En un mundo donde la magia y la traición se entrelazan, Valeria, una joven moderna, encuentra su vida truncada tras un fatal accidente. Al despertar, descubre que ha reencarnado en el cuerpo de la villana de una novela que acababa de leer. Con el rostro de la malvada que muere trágicamente, Valeria decide cambiar su destino. En lugar de seguir el camino de la oscuridad, planea reconciliarse con su media hermana, deshacer su compromiso con el héroe y recuperar el ducado que le pertenece por derecho. Sin embargo, en su búsqueda de venganza y redención, se verá atrapada en un romance inesperado con el verdadero villano de la historia. Entre intrigas y magia, Valeria deberá enfrentarse a sus propios demonios mientras intenta forjar un nuevo futuro.
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Capítulo 21
Kaelen apretó los labios.
—Duque Lysander. Siempre tan… oportuno.
—Y vos, tan… predecible —replicó Lysander, sin perder el ritmo. La tensión entre los dos hombres era palpable, casi tangible. Era la hostilidad de dos depredadores en un mismo territorio.
Lysander luego se volvió hacia Elara, y por primera vez, Seraphina lo vio mostrar una expresión diferente. No era cálida, pero tampoco fría. Era… una observación casi científica.
—Lady Elara —dijo él, y su voz se suavizó ligeramente, aunque no del todo. Era la voz de alguien que observa una especie rara, no la de alguien que la desprecia.
Elara se encogió un poco, pero se forzó a mantener la barbilla alta.
—Duque Lysander.
Lysander asintió, una vez más, esa mirada enigmática de curiosidad en sus ojos oscuros.
—Es… interesante. Os esperaba con menos… inocencia.
Elara se ruborizó, sorprendida por el comentario, y Kaelen se puso rígido.
—No entiendo a qué os referís, Duque —dijo Kaelen, con un matiz protector en su voz que Seraphina encontró sorprendentemente condescendiente.
Lysander ignoró a Kaelen por completo, volviendo su atención a Seraphina. Sus ojos se fijaron en los suyos, y en esa mirada, ella sintió que las palabras eran innecesarias. Era como si él pudiera leer su mente, su alma, la esencia misma de ella que ahora habitaba a Seraphina.
—Lady Seraphina —dijo él, y esta vez, el tono de su voz contenía una nota que solo ella podía percibir. Era un reconocimiento, una invitación. Una chispa.
—Duque Lysander —respondió, su voz extrañamente calmada, a pesar del huracán que se desataba dentro de ella—. Es un placer veros de nuevo. Parece que las sombras os sientan mejor que la luz.
Lysander esbozó esa media sonrisa que apenas alteraba su rostro, pero que ella ya reconocía como una señal de complicidad.
—La luz es demasiado ciega, Lady Seraphina. Y las sombras… bueno, las sombras revelan mucho más de lo que la luz es capaz de mostrar.
—¿Y qué revelan las sombras esta noche, Duque? —preguntó ella, desafiándolo, queriendo saber más, queriendo romper la barrera de las apariencias.
—Revelan que una reina del bosque es más astuta de lo que sus brocados sugieren —dijo él, sus ojos oscuros brillando con una inteligencia aguda—. Y que vuestra compañía, esta noche, es… inesperadamente bienvenida.
La audacia de su comentario, en presencia de Kaelen y Elara, era asombrosa. Kaelen tensó la mandíbula, sus ojos relampagueando. Elara miraba entre los tres, confundida, pero también fascinada por la tensión en el aire.
—¿Inesperadamente? —Seraphina arqueó una ceja, disfrutando del juego de palabras, del peligro que emanaba de cada interacción con él.
—Creí que la duquesa de Drakenburg solo tenía ojos para el brillo del sol —dijo Lysander, con una ironía sutil, haciendo una alusión clara a Kaelen—. Pero parece que las estrellas también pueden ser fascinantes.
Kaelen dio un paso adelante, su voz controlada, pero con una ira palpable.
—Duque Lysander, os ruego que tengáis en cuenta la compañía en la que os encontráis. Lady Seraphina es mi prometida.
Lysander giró ligeramente la cabeza hacia Kaelen, una mirada de desprecio gélido en sus ojos.
—Y Seraphina es un nombre, Kaelen, no una posesión. Si Lady Seraphina desea conversar conmigo, es su prerrogativa. A menos que vuestro compromiso incluya el control de sus pensamientos y conversaciones. ¿Es así, Lady Seraphina? ¿Os habéis vendido tan por completo?
La pregunta fue una puñalada. Seraphina sintió un escalofrío. No por la agresión de Lysander, sino por la cruda verdad de sus palabras. La Seraphina original *se había vendido*, o al menos, había creído que su valor residía en su capacidad de poseer a Kaelen.
Ella miró a Lysander, una chispa de gratitud, extraña y perturbadora, en sus ojos. Kaelen estaba mudo de ira, su rostro pálido.
—Mi compromiso es con un futuro, Duque Lysander —dijo Seraphina, su voz clara y firme, dirigiéndose únicamente a Lysander—. Un futuro que yo misma estoy aprendiendo a definir. Y en ese futuro, nadie me posee.
Lysander asintió, una expresión de aprobación en su rostro que hizo que el corazón de Seraphina diera un vuelco. Era una aprobación que sentía visceralmente, más allá de las palabras. Una conexión que iba más allá del bien y del mal.
—Una respuesta que honra vuestro espíritu, Lady Seraphina —dijo él. Luego, sin romper el contacto visual, Lysander se inclinó ligeramente hacia Kaelen, una burla apenas perceptible en sus labios—. Parece que vuestra prometida está descubriendo un fuego interior que quizás vos nunca notasteis, Kaelen. O quizás, nunca quisisteis ver.
Kaelen estaba a punto de replicar, su puño apretado, cuando una voz se alzó desde el fondo del salón.
—¡Es hora de la danza ceremonial! —Era el Barón de Ravenscroft, un hombre corpulento con una barba plateada y ojos pequeños y astutos. Su aparición rompió la tensa atmósfera, aunque la electricidad entre los tres permaneció.
Lysander se enderezó, su mirada aún fija en Seraphina.
—El deber llama, Seraphina. Pero la conversación… podemos continuarla en otro momento. Las sombras son pacientes.