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Un Amor De Dos Dioses Y Una Mortal

Un Amor De Dos Dioses Y Una Mortal

Status: En proceso
Genre:Mitos y leyendas / Romance / Fantasía LGBT
Popularitas:561
Nilai: 5
nombre de autor: Damian Benitez

una mujer llamada Sara, trabaja todos los días para que el dios Zeus no destruya la tierra, Ares y Afrodita se enamoran de ella (LGBTQI+)

NovelToon tiene autorización de Damian Benitez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 21: Las primeras grietas

La mañana siguiente amaneció tranquila.

Los primeros rayos de sol iluminaron el pequeño pueblo mientras sus habitantes comenzaban una nueva jornada de trabajo. El sonido de los martillos, las conversaciones y las risas llenaba nuevamente las calles.

Sara salió de casa con el medallón guardado en el bolsillo de su chaqueta.

Había pensado dejarlo en la oficina del alcalde para que, si alguien lo reclamaba, pudiera recuperarlo.

Sin embargo, por alguna razón, olvidaba hacerlo una y otra vez.

Cada vez que intentaba sacarlo de su bolsillo, una pequeña voz parecía susurrarle:

"Guárdalo un día más..."

Ella sacudía la cabeza.

—Qué raro...

No sabía que el medallón ya estaba ejerciendo su influencia.

No controlaba su mente.

Solo hacía que ciertas decisiones parecieran más naturales.

En el Olimpo, Atenea llegó apresuradamente al salón del trono.

Zeus estaba reunido con Hermes y Apolo cuando ella entró.

—Padre.

Encontré lo que buscábamos.

Colocó un antiguo pergamino sobre una mesa de mármol.

Zeus lo examinó detenidamente.

En el centro aparecía el dibujo de un viejo amuleto.

Debajo había una advertencia escrita en una lengua tan antigua que solo los dioses más viejos podían leerla.

Atenea tradujo el texto.

—"El Medallón de la Discordia no crea odio. Alimenta las dudas hasta convertirlas en certezas."

Hermes frunció el ceño.

—¿Entonces cualquiera que lo posea terminará desconfiando de quienes ama?

—Exactamente.

Atenea respiró hondo.

—Y cuanto más fuertes sean los sentimientos... más dolor provocará.

Zeus cerró el pergamino lentamente.

Por primera vez desde que comenzó aquella prueba, sintió una verdadera preocupación.

—¿Podemos destruirlo?

Atenea negó con tristeza.

—No mientras permanezca vinculado a una persona.

Solo puede romperse si quien lo porta decide renunciar a él por voluntad propia.

Hermes abrió mucho los ojos.

—Pero si el medallón manipula sus pensamientos...

—Será muy difícil que quiera desprenderse de él.

El silencio volvió a apoderarse del salón.

Mientras tanto, Hades permanecía en el Inframundo revisando los registros de las almas recién llegadas.

Sin embargo, su concentración era casi inexistente.

Por tercera vez leyó el mismo pergamino.

—Mi señor...

La voz de Perséfone lo sacó de sus pensamientos.

Ella sonrió con ternura.

—Hoy tampoco estás prestando atención.

Hades dejó escapar un leve suspiro.

—Lo intento.

—Pero sigues pensando en Sara.

Él no respondió.

No hacía falta.

Perséfone conocía demasiado bien aquel silencio.

Le ofreció una taza de té.

—No te sientas culpable.

Preocuparse por alguien no significa olvidarse de tus responsabilidades.

Hades aceptó la taza.

—Solo espero que esté bien.

Antes de que Perséfone pudiera responder, una mariposa negra atravesó la ventana del salón.

Era uno de los mensajeros del Inframundo.

Se posó sobre la mano de Hades.

El dios cerró los ojos para escuchar el mensaje.

Cuando volvió a abrirlos, su expresión había cambiado.

—Algo oscuro ha llegado al pueblo.

En ese mismo instante, Sara ayudaba a reconstruir el techo del granero comunitario.

Daniel sostenía una caja de clavos.

—¡Hermana!

—¿Sí?

—¿Puedes alcanzarme esa cuerda?

Sara se giró para ayudarlo.

Sin querer, el medallón cayó de su bolsillo y quedó colgando frente a sus ojos.

La piedra violeta brilló apenas un instante.

En ese preciso momento vio a Elena conversando con dos comerciantes recién llegados.

Uno de ellos le entregó una pequeña bolsa con monedas.

Nada fuera de lo normal.

Era el pago por unas herramientas.

Pero el medallón susurró otra vez.

"¿Y si te está ocultando algo?"

Sara frunció ligeramente el ceño.

No.

Elena jamás haría nada malo.

Sacudió la cabeza y continuó trabajando.

Sin embargo...

La duda permaneció.

Era pequeña.

Casi imperceptible.

Pero ya estaba allí.

