Renata creyó que el peor error de su vida había sido amar a un hombre que jamás la quiso.
Durante tres años fue la esposa perfecta de Rodrigo, soportando humillaciones y sacrificios con la esperanza de que algún día él la mirara con amor. Pero la noche de su tercer aniversario descubre la verdad más cruel: su esposo la engaña con Daniela, su propia hermana, la mujer que desde niña le arrebató todo lo que alguna vez quiso.
Decidida a recuperar su dignidad, Renata pide el divorcio y jura no volver a depender de ningún hombre. Sin embargo, cuando cree haber perdido a la única familia que le quedaba, alguien inesperado comienza a sostenerla en silencio.
Adrián siempre estuvo ahí.
Quince años menor que ella. Hermano de su mejor amiga. El hombre al que jamás debería mirar.
Lo que Renata ignora es que Adrián lleva años enamorado de ella, observándola desde la distancia, esperando el día en que pudiera demostrarle que el amor no duele, no humilla y mucho menos traiciona.
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Capítulo 9
—Entonces ya no soy tu hija.
Renata se oyó decirlo y ni ella se lo creyó, porque en cuarenta y tres años nunca le había devuelto una sola palabra a ese hombre.
Armando giró la cabeza despacio, como si no hubiera oído bien.
—¿Qué dijiste?
—Que elijo. —Las manos le temblaban sobre el regazo, así que las apretó una contra la otra para que él no lo viera—. Tú me diste a elegir, papá. Volver con Rodrigo o dejar de ser tu hija. Elijo dejar de ser tu hija. Ya estoy acostumbrada, la verdad. Llevas treinta y ocho años tratándome como si no lo fuera.
—Cuida esa boca. —A Armando se le endureció la mandíbula—. Te di todo. Techo, apellido, educación—
—Me diste techo. —Renata lo miró, y por primera vez no bajó los ojos—. El apellido lo cargué sola porque nunca me dejaste usarlo. La educación me la gané yo, trabajando donde nadie sabe que soy tu hija, porque me daba vergüenza que pensaran que llegué por ti. Lo único que de verdad me diste, papá, fue una madrastra antes de enterrar a mi madre y una hermana a la que querer más que a mí. Así que quédate con tu herencia. Nunca fue mía de todos modos.
El carro se detuvo en un semáforo. Armando la miraba con una expresión que Renata no le conocía, una mezcla de furia y de otra cosa, algo casi parecido al desconcierto, como si de repente estuviera viendo a una desconocida sentada en el asiento de su hija obediente.
—Te vas a arrepentir.
—Puede ser. —Renata abrió la puerta en el semáforo, sin esperar a llegar a ningún lado—. Pero por primera vez en mi vida voy a arrepentirme de algo que decidí yo.
Bajó del carro y cerró la puerta, y caminó tres cuadras sin mirar atrás, con el corazón golpeándole y las piernas de gelatina, hasta que dobló una esquina y se apoyó contra una pared, y ahí, sola, se permitió temblar.
No lloró. Se había hecho esa promesa y la cumplía. Pero por dentro algo se había roto y algo se había soldado al mismo tiempo, y no sabía cuál de los dos iba a doler más mañana.
—
Al día siguiente volvió al trabajo, porque el trabajo era lo único en su vida que no dependía de nadie más que de ella.
En el Grupo B nadie sabía que era la hija del dueño. Para todos era Renata, la del departamento de marketing, la que llegaba temprano y se iba tarde, la que había sacado adelante tres campañas mientras medio equipo apostaba a que se hundiría. Ahí nadie la miraba con lástima ni le exigía sonreír en fotos. Ahí valía por lo que hacía, y esa mañana, con la cabeza hecha un nudo, se aferró a eso como a un salvavidas.
El proyecto grande iba bien. Era la cuenta más importante que le habían confiado nunca: una alianza de imagen con una corporación externa, un cliente de peso que, si cerraba, la ponía en otra liga dentro de la empresa. Llevaba semanas puliéndola. Esa mañana tenía junta con el equipo del cliente, y por primera vez en dos días sintió que pisaba tierra firme.
