Valentina Solís solo quería sobrevivir.
Después de escapar de una red de tráfico humano en Estambul, volvió a México creyendo que el peor monstruo de su vida había quedado atrás. Intentó reconstruirse, cuidar de su abuela y volver a pintar sin mirar siempre por encima del hombro.
Meses después, una beca en la prestigiosa Academia Répin de San Petersburgo pareció ofrecerle lo imposible: una nueva vida, lejos del miedo.
Pero Rusia no era un nuevo comienzo.
Era territorio de Nikolái Vólkov.
Pakhan de la Bratva, dueño de una mansión rodeada de guardias, secretos y sangre, Nikolái nunca olvidó a la mexicana que se atrevió a desafiarlo. Cuando Valentina pisa San Petersburgo, él la arranca de su vida, usa a su mejor amigo como rehén y la encierra en un mundo donde la ley no entra.
Valentina no quiere pertenecerle.
Nikolái no sabe soltar.
Entre cautiverio, traiciones, deseo oscuro y una obsesión que amenaza con destruirlos a ambos, Valentina descubrirá que el hombre que la retiene también guarda una verdad enterrada: su pasado, su familia desaparecida y el secreto más peligroso de la Bratva están unidos por la misma sombra.
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Capítulo 21
Valentina no entendió de inmediato por qué el taller se quedó sin aire.
Maxim Orlov no había levantado la voz.
No había tocado su papel.
No había sacado un arma.
Solo había dicho una frase, y aun así los guardias al otro lado de la ventana se movieron como si alguien hubiera disparado.
Que Nikolái Vólkov por fin encontró algo que no puede romper sin cortarse él mismo.
La profesora dio un paso hacia ellos.
—Señor Orlov, este es un taller cerrado.
Maxim le dedicó una sonrisa impecable.
—Por supuesto. Solo pasaba a saludar al patronato.
—El patronato no está en esta aula.
—Hoy todo San Petersburgo parece estar en esta aula.
Su mirada tocó la ventana.
Uno de los hombres de Nikolái ya estaba dentro del edificio. Valentina lo vio por el reflejo del vidrio: abrigo oscuro, mano al auricular, mandíbula rígida de hombre entrenado para obedecer. La puerta del taller seguía abierta. Los estudiantes fingían mirar sus dibujos con una torpeza casi tierna.
Valentina no se movió del caballete.
Si corría, Maxim ganaba.
Si gritaba, Maxim ganaba.
Si esperaba a que Nikolái irrumpiera y lo sacara, también ganaba alguien, pero no ella.
Así que apretó el lápiz y sostuvo la mirada del hombre.
—No soy un mensaje para Nikolái.
Maxim ladeó la cabeza, como si esa respuesta le interesara de verdad.
—No. Eso sería desperdicio.
La palabra le bajó por la espalda como una gota fría.
Desperdicio.
No mujer. No estudiante. No víctima.
Recurso.
El lenguaje de los hombres que compraban guerras siempre terminaba pareciéndose.
—Entonces salga de mi clase —dijo Valentina.
La profesora la miró, sorprendida.
Maxim sonrió.
—Su clase.
—Mi caballete. Mi hoja. Mis dos horas. Mi clase.
Hubo un silencio raro.
No de miedo.
De reconocimiento.
Como si por un segundo todos en el taller hubieran recordado que el papel delante de ella no le pertenecía a ningún hombre armado.
Maxim levantó ambas manos, despacio, mostrando que estaban vacías.
—Tiene razón.
Valentina no bajó el lápiz.
—Eso tampoco lo convierte en buena persona.
—Nunca he hecho acusaciones tan ofensivas contra mí mismo.
La puerta se cerró de golpe.
Nikolái estaba del otro lado del vidrio del pasillo.
No había entrado.
Todavía.
Pero su presencia cambió la temperatura del aula.
Los estudiantes dejaron de respirar. La profesora se puso pálida. El guardia que había llegado primero bajó la mano del auricular y retrocedió medio paso, como si el dueño real de la violencia acabara de aparecer.
Valentina sintió que el cuerpo se le tensaba antes que la mente.
Nikolái la miró a ella.
Solo a ella.
No a Maxim.
Eso fue peor.
Porque en sus ojos no había disculpa ni ternura. Había cálculo. Había sangre contenida detrás de una orden que todavía no daba.
Maxim giró apenas la cabeza.
—Pakhan.
Nikolái abrió la puerta.
Valentina dejó de respirar.
Él puso un pie dentro.
Luego se detuvo.
El gesto fue mínimo. Ridículo, casi. Un monstruo frenándose por una línea invisible entre baldosas viejas y olor a trementina.
Katya apareció detrás de él, tarde por un segundo y furiosa por completo.
