Soy Natalia Salazar. Tengo veintitrés años y jamás imaginé que una amistad de la infancia pudiera convertirse en algo más.
En Puerto Marina nadie pronunciaba el apellido Salazar sin bajar la voz. Mi padre era el hombre más temido de la ciudad, y crecer bajo su sombra significó vivir entre guardaespaldas, reglas y puertas cerradas. Mientras otros hacían amigos en la escuela o salían los fines de semana, yo aprendí a mirar el mundo desde lejos.
Pero no estaba completamente sola.
Tenía a Marcos y a Alex.
Nos conocíamos desde niños y, aunque rara vez podíamos vernos fuera de los eventos organizados por nuestras familias, ellos eran lo más parecido a una vida normal que había tenido.
Hasta aquella noche.
Lo vi entre la multitud y algo cambió.
No fue una mirada, ni una sonrisa, ni una palabra bonita. Fue algo peor: la sensación de que, por primera vez en mi vida, estaba a punto de desear algo que nunca debería haber querido.
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la verdad
natalia
—Alex.
Levantó la mirada.
—¿Estás celoso?
—¿Por qué piensas eso? Además, ¿acaso no eres mi novia?
—Sí.
—Entonces, ¿por qué tendría celos?
Negué con la cabeza.
—¿Por qué se llevan así? Antes eran como hermanos.
—Exactamente. Antes.
—¿Pero por qué?
Suspiró y desvió la mirada.
—Solo puedo decirte que él sabía algo y, aun así, hizo algo que no se perdona tan fácilmente.
Lo miré confundida.
—No importa.
Volvió a sentarse en el sillón.
Intenté concentrarme nuevamente en el trabajo, pero no podía dejar de pensar en lo que acababa de decirme.
Negué con la cabeza y traté de apartar esos pensamientos.
Justo cuando estaba logrando concentrarme, su celular comenzó a sonar.
—¿Sí?
Escuchó en silencio durante unos segundos.
—De acuerdo. Ya estoy saliendo para allá.
Colgó, se levantó del sillón y se acercó a mí.
—Tengo que salir, pero espérame. Yo te llevo a tu casa, ¿sí?
Asentí.
Se inclinó y me dio un beso antes de salir.
Ya habían pasado varias horas.
Miré el reloj y marcaba casi las siete.
Guardé mis cosas y fui hasta la oficina de mi padre.
—Hija, ¿pasó algo?
—No, no. Solo venía a preguntarte a qué hora salías.
—Hoy voy a terminar tarde. Tengo muchas cosas pendientes por terminar. Pregúntales a tus hermanos si no, para que te lleve alguno.
—No te preocupes. Igual todavía no me voy.
—Está bien. He notado que ya no andas tan pegada a Marcos. ¿Pasó algo?
—No, para nada. Simplemente estuvimos muy ocupados.
Asintió y no preguntó nada más.
Me levanté y me dirigí nuevamente a mi oficina para esperar a Alex.
Entré y, cuando estaba por cerrar la puerta, escuché una voz detrás de mí.
—¿Ya se fue el ogro?
Dijo aquello en tono burlón.
No pude evitar soltar una pequeña risa.
—¿Ya te vas?
—Sí, estoy...
Me interrumpió antes de que pudiera terminar.
—Te llevo.
Recordé lo que me había dicho Alex.
—Marcos...
Detuvo los pasos que estaba dando.
—¿Puedes pasar un segundo?
Seguía intrigada por saber qué había ocurrido entre ellos para que se llevaran de esa manera.
Mientras guardaba mis cosas, decidí preguntarle.
—¿Te puedo hacer una pregunta?
—Dime.
—¿Por qué se llevan así ustedes?
Él entendió perfectamente de quién estaba hablando.
Se quedó en silencio unos segundos antes de responder.