Estaba en la sala de reuniones repasando las láminas cuando la puerta se abrió.
—Perdón por la hora. —La voz le llegó antes que la cara, y a Renata se le detuvo el bolígrafo en el aire—. El tráfico estaba imposible.
Adrián.
Traje oscuro, sin corbata, el pelo todavía húmedo como de quien salió corriendo de una reunión para llegar a otra. Se quedó un segundo en el umbral, y sus ojos encontraron los de ella al otro lado de la mesa, y algo pasó, rápido, un reconocimiento que ninguno de los dos había planeado, antes de que él compusiera la cara de ejecutivo neutro y saludara al resto de la sala.
—¿Ustedes se conocen? —preguntó alguien del equipo, notando el silencio.
—De vista —dijo Adrián, y se sentó frente a ella—. La ciudad es chica.
Renata bajó la mirada a sus láminas para que no le vieran el calor subiéndole a la cara. De casualidad otra vez. Siempre de casualidad. Trató de concentrarse, de volver a ser la profesional que era diez minutos antes, pero cada vez que levantaba la vista él la estaba mirando, no de forma obvia, no de una manera que los demás notaran, sino con una atención tranquila y constante que le erizaba la piel de los brazos.
La reunión avanzó. Renata presentó, y presentó bien, porque el trabajo era su terreno y ahí nadie la tumbaba. Cuando terminó, hubo un silencio, y Adrián asintió despacio.
—Es exactamente lo que buscábamos. —Lo dijo mirándola solo a ella—. No tengo una sola objeción.
El equipo se relajó, empezó a recoger, a hablar de próximos pasos. Renata se agachó a guardar sus papeles, y Adrián se levantó al mismo tiempo, y al pasarle el folder que se le había quedado del otro lado de la mesa, sus dedos se rozaron.
Fue un segundo. Menos. La yema de los dedos de él contra el dorso de la mano de ella, tibia, apenas un instante, y sin embargo Renata sintió el roce subirle por el brazo hasta la nuca como una corriente, y tuvo que apretar el folder para que no se le cayera.
—Gracias —murmuró, sin atreverse a levantar la cara.
—Renata. —La voz de él bajó, solo para ella, mientras los demás salían—. ¿Estás bien? Ximena me contó lo de tu papá.
—Estoy bien. —Se irguió, y cometió el error de mirarlo, porque lo tenía cerca, más cerca de lo que había calculado, y el olor a tabaco y madera le llegó como un golpe suave—. Estoy acostumbrada a quedarme sin cosas. Una menos no cambia nada.
Adrián frunció apenas el ceño, y por un momento pareció que iba a decir algo, a discutirle eso, pero solo dio un paso atrás, como quien se obliga a respetar una línea.
—No te quedaste sin todo —dijo en voz baja—. Que quede claro.
Y salió, dejándola con el folder apretado contra el pecho y el corazón haciendo cosas que a los cuarenta y tres años ya no tenía permiso de hacer.
—
Esa tarde, guardando los documentos de la cuenta, Renata abrió el contrato marco para archivar los datos del cliente, más por costumbre que por otra cosa.
Leyó la razón social. Leyó el nombre del grupo corporativo dueño de la empresa con la que llevaba semanas trabajando, la cuenta que la iba a poner en otra liga, la que se había ganado sola con su esfuerzo.
Grupo A.
Se quedó mirando esas dos palabras, y despacio, como una marea que sube, entendió. El cliente estrella que le habían asignado, la cuenta que ella creía haber conseguido por mérito propio, la que la tenía tan orgullosa, era de Adrián.
Había sido de Adrián todo el tiempo.
Mientras Adrian buscando y averiguando la vida de Roxana sale una foto de los amantes Octavio Cárdenas y Roxana como siempre lo han sido amantes.