Sus ojos eran azules como el mar. Y Noah Lobo quedó atrapado desde el primer instante en que la vió.
Noah tiene poder, domina parte de la mafia italiana y rusa, y nada se le resiste. Pero ella es Eliza Romano: una mujer curvilínea, de belleza deslumbrante, esposa de otro hombre. Lo que nadie sabe es que ese apellido es una cadena. Que ella fue arrancada de su tierra, raptada a los dieciocho y obligada a casarse. Y que cada día finge ser feliz para proteger a su pequeña hija.
Cuando la niña le confiesa que su padre maltrata a su madre, Noah decide que ya basta. Luca Romano tiene una reputación… pero Noah tiene a la familia más temida de Europa. Y esta vez no se trata de negocios.
Ella no es de nadie. No cuando él está dispuesto a quemar el mundo entero por tenerla.
NovelToon tiene autorización de Rosa Verbel para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Gatos.
Eliza🩵
Me quedo sentada en el borde de la cama de Marisol, con el cepillo en la mano, y aún no puedo dejar de sonreír. Nunca imaginé que conocer a la familia de alguien pudiera sentirse así: cálido, ligero, sin peso en el pecho, sin miedo a decir algo equivocado. Ya conocía a Ashley y a Abigail, claro, pero hoy conocer a las demás… fue distinto. Fátima, la madre de Noah, tiene una dulzura que envuelve; Aurora tan vivaz, Adara tan atenta. Y Ava… me encantó. Con su acento suave y marcado, su figura generosa y hermosa igual que la mía, me hizo sentir cómoda de inmediato. Son mujeres fuertes, seguras, decididas, pero nunca altivas ni crueles. Sonríen con los ojos, escuchan de verdad. Me trataron como si ya me conocieran de siempre.
Y ver a Marisol con ellas… eso fue lo que más me llenó el alma. Mi hija, tan pequeña, reconociéndolas una por una, hablando sin miedo, pidiéndoles paseos… brillaba. Y ellas la miraban con ternura, sin fingir. La tomaban en brazos, la hacían reír. Nadie la miró como si fuera menos por no tener un padre que la cuidara. Al contrario: la vieron como parte de ellas.
—Mamá… —me dice mientras le paso el cepillo por el cabello— ¿Verdad que la tía Angélica tiene el cabello más bonito del mundo? Rojo, como fuego. Como la princesa Ariel.
—Es hermoso, sí —le respondo trenzando suavemente su cabello—. Y muy amable también.
—Me dijo que me lo podía peinar así algún día —sigue hablando, sin parar—. Y la abuelita Fátima… ¿sabías que ella era la madrina de la mafia italiana? Como la tía Angélica era la Regina. Y ahora lo son la tía Abigail y la tía Ashley. ¿Tú crees que eso las hace reinas de verdad?
—Creo que las hace personas muy valientes y responsables —le digo atando el final de la trenza—. Igual que tú.
Ella bosteza, largo y dulce.
—Y Ava me prometió enseñarme alemán…
Sus palabras se vuelven más lentas. Le acaricio la frente, le acomodo la manta, y apenas termino de leerle los primeros párrafos del cuento, sus ojitos se cierran y su respiración se vuelve suave y pareja. Duerme. La tapo bien, dejo la luz tenue encendida y salgo despacio de la habitación, cerrando la puerta tras de mí.
Y ahí está él.
Noah está en el pasillo, de pie, mirando hacia la ventana, y se gira al oírme. Solo lleva un pantalón de pijama oscuro, suelto en la cintura, y nada más. Descalzo. Sin camisa. Me quedo inmóvil, con la mano aún en el pomo de la puerta, sin saber dónde mirar. Es tan… hermoso. Los hombros anchos, los brazos fuertes, el pecho marcado, y ahí, en el lado derecho, un tatuaje: la cabeza de un lobo, detallada, feroz y a la vez elegante. Y otro más abajo, en la costilla, que alcanzo a ver apenas. La piel le brilla suave bajo la luz tenue, y me quedo sin aire, sin voz, sin movimiento.
—¿Ya se durmió la principessa? —pregunta con voz baja y suave.
Yo trago saliva. Siento que se me hace un nudo en la garganta. No logro responder de inmediato. Solo lo miro, y él lo nota. Da un paso hacia mí y sonríe un poco, medio divertido, medio inseguro.
—¿Te intimido? —pregunta despacio—. ¿O es que me veo tan mal que te he dejado sin palabras?
