Traicionada por su novio. Angie toma una decisión desesperada para vengarse pactar con el hombre más peligroso de la alta sociedad, Leonardo Torres, el imponente y calculador tío de su ex.
Lo que inicia como una tregua fría y un matrimonio por contrato de un año para proteger sus activos y estabilizar la corporación, rápidamente se sale de control. Entre miradas cargadas de tensión en la sala de juntas y roces que encienden una química devoradora a puerta cerrada, Angie descubre que Leonardo no es el tiburón despiadado que todos temen, sino un hombre dispuesto a todo por protegerla. Mientras Sebastián y sus aliados intentan destruirlos filtrando secretos del acuerdo, la falsa unión se transforma en un juego de posesión, poder y deseo donde ninguno de los dos quiere volver a ser libre.
NovelToon tiene autorización de Kiary Valverde para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
17
Angie Rojas
El vestíbulo principal era un hervidero. A través de los paneles de cristal del ascensor ejecutivo, mientras bajábamos a toda prisa, pude ver la escena: Sebastián estaba en el centro del vestíbulo, despeinado, con la chaqueta desabotonada y con tres camarógrafos y varios reporteros rodeándolo. Gritaba a los guardias de seguridad, exigiendo a viva voz "hablar con su prometida para salvarla del secuestro corporativo".
El imbécil realmente creía que estaba protagonizando una película dramática de rescate.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron con un suave tono metálico, me colgué del brazo de Leonardo de inmediato. Sentí cómo su músculo se tensaba como una cuerda de acero bajo la tela fina de su traje, pero no se alejó. Al contrario, acomodó su postura para que quedáramos perfectamente alineados, imponiendo esa presencia aplastante que solo un CEO acostumbrado a dominar mercados podía proyectar.
—¡Angie! —bramó Sebastián apenas nos vio aparecer. Se abrió paso bruscamente entre dos guardias de seguridad, con los ojos inyectados en sangre y una cámara de televisión transmitiendo en vivo a escasos dos metros de su rostro—. ¡Sé que estás obligada! ¡Sé que mi tío te tiene amenazada con la deuda de la filial o con el contrato de tu familia! ¡Mírame a los ojos y dime que lo amas a él si tienes el valor!
Los flashes comenzaron a parpadear como ráfagas de luz blanca.
Miré a Sebastián con una mezcla de lástima y profundo fastidio. Si este tipo pensaba que me iba a acobardar frente a las cámaras, no tenía la menor idea de la clase de mujer en la que me había convertido.
Solté el brazo de Leonardo con elegancia, di dos pasos al frente para ponerme entre él y Sebastián, y crucé los brazos sobre el pecho con una sonrisa serena que desarmó de golpe la furia de mi exnovio.
—Sebastián, por favor —hablé con un tono dulce, pausado y lo suficientemente alto para que todos los micrófonos captaran cada sílaba—. Estás haciendo un papelón mediático grotesco.
—¡No me hables así! —gritó él, dando un paso adelante que fue frenado al instante por la sombra implacable de Leonardo posicionándose justo detrás de mí—. ¡Sé que me amas, Angie! ¡Lo de la apuesta fue un error de juventud! ¡Tú eras mi novia, no la concubina corporativa de mi tío!
Los periodistas soltaron un jadeo colectivo. Los flashes se intensificaron.
Solté una risita ligera, negando suavemente con la cabeza como quien escucha a un niño chiquito haciendo una pataleta en un supermercado.
—¿Tu novia? —pregunté, ladeando la cabeza con coquetería ironizada—. Sebastián, querido... el único "error de juventud" que cometí fue perder dos años de mi vida creyendo que eras un hombre maduro. Si viniste a montar esta pataleta a la sede de la empresa solo para que los periódicos hablen de ti antes de que te revoquen el fideicomiso, déjame decirte que es patético.
Sebastián se quedó con la boca abierta, la tez pálida y los puños apretados.
—Yo no estoy obligada a nada —continué, dando un paso más hacia él y señalando con elegancia hacia Leonardo—. El hombre que está detrás de mí no me amenaza; me respeta. No me usa para apuestas de vestidor; me respalda. Así que te pido, por el poco decoro que te queda, que recojas los pedazos de tu dignidad y salgas de este edificio antes de que la policía te saque por invasión a la propiedad privada.
