Seúl, año 2026. Ha-jun tiene 18 años, trabaja de asistente médico en una clínica del barrio y su vida transcurre entre turnos, exámenes y sus kdramas favoritos. Hasta que una noche, un mensaje anónimo lo lleva a la azotea de su edificio, donde alguien lo empuja al vacío.
En vez de morir, cae en una fuente de piedra que lo transporta a un mundo imposible: un valle prehistórico sin rascacielos, sin electricidad, habitado por mamuts, bestias salvajes y familias de cavernícolas más inteligentes de lo que la historia cuenta.
Rescatado del río por Kael, jefe de una familia de 7 personas, Ha-jun primero cree que está en un set de rodaje… hasta que se da cuenta de que nada es fingido. Al principio, todos lo ven como una carga: es demasiado suave, no sabe cazar, no sabe pelear. Pero su conocimiento del futuro cambiará todo: hace fuego en minutos, cocina comida que no sabe a sangre cruda, cura heridas que antes eran sentencia de muerte y ent
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CAPÍTULO 5: CUARTA LUNA — LA PIEDRA
El día veintidós amaneció claro, con el sol dorado bañando todo el valle y el aire tan fresco que me dolió un poco los pulmones al respirar hondo. La tercera luna se había cerrado la noche anterior con el regalo del cuchillo de Mara, y desde que me levanté notaba algo diferente en la forma en que todos me trataban: ya no era el extraño que tenía que demostrar nada, ni el chico débil al que había que cuidar o vigilar. Era uno más. Rian me saludó con un gesto de cabeza al pasar, Turi me dejó una lanza nueva que había tallado para mí apoyada en la piedra de la entrada, incluso Mara me dedicó un gesto corto de la barbilla cuando me crucé con ella yendo por agua al río.
Todo parecía perfecto. Todo iba mejor de lo que nunca me hubiera atrevido a soñar cuando caí mojado y asustado en ese río. Pero el abuelo Gorn no me quitaba el ojo de encima desde el amanecer.
Estaba sentado en su piedra de siempre, apoyado en su bastón, el único ojo bueno siguiendo cada uno de mis movimientos mientras ayudaba a Lira a secar más hierbas medicinales sobre una piel plana. No me hablaba, solo me miraba, con esa sonrisa suya de quien guarda un secreto tan grande que casi le sale por los bordes. Cuando terminamos de ordenar las últimas plantas, se levantó despacio, golpeó el suelo dos veces con el bastón para llamar mi atención y me hizo una seña con la mano para que lo siguiera. No dijo nada. Solo empezó a caminar hacia la ladera de la montaña pequeña que se alzaba al oeste de la cueva, la que estaba cubierta de árboles tan espesos que casi nunca subían nadie.
Lo seguí sin preguntar. Hacía ya tiempo que había aprendido que Gorn no hacía nada sin una razón.
Caminamos casi todo el día. Subimos por senderos que ni siquiera Lira conocía, entre helechos altos que nos rozaban las piernas y árboles cuyas ramas se entrelazaban arriba formando un techo verde que casi no dejaba pasar el sol. Él caminaba despacio, con el bastón clavándose en la tierra a cada paso, pero sin cansarse, como si conociera cada raíz, cada piedra, cada curva del camino de memoria. De vez en cuando se detenía, señalaba una planta o una huella en el barro y me decía una frase corta: ese hongo mata en dos horas, ese agujero es de un oso que hiberna en invierno, por aquí pasa el ciervo más grande del valle cuando llueve mucho. No hablaba de por qué subíamos. Yo no preguntaba.
Cuando el sol ya estaba bajo, casi tocando las cumbres nevadas de las montañas lejanas, llegamos a una pared de roca lisa, cubierta de musgo verde brillante, detrás de la cual se escuchaba el ruido suave de agua cayendo. Gorn golpeó la roca tres veces con el bastón, apartó unas lianas gruesas que colgaban como una cortina, y se metió por un agujero pequeño que no se veía desde fuera.
Lo seguí agachado, y cuando me enderecé dentro, me quedé sin aliento.
Era una cueva pequeña, más baja que la nuestra, con el techo lleno de estalactitas que goteaban agua fría que caía en un charco claro en el centro. Y justo en medio de ese charco, hincada en la piedra del suelo, como si alguien la hubiera clavado ahí con un martillo gigante, estaba **ella**.
