Sara murió luchando contra el hombre más temido del mundo: Augustus Reinold, el tirano que destruyó naciones y esclavizó a la humanidad.
En sus últimos segundos, hizo un deseo desesperado: si pudiera regresar al pasado, daría la mitad de su vida para detenerlo.
Su deseo fue escuchado.
Sara despierta quince años atrás, cuando tiene diecisiete años y Augustus aún no es el monstruo que ella conoce. Pero el sistema le revela una regla imposible: no puede matarlo.
Si quiere salvar el mundo, deberá cambiar su destino antes de que sea demasiado tarde.
¿El método?
Enamorar al futuro villano.
Sara se niega a enamorarse del hombre que la asesinó.
Pero cuanto más conoce al joven que algún día será Augustus, descubre que detrás del monstruo existió un muchacho que todavía podía ser salvado.
Y solo tiene dos años para lograrlo.
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Su nombre es Adrián Bradenford
La cena fue... correcta.
Adrián Bradenford no era un monstruo en la mesa. Era un hombre frío, de pocas palabras, que miraba más de lo que hablaba. Pero jamás maltrataría a la chica que le interesaba a su hijo. Porque él amaba a su hijo.
Así que, mientras cenaban, le hizo preguntas. Y todas giraban en torno a ella.
—¿Cuáles son tus expectativas, Sara? ¿Practicas algún deporte? ¿Qué haces en tus tiempos libres?
No mencionó a su familia. No mencionó el apellido. No mencionó el dinero. Solo ella.
Sara respondió con la verdad a medias que ya dominaba. Y Adrián asintió, serio, como si cada respuesta fuera un dato financiero.
Entonces el celular de Julian vibró.
—Padre. Están llamando del consorcio de Malasia.
Adrián lo miró.
—Ve y responde. Es tu responsabilidad.
Julian miró a Sara. Miró a su padre. Dudó.
Adrián levantó una ceja.
—Corre. No voy a envenenar a tu noviecita, tranquilo. Cuando vuelvas, no le va a faltar ningún cabello.
Julian salió.
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Adrián observó a Sara. Y por primera vez en toda la noche, dejó la copa sobre la mesa.
—Bien. Al fin se fue.
Sara lo miró. Adrián la contempló en silencio. Luego levantó un dedo.
—No dañes a mi hijo.
—¿Perdón?
—Te estoy diciendo que, donde yo me entere de que estás jugando con las emociones de mi hijo, será el último día que tú y tu familia vean la luz del sol.
Sara se quedó inmóvil.
Este hombre acababa de lanzarle una amenaza de muerte como quien pide un periódico en la esquina.
Tragó saliva.
—Señor, yo no tengo ninguna mala intención con Julian.
—Eso espero, jovencita. Tengo muchas expectativas en ustedes. —Cogió la copa y tomó un trago—. No eres tonta. Eres astuta. Julian tiene un interés especial en ti. Veo sinceridad en los ojos de ambos. No me opondré. No te preocupes: no sacaré un cheque de un millón de dólares para que te alejes de mi hijo, ni amenazaré el trabajo de tus padres. No haré eso.
Hizo una pausa. La miró a los ojos.
—Solo te advierto: no juegues con sus sentimientos. Si en algún momento sientes que el apellido Bradenford pesa demasiado y no puedes con él, retírate. Sé valiente y di *"ya no puedo, hasta aquí"*. No ilusiones en vano a mi hijo.
Y ahí lo comprendió.
Este hombre de pocas palabras y mirada siniestra amaba a Julian. Por eso la estaba amenazando con todo su poder. No por crueldad. Por miedo. El miedo de un padre que no sabe proteger de otra forma.
Sara lo miró.
Y empezó a reír.
Adrián puso esa cara de sorpresa que también tenía Julian cuando ella salía con sus cosas extrañas.
—¿De qué te ríes, muchacha?
Sara se limpió una lágrima.
—Discúlpeme, señor. Pero es usted igual a Julian. Ambos piden ser duros, malvados, cínicos, que no les importa nada. Pero en el fondo son unos bombones de caramelo, muy dulces y blanditos.
Adrián la observó, estupefacto.