—Nikolái —dijo.
—Está hablando con ella.
—Y tú estás a punto de convertir una escuela de arte en una escena de ejecución.
—Sal, Maxim.
Maxim suspiró como si le hubieran pedido abandonar una cena aburrida.
—Siempre tan directo.
—Ahora.
La voz de Nikolái no subió.
No hizo falta.
En el patio, otro auto frenó con violencia. A través de las ventanas altas, Valentina alcanzó a ver más hombres. Demasiados. Abrigos oscuros entre estudiantes con carpetas y pinceles. La Academia Répin, con sus paredes antiguas y su olor a pintura, empezó a parecerse a la Usad'ba.
La rabia le nubló la vista.
—No.
Todos la miraron.
Valentina tragó saliva. El miedo estaba ahí, intacto, con dientes. Pero debajo había algo más duro.
—No van a hacer esto aquí.
Nikolái no apartó los ojos de Maxim.
—No es asunto suyo.
Valentina soltó una risa breve.
Fea.
—¿Mi clase, mi nombre y los hombres armados en mi ventana no son asunto mío?
Nikolái la miró entonces.
El cambio fue mínimo.
Pero Maxim lo vio.
Y sonrió.
—Interesante —murmuró.
Katya se acercó al umbral, sin cruzar hacia Valentina.
—Maxim, si querías probar el límite, ya lo viste. Sal antes de que mi hermano decida atacar aunque le cueste la mano.
—Siempre tan poética, Katya.
—Siempre tan vivo para alguien que provoca mal.
Maxim hizo una reverencia leve, teatral.
—Me retiro. Por respeto al arte.
Pasó junto a Nikolái con una calma insultante.
Nikolái no lo tocó.
Eso asustó más a Valentina que si lo hubiera golpeado.
Porque Nikolái Vólkov no dejaba pasar a un enemigo por cortesía. Si no lo atacaba ahí, frente a todos, era porque la guerra con Maxim tenía reglas más sucias que un arrebato de celos.
Maxim se detuvo en la puerta y miró de nuevo el dibujo de Valentina.
—La línea es familiar.
Valentina sintió un golpe bajo las costillas.
—¿Qué dijo?
—Que dibuja con memoria.
—No me conoce.
—No a usted.
El taller desapareció por un segundo.
El ruido, los estudiantes, Katya, Nikolái, la profesora. Todo se volvió una línea muy delgada entre lo que Valentina sabía y lo que alguien acababa de abrir con un dedo.
—¿A quién? —preguntó.
Maxim sonrió.
No con amabilidad.
Con precisión.
—A un hombre que usaba el miedo igual que usted usa la sombra.
Valentina se quedó helada.
Su padre pintaba sombras azules en los retratos.
Abuelita Carmen decía que Arturo Solís podía hacer que una cara feliz pareciera estar a punto de llorar solo con oscurecer la comisura de los ojos.
Nadie en Rusia tenía por qué saber eso.
Nadie.
Nikolái dio un paso.
Esta vez cruzó el umbral.
Valentina retrocedió de inmediato, y ese retroceso lo detuvo como si le hubieran disparado.
Maxim miró la escena con una satisfacción silenciosa.
—Qué tragedia —dijo—. Tantos hombres queriendo protegerla y todos terminan apuntándole al pecho.
Katya sacó una pistola de debajo del abrigo.
No apuntó a Maxim.
Apuntó al piso, entre los dos hombres.
—Fuera.
La profesora dejó escapar un sonido ahogado.
Maxim levantó las manos otra vez.
—Ya me iba.
Antes de salir, dejó algo sobre la mesa de materiales.
Una tarjeta blanca.
Nikolái hizo un gesto y Sasha apareció detrás de Maxim como una sombra. No lo tocó. Solo caminó a su lado hasta la salida del pasillo. Guardias, estudiantes y profesores se apartaron sin saber de quién tenían más miedo.
La puerta del taller quedó abierta.
Nikolái seguía dentro.
Valentina también seguía retrocedida, con la espalda casi contra la pared.
Katya guardó el arma con lentitud.
—Sal —le dijo a Nikolái.
—No.
—La estás asustando.
—Maxim habló de su padre.
Valentina sintió que se le dormían los dedos.
La profesora se acercó a la mesa y tomó la tarjeta con dos dedos, como si pudiera explotar.
—Señorita Solís...
Valentina no quería verla.
Pero la vio.
La tarjeta no tenía número.
No tenía dirección.
Solo una frase escrita en español, con tinta negra y letra limpia.
Arturo Solís no pintaba así antes del Cáucaso.
El lápiz cayó de la mano de Valentina.
Esta vez, cuando Nikolái dijo su nombre, no sonó como dueño.
Sonó tarde.