Cuando la envidia habla
En un mundo donde las emociones no solo se sienten… también pueden escucharse.
Los sentimientos son capaces de transformarse en ondas de sonido que revelan lo que el corazón intenta ocultar. La felicidad puede iluminar, la tristeza puede quebrar, pero existe una voz mucho más peligrosa: la envidia.
Nacida de los pensamientos más oscuros, la envidia puede convertirse en un arma capaz de destruir sueños, romper vínculos y convertir la confianza en una traición inesperada.
Porque cuanto más cerca dejas a alguien, más profundo puede llegar la herida.
Pero… ¿qué ocurre cuando la envidia deja de ser solo una emoción y comienza a hablar por sí misma?
En un mundo donde los sentimientos tienen voz, descubrirás que el peor enemigo no siempre está frente a ti. A veces vive dentro de aquellos que dicen quererte… y otras veces, dentro de tu propio corazón.
Una historia sobre la ambición, los secretos, las heridas invisibles y la emoción más peligrosa de todas:
la envidia
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Capítulo 23 — La distancia prudente
Hay personas que desaparecen sin hacer ruido.
No cambian de nombre.
No abandonan la ciudad.
No rompen todas sus relaciones.
Simplemente... dejan de estar.
Dejan de responder mensajes.
Dejan de asistir a reuniones.
Dejan de mirar a los ojos.
Como si poco a poco intentaran borrar su propia presencia del mundo.
Después de todo lo ocurrido, el protagonista comprendió que permanecer cerca de ciertas personas se había vuelto demasiado difícil.
No porque ellas le hubieran hecho daño.
Sino porque cada una de ellas parecía convertirse en un espejo.
Un reflejo constante de aquello que él todavía no conseguía aceptar de sí mismo.
Las felicitaciones hacia otros sonaban cada vez más lejanas.
Las sonrisas ajenas comenzaban a sentirse incómodas.
Los nuevos logros de quienes lo rodeaban despertaban preguntas que regresaban una y otra vez.
"¿Por qué ellos siguen avanzando mientras yo continúo detenido?"
Aquella pregunta no buscaba una respuesta.
Solo repetía el mismo eco.
Una y otra vez.
Por eso comenzó a alejarse.
Primero rechazó una invitación.
Después otra.
Más tarde dejó de contestar llamadas.
Los mensajes permanecían sin abrir durante días.
No era odio.
No era desprecio.
Era miedo.
Porque cada conversación se transformaba en una oportunidad para compararse.
Y ya estaba cansado de perder siempre contra esa voz.
Las personas comenzaron a notar su ausencia.
Algunos insistieron.
Otros respetaron el silencio.
Y unos pocos pensaron que simplemente necesitaba tiempo.
Nadie imaginaba la batalla que ocurría detrás de una puerta cerrada.
El apartamento permanecía en completo silencio.
Las cortinas seguían cerradas incluso cuando amanecía.
El reloj continuaba avanzando, pero para él los días empezaban a parecer iguales.
Había momentos en los que observaba su teléfono durante varios minutos.
Veía los nombres de personas que alguna vez fueron importantes.
Su dedo se acercaba al botón para responder.
Pero siempre terminaba apagando la pantalla.
No sabía qué decir.
¿Cómo explicarle a alguien que el verdadero problema no eran ellos?
¿Cómo admitir que el enemigo era una emoción que seguía hablando incluso cuando todo permanecía en silencio?
Las barreras comenzaron a crecer sin que se diera cuenta.
Primero fueron físicas.
Después emocionales.
Y finalmente se volvieron costumbre.
Había descubierto una manera sencilla de evitar el dolor.
No mirar.
No preguntar.
No acercarse.
Si no conocía los logros de los demás, quizá la comparación también desaparecería.
Pero estaba equivocado.
Porque la envidia no necesita testigos para hablar.
Puede hacerlo incluso en la más absoluta soledad.
Aquella tarde salió a caminar por primera vez en varios días.
Escogió calles donde casi nadie lo conociera.
Bajó la mirada cada vez que alguien pasaba cerca.
No buscaba encontrarse con nadie.
Solo necesitaba recordar cómo era respirar fuera de aquellas cuatro paredes.
Mientras caminaba, observó a un niño intentando aprender a andar en bicicleta.
Cayó una vez.
Luego otra.
Y volvió a levantarse.
Su padre no lo comparaba con otros niños.
No le preguntaba por qué aún no lo lograba.
Simplemente sonreía y le decía:
—Inténtalo otra vez.
El protagonista permaneció inmóvil.
Aquella escena duró apenas unos segundos.
Pero dejó una pregunta que no esperaba.
¿Cuándo fue la última vez que él mismo se dio permiso para intentarlo otra vez?
Sin compararse.
Sin castigarse.
Sin exigir perfección.
Continuó caminando.
No encontró una respuesta.
Pero por primera vez en mucho tiempo...
La pregunta era diferente.
Tal vez desaparecer del mundo no era la única manera de protegerse.
Tal vez las barreras que había construido no solo mantenían alejados a los demás.
También impedían que la esperanza encontrara una forma de entrar.
Mientras el sol comenzaba a ocultarse, comprendió que el aislamiento podía ofrecer silencio.
Pero jamás ofrecería paz.
Y esa noche, aunque volvió a cerrar la puerta de su hogar...
Por primera vez dejó una ventana ligeramente abierta.
No para que alguien entrara.
Sino para recordar que incluso la habitación más oscura necesita un poco de luz para dejar de sentirse como una prisión.
Porque algunas distancias nos protegen por un tiempo.
Pero cuando duran demasiado...
Terminan alejándonos también de quienes podrían ayudarnos a volver.