos la apuesta del derbi o no cuenta porque el tipo ya estaba expulsado?»

​Lola sintió que el pulso se le desaceleraba bruscamente, como si la sangre se le convirtiera en hielo dentro de las venas.

La mente analítica que solía defenderla de las emociones abrumadoras comenzó a procesar las palabras con una velocidad destructiva.

​Un segundo mensaje apareció de inmediato:

​«Iba a ser la jugada perfecta. Sacar a Mateo de quicio buscándole a la novia desde el café para que jugara mal. Lástima que el tipo cayó tan rápido con la roja. De todas formas te luciste con el papel de pretendiente culto».

​El aire en el aula de medios se volvió irrepirable. Lola se quedó inmóvil, mirando la pantalla brillante. Cada palabra leía como una estocada helada que le desmantelaba, en cuestión de segundos, los últimos dos meses de su vida.

​El café. Las conversaciones sobre literatura. La empatía calculada cuando ella se sentía abrumada. La mesa compartida en el comedor para llamar la atención del colegio.

La invitación perfecta con versos en el patio. Nada de eso había sido una conexión genuina entre dos mentes afines. Había sido una táctica de distracción, un movimiento de ajedrez diseñado en la mesa de un vestidor rival para desestabilizar al capitán del equipo contrario.

​Aceptó el papel de pieza en el tablero sin saberlo. Y lo peor, se había prestado al juego hasta el punto de lastimar a la única persona que la conocía de verdad.

​La puerta del aula se abrió con un chasquido suave. Andrés entró sosteniendo los folios impresos, con su habitual postura erguida.

​—Listo los gráficos, Lola. Si quieres podemos revisar la conclusión y... —Andrés se detuvo a mitad de la frase.

​Notó la rigidez en la espalda de Lola. Vio la mirada fija de la chica en la mesa y, de inmediato, sus ojos cayeron sobre la pantalla iluminada de su teléfono. Por primera vez desde que Lola lo conocía, la máscara de compostura absoluta de Andrés sufrió una grieta visible. Su mandíbula se apretó sutilmente y sus párpados se entrecerraron en un gesto de cálculo inmediato.

​Lola se levantó despacio de la silla. No había llanto en sus ojos ni rabia desbordada en su rostro; solo había un vacío helado, una decepción tan profunda que volvía su presencia extrañamente intimidante.

​—Una apuesta —dijo Lola. Su voz no tembló. Sonó plana, despojada de cualquier matiz de afecto—. Un plan para desconcentrar al capitán rival.

​Andrés no intentó arrebatar el teléfono ni fingió demencia. Dio un paso hacia adelante, dejando las hojas sobre la mesa con una calma obligada, intentando evaluar el control del daño.

​—Lola, déjame explicarte —empezó Andrés, modulando la voz en su tono más comprensivo y pausado—. Esos mensajes están fuera de contexto. En el equipo hay muchachos muy maduros que hacen bromas estúpidas en los chats.

​—No mientas, Andrés —lo interrumpió ella, clavándole una mirada tan filosa que el chico tuvo que tragar saliva—. Por favor, ten la dignidad de no mentir ahora. Te acercaste a mí en el café porque sabías que Mateo reaccionaría. Me buscaste en la biblioteca porque sabías que él te estaba viendo. Usaste mi necesidad de aislamiento, mi gusto por la lectura y mi cansancio social como una herramienta deportiva.

​Andrés se quedó en silencio durante dos segundos interminables. La sonrisa educada desapareció por completo de su rostro, dejando al descubierto a un chico frío, competitivo y acostumbrado a salirse con la suya.

​—Está bien —admitió Andrés, dando un paso más hacia ella, bajando el tono de voz a una confidencia intensa—. Al principio fue así.

No te voy a negar que la idea surgió en el vestidor antes del clásico. Mateo era un peligro para el torneo y sabíamos que su único punto débil eras tú. Su inestabilidad emocional era una ventaja táctica.

​Lola apretó la libreta contra su pecho, sintiendo una náusea física ante la frialdad de la confesión.

​—Eres un monstruo calculado —murmuró ella.

​—¡Pero cambió, Lola! —exclamó Andrés, rompiendo su habitual tono neutro por primera vez. Dio un paso rápido, extendiendo la mano para intentar tocarle el brazo, pero ella se echó hacia atrás con una repulsión instintiva—. Te lo juro por lo que quieras.

El plan era solo hablar contigo dos veces para generar rumores. Pero cuando te conocí, cuando vi lo inteligente que eras, lo profunda que es tu conversación... me di cuenta de que eras mucho más de lo que esperaba. Lo del cartel en el patio, el proyecto de ciencias... todo eso ya no era una apuesta. Mis sentimientos por ti se volvieron reales.

