Sienna Hale tiene veinticuatro años, un título de diseño de modas y ninguna intención de volver a ser la hija obediente de nadie. Cuando por fin consigue escapar de su pasado, su hermano Wes le ofrece un refugio: un apartamento en lo más alto de Larkspur Tower, en Vale Harbor, donde la espera una regla muy simple. Mantente lejos de Ronan Kestrel.
Ronan es el mejor amigo de Wes, el hombre al que todos en la ciudad le hablan en voz baja y a quien nadie se atreve a decirle que no. Tiene la mirada de quien ya decidió algo y una cocina donde, a las tres de la madrugada, hay cosas que Sienna no debería haber visto.
Ella necesita un trabajo, un nombre propio y un lugar donde no tenga que demostrar nada. Él necesita que ella sea intocable. Pero entre cenas incómodas, miradas que duran un segundo de más y una puerta que alguien deja entreabierta, los dos empiezan a descubrir que la prohibición solo hace más difícil resistirse.
Mientras Sienna construye la carrera con la que siempre soñó, el mundo de Ronan, con sus familias, sus deudas y sus enemigos, empieza a acercarse demasiado. Y confiar en el hombre equivocado puede costar mucho más que un corazón roto.
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Capítulo 11
Capítulo 11: Si te gusta mirar, a mí me gusta que me miren
Sienna
—¿Eh?
Fue todo lo que pude decir. El corazón todavía intentaba salírseme por la garganta. Él no repitió nada. Solo se levantó del sillón y caminó despacio hacia la cocina. Como un gran felino que sabe que el ratón no tiene adónde ir.
Se detuvo frente a un gabinete alto junto al refrigerador y lo abrió. Papitas. Chocolate. Ositos de goma. Esas galletitas de crema de cacahuate que me encantaban desde niña. Todos mis favoritos.
—Tu hermano dijo que te quejarías si no había botanas —dijo.
Sonreí. Wes se acordaba.
—Gracias —dije en voz baja.
Esperé a que se apartara para poder agarrar algo.
No se movió.
Se quedó justo frente al gabinete abierto y me miró. ¿Esperaba que se lo pidiera? ¿Quería que me acercara? ¿Siquiera recordaba esa noche en su puerta? ¿O ya la había olvidado, porque cosas así le pasaban todos los días?
Sus ojos bajaron a mis labios. Me los lamí sin pensar. Luego sus ojos bajaron más. A mi playerita blanca y delgada. No llevaba sostén. Me crucé de brazos sobre el pecho tan rápido que casi me golpeé.
—Eh. ¿Puedo...?
Señalé con la cabeza el gabinete a su espalda.
—Sírvete —dijo.
Pero su cuerpo no se movió ni un centímetro.
Muy bien, esto era un desafío. El corazón me iba a mil. La cara me ardía. Pero no iba a dejar que ganara. Caminé directo hasta la barra. Directo hasta él.
Era lo más cerca que habíamos estado jamás. Olía su loción, oscura y cálida, con un toque de whisky encima. Se me subió directo a la cabeza, como un trago.
Traje oscuro. Pelo oscuro. Tinta oscura en las manos. Todo en él era problema. Me puse de puntitas y alcancé, por encima de su brazo, una bolsa de papitas. Mi hombro rozó su brazo.
Apenas. Solo un segundo. Fue como tocar una estufa caliente. Agarré las papitas y retrocedí rápido. Él miró su brazo, donde lo había tocado. Luego se recargó en la barra y se cruzó de brazos.
Era tan alto. Me miraba desde arriba como si yo fuera algo que estuviera pensando en comprar.
Me quedé helada ahí, en medio de su cocina, con una bolsa de papitas en la mano.
No supe qué decir. Él no decía nada. Solo miraba, y el silencio se fue agrandando hasta que mi cerebro hizo cortocircuito y esto fue lo que me salió de la boca:
—¿Eres dueño de un club sexual?
Dios mío. Abrí los ojos como platos. Me tapé la boca con la mano. Demasiado tarde. Descruzó los brazos. Se pasó una mano tatuada, despacio, por la mandíbula. Luego apoyó las dos manos en la barra, a cada lado, y los músculos de sus brazos se marcaron bajo las mangas arremangadas.
—Lo soy.
Eso fue todo. Dos palabras. Giré para huir, y entonces dijo lo siguiente.
—Probablemente te gustaría.
Me detuve.
—Pareces disfrutar mirando.
No me volví. No pude. La cara me ardía tanto que seguro brillaba en la oscuridad. Pero tampoco podía huir. Tenía los pies pegados al suelo.
—L-lo siento —susurré—. Por esa noche.
Sentía sus ojos en mi espalda. A media cocina de distancia, y lo sentía por todas partes.
—Si a ti no te molesta mirar —dijo, grave y lento—, a mí no me molesta que me miren.
Casi se me doblaron las rodillas. La respiración se me volvió rápida y superficial. Apreté la bolsa de papitas con tanta fuerza que crujió.
—Date la vuelta, Sienna.
Era una orden. Todo mi cuerpo quería obedecerle.
—No puedo —susurré.
—¿Por qué no?
—Me da vergüenza.
Lo oí despegarse de la barra. Sus pasos. Uno. Dos. Tres. Se detuvo justo detrás de mí. No me tocó. En ninguna parte. Pero sentía el calor de su cuerpo contra mi espalda. Su loción me envolvió. Lo oía respirar, lento y hondo, justo encima de mi cabeza.
Me temblaban las manos. Esperé que no lo notara. No dijo nada. Solo se quedó ahí, tan cerca, mientras mi corazón latía tan fuerte que estaba segura de que lo oía.
Entonces lo sentí. Las puntas de sus dedos. Me apartó el pelo detrás de la oreja, con tanta suavidad. Apenas rozando la piel. Luego dejó que los dedos se deslizaran despacio por todo el largo de mi cabello. Hasta el final de mi espalda.
Hasta que ya no estuvieron.
Se inclinó. Su aliento rozó mi oído.
—No deberías.
Su voz era tan grave y áspera que se me puso la piel de gallina por todo el cuerpo. Luego pasó junto a mí. No miró atrás. Su alta figura cruzó la sala a oscuras y subió la escalera, y desapareció.
Me quedé ahí mucho rato. Tenía la espalda fría donde él había estado. La oreja caliente donde había estado su aliento. Cada nervio de mi cuerpo gritaba. ¿Qué había sido eso? ¿Qué significaba?
A mí no me molesta que me miren.
Así que le gustaba. Le gustaba que lo mirara, y si no le molestaba que lo miraran... ¿lo habría hecho antes? ¿En su club? ¿Frente a otras mujeres? Ese pensamiento me retorció el estómago de una manera que no me gustó nada.
¿Estaba coqueteando conmigo? ¿O se reía de mí? ¿De la hermanita tímida que se sonroja por todo? ¿Y por qué me tocó el pelo? Tenía que saberlo. Tenía que saber que algo tan pequeño, solo sus dedos en mi pelo, me prendería fuego a todo el cuerpo.
Subí mis papitas y no me comí ni una. Me acosté en la cama y me dije la verdad. Era el mejor amigo de Wes, y aunque no lo fuera, estaba muy fuera de mi liga.
Necesitaba mantenerme lejos de este hombre. Me nublaba la cabeza y me enloquecía el corazón, y lo peor era que...
No quería alejarme en absoluto.