Una piedra del tamaño de mi torso, de color gris azulado, con vetas finas y brillantes que recorrían toda su superficie como si fueran venas de luz bajo la piel. No era una piedra normal. No era granito, ni cuarzo, ni nada que hubiera visto en museos de Seúl. Era lisa al tacto, casi pulida, y cuando el agua de las gotas le caía encima, las vetas brillaban con una luz azul suave, propia, como si tuviera fuego por dentro.
Me acerqué despacio, sin poder apartar los ojos de ella. Sentía un zumbido leve en los oídos, el mismo que había sentido el segundo antes de caer a la fuente del centro comercial, el mismo ruido que había llenado mi cabeza justo antes de desmayarme bajo el agua.
—Cayó del cielo —dijo Gorn, sentándose en una piedra seca del rincón, la voz ronca y baja, que retumbaba un poco en la cueva—. Hace más de treinta inviernos. Yo era más joven que Rian ahora. Estábamos todos durmiendo en la cueva vieja, más abajo, cuando se escuchó un ruido tan fuerte que pareció que el mundo se rompía en dos. Cuando salimos a ver, había un agujero enorme ahí donde ahora está el charco, los árboles alrededor estaban quemados, y ella estaba en medio, todavía caliente, hirviendo el agua del río que se desvió para pasar por encima.
Me quedé arrodillado al borde del charco, sin atreverme a tocarla todavía. El zumbido en los oídos se hacía más fuerte cada segundo.
—Desde entonces —siguió Gorn, mirando la piedra con una mezcla de respeto y miedo—, hace cosas raras. A veces brilla mucho durante las noches de luna llena. A veces trae cosas. Una vez apareció una tela suave, de colores brillantes, que no se rompía por más que la tiráramos. Otra vez un cubo de metal transparente que guardaba dibujos de gente y ciudades raras. Y una vez… —se calló un segundo, mirándome fijamente con su único ojo, como si midiera si yo estaba listo para lo que venía—. Una vez trajo a un hombre. Igual que tú. Ropa rara, hablaba una lengua que nadie entendía al principio, piel clara, manos suaves que nunca habían cortado leña. Se quedó con nosotros. Ahora lo conoces muy bien.
No tuve que preguntar quién era. Sentí un escalofrío por toda la espalda. Kael. Todo encajaba de golpe: por qué me había salvado sin dudar, por qué hablaba coreano aunque raro, por qué me había dado siete lunas sin conocer nada de mí. Él ya había pasado por lo mismo.
Me armé de valor, metí la mano en el agua fría del charco y toqué la piedra.
El mundo dio una vuelta.
Un segundo estaba ahí, en la cueva húmeda, con Gorn mirándome y el ruido del agua cayendo. El siguiente estaba de vuelta en Seúl, de pie al lado de la fuente del centro comercial, de noche, con las luces de neón brillando a mi alrededor. Vi mi edificio de enfrente, la luz del piso doce encendida, vi a mi madre salir por la puerta principal llamando mi nombre con la voz desgarrada, vi la fuente vacía, sin agua, rota, igual que la noche que me caí. Escuché el ruido de los coches, el olor a gasolina y a kimchi frito del puesto de la esquina, sentí el frío de la primavera coreana en la cara.
Todo era real. Más real que el valle, más real que el fuego de la cueva, más real que Lira sentada a mi lado por las noches.
Aparté la mano de la piedra de golpe, como si me hubiera quemado, y volví a caer de rodillas en el barro de la cueva, respirando fuerte, el corazón latiéndome tan rápido que pensé que se me saldría del pecho. Gorn no se movió. No me preguntó qué había visto. Solo asintió, como si ya lo supiera.
—Es una puerta —me dijo, simple, como si me explicara que el sol sale por la mañana—. El agua la abre. La luna la alimenta. Si la tocas en la noche exacta, con el agua suficiente y la luna en el lugar justo… te lleva de vuelta a donde viniste. O trae más gente aquí. Nadie sabe por qué. Solo funciona.
Volvimos a la cueva del clan cuando ya era noche cerrada. No le dije nada a nadie de lo que habíamos visto, ni a Kael, ni a Lira, ni siquiera a Nia, que me esperaba despierta para que le contara una historia antes de dormir. Me guardé el secreto dentro del pecho, pesado, caliente, como si me hubiera tragado una brasa encendida.