​Lola dejó escapar una risa corta, amarga y sin rastro de humor. Sacudió la cabeza con lentitud, mirándolo como si fuera un desconocido total.

​—¿Sentimientos reales? —preguntó Lola en un susurro cargado de veneno—. Andrés, tú no sabes lo que es un sentimiento real. Tú no te enamoraste de mí. Te enamoraste de la idea de ganarle a Mateo en su propio terreno. Te enamoraste del trofeo que significaba quitarle a su mejor amiga frente a toda la escuela.

​—Eso no es verdad —dijo Andrés, pero su voz flaqueó por la precisión del diagnóstico.

​—Violaste mi confianza —sentenció Lola, y por primera vez una lágrima de rabia contenida se le escapó por la mejilla, trazando un surco caliente en su piel pálida—. Me hiciste dudar de Mateo. Me hiciste creer que yo era una carga para él, me hiciste sentir que mi forma de ser era un problema que tú podías "arreglar" con tu calma falsa. Me usaste para destruir a la persona que más me importa en este mundo.

​—Lola, él no te conviene —insistió Andrés, apretando las manos en puños a los lados de su cuerpo, perdiendo por completo la elegancia—. Mateo es un salvaje impulsivo que no tiene futuro. Te va a arrastrar a su caos. Yo puedo ofrecerte estabilidad, respeto, un camino claro...

​—Mateo es transparente —lo cortó Lola, dando un paso firme hacia la puerta de salida—. Mateo se equivoca, grita, siente celos y comete errores ridículos, pero nunca, ni en un millón de años, habría construido una mentira tan vil para lastimar a alguien. Preferiría mil veces el caos sincero de Mateo que la perfección podrida que tú vendes.

​Andrés se quedó petrificado en el centro del aula de medios. La rigidez de su rostro revelaba el golpe devastador que aquellas palabras habían infligido en su orgullo. Ya no era el capitán refinado que controlaba el juego; era un jugador expuesto, derrotado en su propia mesa de ajedrez.

​Lola tomó su mochila, abrió la puerta del aula con un movimiento decidido y salió al pasillo sin volver la vista atrás.

​El pasillo del segundo piso estaba desierto y sumido en la penumbra del atardecer. Lola caminaba a paso rápido, sintiendo que el pecho le ardía.

La humillación de haber sido manipulada se mezclaba con una culpa lacerante que le apretaba la garganta. Recordó la mirada de Mateo en el patio, sus ojos apagados al darse la vuelta, su resignación absoluta al creer que ella había elegido a Andrés.

​Comprendió que Mateo no había perdido el control contra el San José por pura inmadurez; había estado luchando a ciegas contra una trampa fabricada para destruirlo, mientras ella, ciega por sus propias inseguridades, le soltaba la mano.

​Se limpió la lágrima de la mejilla con el dorso de la mano. No había tiempo para lamentarse ni para encerrarse en su refugio de libros.

La máscara de Andrés se había caído, pero la herida en Mateo seguía abierta. Lola apretó el paso por las escaleras, con la certeza inamovible de que tenía que encontrar a Mateo antes de que el silencio terminara de separarlos para siempre.

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Fernanda
mateo date prisa 💯
Fernanda
muy bien Andrés
Carolina A²V
ese es mi Mateo lento pero seguro 😊🥰
Carolina A²V
estoy de acuerdo con Andrés mueve ese lindo trasero y pídele a Lola que vaya contigo al baile de graduación 😜
Carolina A²V
era no es el centro de su mente 🤔
Carolina A²V
te va a reventar tu linda carita opps 🫣🫢
celimar
me encanta 💯💯
Fernanda
cada capitulo es un aprendizaje para lola tiene que crecer más en ellos me encanta esta historia 💯💯
Betty Saavedra Alvarado
Hay personas en la vida que le gusta hacer daño no dejar a que sean felices meten cizaña para que una relación no prospere
Carolina A²V
nunca hubo hay ni abra lástima entre ustedes así que ya deja esos fantasmas que solo te atormentan y sobre todo no escuches a la venenosa de patricia que sólo tiene envidia de ti
Carolina A²V
tu apoyo de siempre Lola
Carolina A²V
todo lo contrario a lo que Lola esperaba 🤔😉
Carolina A²V
ayyy Lola y tus inseguridades 😟
Betty Saavedra Alvarado
Esa Patricia ves una bruja
Betty Saavedra Alvarado
Me gustó el capitulo
Celina Espinoza
firme lola no le agas caso
Celina Espinoza
que lindo capitulo 👍👍
Fernanda
patricia solo quiere hopacarte no le des el gusto
Fernanda
lola no caigas
Carolina A²V
Lo estás desarmando Lola, lo harás caer en un abismo de incertidumbres ese del cual salió anoche ya hoy vuelve a el
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