*Esta muchacha está loca*, pensó. *Puedo destruir a su familia y a ella, y me está diciendo que soy de corazón blando. Me está comparando con chocolates blanditos.*
Sara lo señaló con el dedo.
—¡Eso! ¡Esa misma cara es la que pone Julian! Ay, por Dios, sí que son padre e hijo. Hasta las mismas reacciones tienen —dijo, secándose otra lágrima—. No se preocupe, señor. Yo tengo un sincero interés en Julian. No sé si esto avanzará o terminaremos separándonos en el camino. Pero le prometo que yo seré siempre sincera con él.
Adrián asintió, recuperando la compostura.
—Perfecto. Eso es lo que quiero. No quiero que mi hijo sufra en vano. Él todavía es joven y frágil. Y recibir una decepción en este momento puede torcer su camino. Quién sabe, más adelante se convierta en un hombre cruel y despiadado, al que no le importe destruir la vida de otros.
Sara lo miró, con los ojos abiertos.
*Dios mío. Este hombre es Nostradamus. Ve el futuro.*
> *No, heroína.*
El sistema apareció, discreto, solo para ella.
> *Adrián solo es un hombre de negocios que ha visto mucho del mundo y muchos hombres codiciosos y poderosos. Está poniendo de ejemplo lo que le pasaría a Julian si acumula demasiadas decepciones de la gente que lo rodea.*
—Ah —dijo Sara, en voz baja. Volvió a mirar a Adrián—. No se preocupe, señor. Si yo tengo que terminar con Julian, lo voy a hacer de frente. Cara a cara. O de repente por un mensaje de texto, pero igual yo le informaré. No se preocupe.
Adrián la observó. Y algo en su expresión se suavizó.
—Eres curiosa, muchacha. Ahora entiendo por qué le agradas a mi hijo. No te guardas nada. Eres sincera y bastante enérgica en tu forma de ser. Eso es bueno. Pero no siempre lo más práctico.
Sara levantó los hombros.
—Bueno, señor. Solo tengo diecisiete años. Tengo toda una vida para volverme una mujer amargada, seca y manipuladora, ¿no cree?
Adrián la observó.
Y empezó a reírse.
Como nunca lo había hecho en su vida.
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Cuando Julian entró, encontró a su padre doblado de la risa, botando lágrimas.
—¡Muchacha, eres increíble! —decía Adrián, sin poder respirar.
Julian observó la escena, desconcertado.
—¿Pasó algo mientras me fui?
Sara se levantó y le cogió la mano.
—No, bebé. Todo está bien. Solo conversábamos con tu padre, ¿verdad, señor Adrián?
Adrián, que seguía riéndose, solo movió la mano.
—Sí, sí. Toma asiento, hijo. Ja, ja, ja. Toma asiento. Van a traer el postre. Ja, ja, ja.
Julian se sentó, atónito.
No había visto a su padre reír tanto. Es más, no recordaba haberlo visto reír. Excepto cuando las acciones de la competencia cayeron a menos cinco y adquirió su conglomerado a un precio ridículo. Ahí sí lo vio reír. Pero esta vez no había comprado nada. No había destruido a ningún enemigo.
Entonces, ¿por qué reía tanto?
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Cuando la cena terminó, Adrián le extendió la mano a Sara.
—Fue un placer conocerte, Sara. Espero que Julian pueda llevarte a más celebraciones de la familia. Pero creo que debes medir qué tipo de celebraciones la llevas, Julian. Ya sabes, nuestra familia es complicada y no quiero que Sara piense que todos están locos.
—Sí, padre —dijo Julian, observándolo—. Cumpliré su deseo.
—Bien. Porque también debes saber proteger a la muchacha que te interesa. Y no dejarla a merced de otras personas.
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En el auto, de camino a casa, Julian no dejó de mirarla.
—¿Qué le dijiste?
—La verdad.
—¿Y por qué se reía?
Sara sonrió, mirando por la ventanilla.
—Porque por fin alguien le dijo la verdad, bebé. Y hacía mucho que nadie lo hacía.
> *Afecto de Adrián Bradenford: 70%.*
Sara cerró los ojos.
*Diecisiete meses*, pensó. *Y ahora, si fallo, no solo pierdo a un monstruo. Pierdo a una familia entera que acaba de empezar a reír.*