Más tarde, Elena encontró a Sara acomodando sacos de harina.

—¿Todo bien?

Sara sonrió.

—Claro.

—Te noto distraída.

—Solo estoy un poco cansada.

Elena se cruzó de brazos.

—No me engañas tan fácilmente.

Sara bajó la mirada.

Estuvo a punto de contarle lo del medallón.

Pero algo dentro de ella se lo impidió.

"No le digas nada."

"Podría quitártelo."

Aquella idea apareció de repente.

Sara se sorprendió.

¿Por qué pensaría eso?

Nunca había desconfiado de Elena.

Decidió cambiar de tema.

—¿Cómo va la organización del mercado?

Elena respondió con normalidad, aunque percibió que algo no estaba bien.

Al caer la tarde, Hades llegó nuevamente al pueblo con la apariencia de Adán.

Antes de entrar sintió una energía extraña.

No provenía de Sara.

Provenía de un objeto que estaba muy cerca de ella.

—Así que era cierto...

Caminó hasta la plaza.

Encontró a Sara repartiendo pan.

Ella sonrió al verlo.

—¡Señor...!

Se detuvo y rió con cierta vergüenza.

—Perdón.

Todavía me cuesta acostumbrarme.

Hades sonrió.

—Puedes seguir llamándome Adán cuando haya otras personas cerca.

Sara asintió.

Mientras hablaban, el medallón volvió a emitir un tenue brillo.

Hades lo sintió inmediatamente.

Su mirada descendió hasta el bolsillo de Sara.

—¿Qué llevas ahí?

Sara sacó el antiguo medallón.

—Lo encontré hace unos días en el bosque.

Pensaba buscar a su dueño.

Al verlo, los ojos de Hades se abrieron por un instante.

Reconocía aquella energía.

Había permanecido sellada durante miles de años.

Disimuló su reacción.

—¿Puedo verlo?

Sara dudó apenas un segundo.

Y esa pequeña vacilación sorprendió incluso a ella.

¿Por qué le costaba tanto prestárselo?

Era solo un objeto.

Finalmente se lo entregó.

Hades lo examinó con cuidado.

No cabía ninguna duda.

Era el Medallón de la Discordia.

Antes de que pudiera decir algo, el objeto emitió un pulso de energía que solo él pudo percibir.

Sintió un susurro en su mente.

"¿Y si Hades también quiere engañarte?"

El dios apretó los dientes.

El medallón no distinguía entre humanos y dioses.

Intentaba sembrar dudas en cualquiera que estuviera cerca.

Devolvió el objeto a Sara.

—¿Ocurre algo? —preguntó ella.

Hades dudó.

Si le decía la verdad delante de todos...

Podría asustarla.

Además, aún no estaba seguro de cómo destruir aquel artefacto.

—No.

Solo... ten cuidado.

Es muy antiguo.

Sara guardó nuevamente el medallón.

—Lo haré.

Cuando ella se alejó, Hades permaneció inmóvil.

Necesitaba hablar con Zeus.

Aquello era mucho más grave de lo que imaginaba.

Esa misma noche, mientras todos dormían, Sara volvió a soñar.

Esta vez no estaba en la plaza.

Se encontraba en el puente donde había conocido a Ario y Afro.

Ambos estaban frente a ella.

Pero sus rostros eran distintos.

Ares la observaba con tristeza.

—Nunca confiaste en mí.

Afrodita dio un paso atrás.

—Siempre ibas a elegirlo a él.

Sara negó desesperadamente.

—¡Eso no es cierto!

Pero ninguno parecía escucharla.

Los dos comenzaron a alejarse en direcciones opuestas.

Ella intentó alcanzarlos.

Corrió.

Los llamó por sus nombres.

Pero cuanto más avanzaba...

Más se alejaban.

Entonces despertó.

Tenía el rostro cubierto de lágrimas.

Respiraba agitadamente.

Miró el medallón sobre la mesa de noche.

La piedra violeta brilló apenas un instante.

Sara se llevó una mano al pecho.

¿Por qué aquellos sueños parecían tan reales?

¿Por qué cada día le resultaba más difícil distinguir cuáles de sus pensamientos eran realmente suyos?

Muy lejos de allí, Eris observaba el cielo desde un acantilado.

Podía sentir el efecto del medallón.

Sonrió satisfecha.

—Solo un poco más...

Las dudas ya empezaron a crecer.

Pronto llegarán los celos.

Después el resentimiento.

Y finalmente...

La ruptura.

Pero mientras reía, una figura apareció detrás de ella.

Era Atenea.

Su expresión era firme.

—Se acabó el juego, Eris.

La diosa de la discordia dejó de sonreír.

Sin girarse siquiera, respondió:

—Llegas demasiado tarde.

El medallón ya eligió a su portadora.

Y ahora...

Ni siquiera los dioses podrán detener lo que está por suceder.

Fin del Capítulo 21.

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