—Cuando nos fuimos de Marina, nosotros seguimos en contacto durante muchos años. Cuando los dos ya estábamos trabajando, nos tocó viajar para arreglar un acuerdo muy importante para ambas empresas. Era algo bastante delicado y el viaje se complicó.
Hizo una pausa.
—Por suerte, al final todo salió bien. Después fuimos a un bar para celebrar. En un momento, Alex estaba borracho y me dijo que no quería morir sin haberte vuelto a ver. Tú eras la única persona que extrañaba y la única razón por la que nunca se olvidó de este pueblo.
Bajé la mirada.
—Yo deseaba que solamente te extrañara como amiga —continuó—. Pero, con el pasar del tiempo, él nunca volvió a hablar sobre ti. Cuando regresé y empecé a demostrarte mis sentimientos, aunque tú no los vieras, él sí los notó. Y yo también noté los de él.
Sentí un nudo en la garganta.
—Ya no te extrañaba como amiga, Natalia. Él empezó a sentir algo por ti... al igual que yo.
No supe qué decir ni cómo reaccionar ante lo que me estaba contando.
—Marcos...
—Ya lo noté, Natalia.
Agachó la cabeza.
—¿Qué notaste?
—Que al único que ves como amigo es a mí. No te voy a juzgar ni nada por el estilo. Yo simplemente no me quise rendir, pero sé que nunca me vas a ver de la misma manera en la que yo te veo a ti.
Mis ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
Se me hizo un nudo en la garganta y no pude hablar.
—Ninguno de los dos está enojado, Natalia. Simplemente a los dos nos gusta la misma persona. Pero esa persona ya sabe a quién tiene en su corazón.
No pude aguantar más y una lágrima recorrió lentamente mi mejilla.
Marcos se levantó y me abrazó.
—No llores. Tú no puedes controlar tu corazón. Él nos controla a nosotros, y no debes sentirte mal por eso.
—Marcos...
—Dime.
—Lo siento. En serio.
—No tienes por qué disculparte. Yo ya sé lo que sientes por cada uno de nosotros. Y aunque ya no nos llevemos tan bien como antes, Alex sigue siendo como un hermano para mí. Prometo no seguir intentándolo.
Lo miré a los ojos.
—Estamos saliendo.
Se separó de mí y me miró fijamente.
—¿Qué?
—Lo siento mucho, en serio.
Volvió a abrazarme.
—Me alegro por ustedes. Si te hace algo, solo tienes que decírmelo, ¿okey?
Se separó nuevamente de mí.
—¿Y desde cuándo?
—Hace muy poquito.
Sonrió y me tomó del brazo.
—Dile que yo te llevo hasta tu casa.
Asentí.
Le mandé un mensaje a Alex, pero no le llegaba.
Lo llamé, pero la llamada iba directamente al buzón.
Le dejé varios mensajes y finalmente me fui con Marcos.
Cuando llegamos a casa, lo invité a pasar.
Nos pusimos a charlar mientras esperábamos que Alex regresara.
Cuando volví a mirar la hora, ya eran las diez y todavía no tenía noticias de él.
Marcos llamó a uno de sus amigos de Noctis para preguntarle si Alex estaba allí.
—¿Qué te dijeron?
—Que está ocupado y no puede darme detalles.
Asentí.
Me tranquilicé un poco al saber que, por lo menos, estaba allí. Eso significaba que estaba bien... o eso esperaba.
Al rato llegaron mi madre y mis hermanos.
—Hola, Marcos. ¡Tanto tiempo!
—¿Cómo le va, señor?
—Bien, bien. ¿Ya comieron?
—Todavía no, pa. Ahora hago algo.
—Bueno, señor, yo me voy. Hasta luego.
—Pero quédate a comer.
—No, no es necesario. Estaba acompañando a Natalia para que no estuviera sola.
Mi padre frunció el ceño.
—¿Sola? ¿Alex no vino todavía?
—No, señor. Sigue en Noctis.
—Nico.
Lo dijo con seriedad.