...Leonardo Torres...
Ver a mi sobrino perder los papeles en el vestíbulo de mi propia oficina era un espectáculo deprimente, pero ver a Angie destrozarlo palabra por palabra con una sonrisa impecable en el rostro fue sencillamente magistral.
Me posicioné a pocos centímetros de la espalda de Angie, dejando en claro ante las cámaras que cualquier intento de Sebastián por acercarse a ella tendría que pasar por encima de mí.
—¡No me voy a ir! —bramó Sebastián, señalándome con un dedo tembloroso por la rabia—. ¡Tú le pagaste para que dijera esto, Leonardo! ¡Esa mujer no siente nada por ti! ¡Te está usando para vengarse de mí!
La acusación cayó en el vestíbulo como una piedra en un estanque. Los reporteros contuvieron el aliento, esperando mi reacción. Angie estuvo a punto de responder, pero esta vez fui yo quien dio el paso al frente.
Coloqué mi mano firme en la cintura de Angie, atrayéndola hacia mi costado con una posesividad deliberada y absoluta. Sentí cómo ella se pegaba a mi cuerpo por instinto, sosteniendo la postura ante los lentes de la prensa.
—Suficiente, Sebastián —dije. Mi voz, grave, profunda y helada como el acero, resonó por todo el vestíbulo, silenciando el murmullo de los camarógrafos—. Has cruzado todos los límites del respeto hacia esta empresa y hacia la mujer que va a ser mi esposa.
Di un paso hacia él sin soltar a Angie, obligando a mi sobrino a dar un paso atrás por puro instinto de supervivencia.
—Si vuelves a poner un pie en este edificio, si vuelves a acosar a Angie en la calle o si intentas utilizar tu apellido para manchar su honor en los medios de comunicación —hice una pausa, clavando mi mirada en sus ojos aterrorizados—, no solo te retiraremos el fideicomiso familiar. Presentaré una demanda penal por acoso e intimidación que te mantendrá ocupado en los tribunales los próximos cinco años.
Sebastián tragó saliva con dificultad, mirando a su alrededor. Los reporteros ya no lo miraban con lástima; lo grababan como al heredero derrotado y humillado que acababa de ser expulsado por el patriarca de la familia.
—Seguridad —ordene con la voz firme—. Acompañen al señor fuera de las instalaciones.
Dos guardias de dos metros de altura tomaron a Sebastián por los brazos y lo escoltaron hacia la salida de cristal mientras los fotógrafos captaban cada segundo de su expulsión.
El silencio volvió al vestíbulo. Me giré hacia los reporteros presentes, manteniendo mi brazo alrededor de la cintura de Angie.
—La rueda de prensa de ayer dejó todo claro, caballeros —dije con frialdad corporativa—. Agradecemos que despejen el vestíbulo. Mi prometida y yo tenemos asuntos privados que atender.
Sin esperar respuesta, me di la vuelta llevando a Angie conmigo hacia el ascensor privado. Las puertas se cerraron, aislándonos del ruido de los flashes y el murmullo de la multitud.
En cuanto el indicador del ascensor empezó a subir, la tensión en la cabina se volvió densa. Angie soltó un largo suspiro, apoyó la espalda contra la pared de cristal del ascensor y me miró de reojo con esa sonrisa burlona que empezaba a volverme loco.
—Vaya, "mi cielo" —murmuró acomodándose el abrigo—, debo admitir que lo de la demanda penal por acoso te salió bastante natural. Casi me haces creer que de verdad te da celos que mi ex se me acerque.
La miré en silencio durante varios segundos, acortando la distancia entre los dos hasta acorralarla suavemente contra el cristal del ascensor.
—No juegues con fuego, Angie —dije en un susurro áspero, fijando mis ojos en los suyos—. Porque estás empezando a olvidar dónde termina tu actuación y dónde empieza la realidad.
No me gusta sentirme así, no me gusta que ella fuera novia de Sebastián... No me gusta este juego en el que estamos jugando.