Leo despierta en un hospital sin recordar los últimos cinco años. Le dicen que tuvo un accidente, que su esposa murió, que su hija no le habla. Pero algo no encaja: las enfermeras lo tratan con miedo, los médicos mienten, y en su mesilla de noche encuentra una nota escrita por él mismo que dice: "No confíes en nadie. Tú no chocaste. Tú saltaste." Ahora Leo debe reconstruir quién fue realmente en esos cinco años perdidos, y descubrir si el hombre que era antes merece ser perdonado… o merece ser encontrado.
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Capítulo 17: La sombra rubia
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El coche avanza por calles cada vez más estrechas, adentrándose en un laberinto de edificios antiguos y almacenes abandonados. Leo busca un lugar donde pasar la noche sin llamar la atención. Elena, a su lado, está en silencio, pero él sabe que está procesando todo lo que Valeria les ha contado.
—Irene —dice Leo, rompiendo el silencio—. No puede ser coincidencia que aparezca justo ahora.
—No lo es —responde Elena—. Vergara sabe que has recuperado parte de la memoria. Sabe que estamos cerca del archivo. Ha enviado a su mejor agente para detenernos.
—¿Y si la encontramos antes de que ella nos encuentre a nosotros?
Elena lo mira con sorpresa.
—¿Estás diciendo que queremos enfrentarla?
—No quiero —dice Leo—. Pero si ella está en la ciudad, puede que sepa dónde está Valeria. Si la seguimos, podemos proteger a Valeria y asegurarnos de que el archivo llegue a su destino.
Elena piensa por un momento.
—Es arriesgado —dice—. Pero puede funcionar. El problema es encontrarla.
Leo sonríe con amargura.
—No creo que sea difícil. Sé cómo piensa. O al menos, sé cómo piensa la versión de ella que me mostró.
—¿A qué te refieres?
—Cuando ella estaba conmigo, haciéndome creer que me quería, siempre seguía el mismo patrón. Lugares públicos, con salidas fáciles. Cafés con ventanas grandes. Hoteles con varias puertas. Si está en la ciudad, probablemente esté en uno de los sitios que solíamos frecuentar.
—¿Y cuáles son esos sitios?
—El café de la esquina, cerca de la estación. El bar del hotel Central. Y la terraza del museo. Son tres lugares. Podemos empezar por el café.
Dan media vuelta y se dirigen hacia la estación de tren. El café está abierto toda la noche, un lugar pequeño y ruidoso donde los viajeros se detienen a tomar algo antes de sus viajes. Leo estaciona al otro lado de la calle y observa la entrada.
—Ahí está —dice, señalando hacia la ventana—. Mesa al fondo, junto a la salida de emergencia. Es su estilo.
Elena se inclina para mirar. A través del cristal, ve a una mujer rubia, elegantemente vestida, con una taza de café frente a ella y un teléfono en la mano.
—Es ella —dice Elena.
—Quédate aquí —dice Leo—. Voy a hablar con ella.
—¿Estás loco? Es una agente entrenada. Te matará si se siente amenazada.
—No va a matarme —dice Leo—. Necesita saber qué hemos encontrado. Si me ve, va a querer hablar.
—O va a llamar a refuerzos.
—Por eso necesito que te quedes aquí. Si algo sale mal, arrancas y vas a buscar a Valeria. Protégela.
Elena aprieta los labios, pero asiente.
Leo baja del coche y cruza la calle. Entra al café. El aire huele a café y a pan recién horneado. Se acerca a la mesa del fondo, y cuando Irene levanta la vista, sus ojos se encuentran con los de él. Hay un momento de sorpresa, pero ella lo disimula rápido.
—Leo —dice, con una sonrisa falsa—. No esperaba verte.
—Claro que sí —responde él, sentándose frente a ella—. Sabías que vendría.
Irene inclina la cabeza, como si estuviera evaluándolo.
—¿Has recuperado la memoria?
—Parte de ella —admite Leo—. La suficiente para saber que no eras mi amante. Que solo estabas haciendo tu trabajo.
—Y aun así has venido a verme. Eso significa que quieres algo.
—Quiero saber si puedes ayudarme.
Irene ríe, una risa baja y calculadora.
—¿Ayudarte? Cariño, yo trabajo para Vergara. ¿Por qué iba a ayudarte a ti?
—Porque Vergara no te valora —dice Leo—. Eres su mano derecha, pero sabe que tarde o temprano lo traicionarás. Todos lo hacen.
Irene se queda callada. Sus dedos juegan con el borde de la taza.
—¿Y tú me ofreces algo mejor?
—No te ofrezco nada —dice Leo—. Solo te digo que tienes una oportunidad. Puedes elegir bajar con él, o puedes elegir salvar tu pellejo.
Irene lo mira largamente. Luego, sus ojos se desvían hacia la ventana, donde Elena está escondida en el coche.
—Tu amiga está fuera, ¿verdad? —pregunta.
—Sí.
Irene suspira. Se levanta de la mesa y deja un billete sobre ella.
—Te daré dos días —dice—. Dos días para que completes lo que tengas que completar. Si no lo haces, te encontraré y no será una conversación amistosa.
Sale del café y se pierde entre la multitud.
Leo se queda sentado un momento, procesando. No sabe si Irene lo ha ayudado o si lo ha puesto en una trampa.
Pero por ahora, tiene dos días.
Y tiene que aprovecharlos.