No hacía falta que terminara de hablar. Él ya sabía exactamente lo que debía hacer.
—Bueno, entonces te quedas a comer. Yo voy a dejar mis cosas y vuelvo. Ponte cómodo.
—Muchas gracias, señor.
Mi padre subió y Marcos fue directamente a la cocina para ayudarme.
—Oye, ¿tu padre sabe lo de tú y...?
Lo interrumpí rápidamente.
—No. Y no debe enterarse. Ni él, ni los chicos, ni nadie. ¿Entiendes?
—Claro.
Cocinamos, comimos y, después de un rato, Marcos se despidió y se fue.
Ya era de noche y yo seguía sin saber nada de Alex.
Cuando todos se fueron a dormir, pasé a su habitación y me senté en su cama para esperarlo.
No sé cuánto tiempo pasó, pero terminé quedándome dormida.
Cuando desperté en mitad de la madrugada, sentí un cuerpo a mi lado.
Me asusté y salté de la cama.
Ahí estaba él.
Acostado, abrazándome como si no hubiera pasado absolutamente nada.
El movimiento lo despertó.
—Acuéstate. Es tarde.
—¿No podías avisarme que ibas a llegar tarde? Me asusté, Alex. Tú no sabes lo preocupada que...
Me interrumpió con un beso.
—No te enojes. Mañana hablamos bien, ¿sí? Duerme. Estoy muy cansado.
Suspiré, volví a acostarme y lo abracé.
A la mañana siguiente, cuando me levanté, noté una herida enorme en su espalda.
No dije nada.
Esperé a que despertara y me contara todo lo que había pasado.
Más tarde, estábamos todos desayunando cuando él bajó por último.
Lo fulminé con la mirada.
No necesitó que dijera una sola palabra. Por mi expresión supo inmediatamente que no estaba nada contenta.
Desayunó en silencio y después se fue con nosotros a la empresa.
Fue directamente a la oficina de mi padre.
Al rato, alguien tocó la puerta de mi oficina.
—Pase.
Era Alex.
—Ahora sí, ¿me vas a contar qué pasó ayer?
—Tuve un inconveniente con uno que intentó robar unas armas especiales que costó muchísimo introducir al puerto.
—¿Y acaso no podías avisarme?
—Mi vida, me olvidé de avisarte antes de entrar. Y mientras hago ese tipo de trabajos no uso ningún objeto personal. Lo siento.
—Está bien. Ahora explícame qué te pasó en la espalda.
—No quería preocuparte.
—¿Qué te pasó?
Suspiró.
—El hijo de puta casi se escapa. Cuando lo agarré, tenía una navaja y me cortó para que lo soltara.
De repente, sentí como si mi pecho dejara de funcionar.
Mi respiración se detuvo durante varios segundos.
—No te enojes, ¿sí? No me pasó nada.
—¿Y si pasaba, Alex?
—Pero no pasó.
Suspiré intentando contener las lágrimas.
—Prometo que la próxima vez, si yo no te aviso, Mirko te informará todo sobre mí, ¿sí?
—Por favor...
Las palabras salieron de mi boca entrecortadas.
—Ya está, mi reina. No estés mal, ¿sí?
Se acercó a mí y me abrazó.
Se quedó toda la tarde conmigo.
En un momento, decidí contarle algo que sabía que iba a cambiar su expresión.
—Marcos me contó lo que pasó entre ustedes.
Me miró fijamente.
—¿Qué exactamente?
—Todo, Alex. Y sabe lo que siento. También sabe que estamos saliendo.
Su rostro se tornó pálido.
No dijo nada durante unos segundos.
—Pero él va a seguir siendo mi amigo —agregué—. Desde ya te aviso.
Asintió, todavía sorprendido.
Volvió a sentarse en el sillón y tomó uno de los documentos que tenía sobre la mesa, fingiendo concentrarse en la lectura.
Pero pude notar que su cabeza estaba muy lejos de aquellas hojas.