—No… —logro decir, por fin, con la voz un poco temblorosa—. No es eso. Sí… ya se durmió.
Me sostiene la mirada un instante más, y siento que me quema por dentro.
—Descansa, Noah —le digo, y sueno apresurada —. Hasta mañana.
Entro a mi habitación y cierro la puerta, recostando la espalda contra la madera, con el corazón a mil por hora y la cara ardiendo. ¿Cómo puede verse así? ¿Cómo puede ser tan… todo? Me llevo la mano al pecho, intentando calmarme, y sé que no voy a dormir pensando en él.
🩵🩶🩵🩶🩵
Noah🩶
A la mañana siguiente desciendo a la cocina y las encuentro ya ahí, despiertas, radiantes. El sol entra por las ventanas y las ilumina, y por un instante me quedo en el umbral, solo mirándolas, agradeciendo que estén aquí.
Desayunamos juntos, riendo, y de pronto Marisol levanta la vista de su plato con esos ojitos que lo piden todo.
—Noah… —empieza con tono suave— ¿puedo tener un gato? Siempre he querido uno. Blanco, suavecito…
Sonrío y la miro con ternura.
—Por mí no hay problema, principessa. Pero hay que ver qué dice tu mami.
Ambas me miran. Eliza sonríe, y sé que no puede negarle nada tampoco.
—Si Noah está de acuerdo… está bien —dice ella—. Podemos buscar uno.
—¿Uno? —Marisol abre los ojos y muestra dos deditos—. ¡Dos! Uns hembra y uno macho. Para que se hagan compañía.
Me río y asiento.
—Tienes razón. Dos son mejor que uno.
—¡Sí! —celebra ella, aplaudiendo bajito—. Gracias, gracias, gracias.
Después de desayunar la llevamos a la escuela. La despedida es alegre, prometiéndole que iremos por los gatitos apenas salga. Y así hacemos. Por la tarde los tres vamos juntos a la tienda de mascotas. Marisol corre de un lado a otro, emocionada, mirando todos los gatitos que hay. Hasta que se detiene ante dos: uno blanco como la nieve y otro negro, brillante y hermoso.
—Esos —dice con voz suave—. Son los míos.
Los compramos, y todo lo que necesitan: cama, comedero, juguetes, comida, arenero… salimos con las manos llenas y el corazón más lleno aún. Marisol va en medio, sosteniendo las dos cajas, hablándoles bajito como si ya fueran sus amigos de siempre.
Pero antes de irnos pasamos por la sección de perros. Y ahí me detengo. Eliza se ha quedado unos pasos adelante, mirando fijamente a uno en especial: un perrito mediano, blanco con manchas marrones en las orejas y los ojos. Se queda inmóvil, con la mano apoyada en el cristal, y no dice nada. Me acerco despacio.
—¿Te gusta? —le pregunto suavemente.
Ella parpadea y se lleva una mano a la mejilla, donde ya asoman las lágrimas.
—Se parece… se parece mucho a un perrito que tenía yo. Antes de que mis papás murieran y me llevaran al internado. Se llamaba Nube.
La veo tragar saliva, con la mirada perdida en el pasado, y no lo pienso dos veces. La rodeo con el brazo y la atraigo hacia mí, fuerte, seguro, sin importar dónde estemos.
—Entonces lo compramos —le digo—. Si lo quieres, es tuyo.
Me mira con los ojos brillantes, incrédula.
—Noah… no podemos. Ya tenemos a los gatos. Y yo… no soy una niña para tener un perrito.
La tomo del mentón para que me mire a los ojos y le digo, despacio, para que grabe cada palabra en su corazón:
—Escúchame bien, mia vita. No importa la edad que tengas. Tú mereces ser niña. Mereces tener todo lo que te quitaron. Mereces ser feliz sin pedir permiso. Y si este perrito te hace sonreír… entonces es tuyo. Porque tú mereces todo lo que te haga bien.
Sus labios tiemblan y una lágrima se le escapa, pero cae sobre una sonrisa. Apoya la cabeza en mi pecho y asiente.
—Gracias… —susurra—. De verdad.
Marisol nos mira con los gatitos en brazos y sonríe.
—¿Tenemos perro también?
—Tenemos perro también —le confirmo—. Y gatos. Y todo lo que nos haga felices.
Esa tarde regresamos a casa con tres nuevas vidas llenando el coche. Y mientras Eliza acaricia la cabeza del perrito que ya empieza a llamar Nube, sé que algo ha cambiado para siempre.