Pasaron los seis días siguientes, del veintitrés al veintiocho, y nadie notó nada a excepción de Lira. Ella me conocía ya lo suficiente para darse cuenta de que algo andaba mal. De que me quedaba mirando el fuego horas sin hablar, de que me distraía a mitad de las frases, de que por las noches me levantaba sigilosamente y salía fuera a mirar las estrellas, como si buscara algo en el cielo. Varias veces me preguntó qué me pasaba, con esa voz suave suya, tocándome el brazo despacio para no asustarme. Cada vez le dije que nada, que solo estaba cansado. No me atrevía a contarle. Porque si se lo decía, si decía en voz alta que había una puerta para volver, se haría real. Y entonces tendría que elegir.
La noche del día veintiséis, cuando todos dormían profundamente, me escapé de la cueva con un cuenco de madera lleno de agua del río y subí corriendo hasta la pequeña cueva de la montaña, guiado por la luz de la luna casi llena que se filtraba entre los árboles. Llegué jadeando, me arrodillé al lado del charco y vacié todo el cuenco encima de la piedra azul.
Brilló.
No la luz suave de antes. Esta vez se encendió entera, como una bombilla gigante, iluminando toda la cueva de azul eléctrico, y el zumbido en mis oídos se volvió tan fuerte que me dolió la cabeza. Vi de nuevo las imágenes de Seúl pasar por delante de mis ojos como una película rápida: mi habitación, el uniforme de la clínica, mi mejor amigo riendo mientras comíamos ramyeon, mi madre preparando kimchi jjigae en la cocina, llamándome a la mesa. La piedra tiraba de mí, sentía una fuerza invisible en el pecho que me empujaba a tocarla otra vez, a saltar, a volver.
A punto de extender la mano, vi otra imagen. No de Seúl. De aquí. De Nia riendo mientras corría con el lagarto de madera en la mano. De Mara cortando carne con su cuchillo nuevo, mirándome de reojo con una sonrisa que casi nadie veía. De Rian enseñándome a lanzar la lanza, frustrado pero paciente. De Turi tallando otro colgante pequeño para mí en un rincón. De Kael asintiéndome con la cabeza cuando algo salía bien.
Y de Lira. De Lira riendo con la luz del sol en el pelo, enseñándome las hierbas del valle, sentada a mi lado por las noches sin hablar, mirándome como si yo fuera la única cosa importante en todo el mundo.
Aparté la mano de golpe, me senté en el suelo frío de la cueva y me tapé la cara con las manos, temblando de pies a cabeza. La luz de la piedra se fue apagando poco a poco, hasta volver a ser solo las vetas brillantes de antes, y el zumbido desapareció hasta quedar en un murmullo casi imperceptible.
Me quedé ahí una hora más, sentado en la oscuridad, mirándola. Sabía que podía irme. Sabía que en cualquier momento, si quería, podía volver a mi vida, a mi casa, a todo lo que había dejado atrás. Nadie me lo impediría. Gorn no se lo diría a nadie. Kael probablemente lo entendería, porque él también había tenido esa misma elección un día.
Pero cuando salí de la cueva para bajar de nuevo al valle, ya lo sabía.
No podía irme. Todavía no.
El día veintiocho, cuando el sol se ocultó y la cuarta luna se cerró para siempre, me quedé fuera de la cueva mirando las estrellas, el cuchillo de Mara en el cinturón y el colgante de lobo de Turi contra el pecho. Quedaban tres lunas. Tenía un secreto enorme guardado, una puerta abierta a dos mundos distintos, y el corazón partido en dos mitades que tiraban para lados contrarios.
Lira salió en ese momento, se sentó a mi lado sin preguntar nada, apoyó la cabeza en mi hombro y me tomó la mano. Apreté la suya con fuerza, sin decirle nada de la piedra, sin decirle que cada día que pasaba me costaba más recordar por qué había querido volver alguna vez.
Porque por un lado estaba Seúl: mi familia, mi carrera, mi vida entera de dieciocho años.
Y por el otro estaba esto. Ellos. Ella. El valle que me había recibido cuando no tenía nada, que me había hecho uno de los suyos a pesar de ser un inútil, que me había dado más amor en veintiocho días que lo que había sentido en muchos años de mi vida anterior.
No sabía todavía qué elección tomaría al final.
Solo sabía que, por primera vez, la opción de volver ya no me parecía la única correcta.